Áreas prioritarias en Ciencia: una nueva forma de decidir qué no se piensa

El Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación presentó la reformulación de Becas Chile y fue categórico: "No hay recorte presupuestario, solo ajustes estratégicos y optimizaciones". El anuncio corona meses de debate público reducido casi por completo a una pregunta fiscal: ¿Hay o no hay recorte a la Ciencia para 2027? Pero mientras esa disputa se libra en porcentajes y millones, hay un mecanismo más preciso -ya escrito en las bases de uno de los principales concursos del sistema- que decide algo más determinante que el monto total: qué conocimiento cuenta como estratégico y cuál no.

Las bases del Concurso Fondecyt de Postdoctorado 2027, recién publicadas por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID), establecen que hasta 70% de las adjudicaciones podrá destinarse a proyectos enmarcados en un listado de 10 "áreas prioritarias" definidas por el propio Ministerio de Ciencia.

La lista incluye biomedicina, inteligencia artificial y tecnologías de frontera, astronomía e instrumentación científica, tecnologías espaciales, cambio climático y energía, minería, agroindustria y acuicultura. Solo dos de las 10 categorías rozan lo social ("Capital Humano", "Productividad y Futuro del Trabajo", y "Seguridad, Justicia y Políticas Públicas") y lo hacen desde el mercado laboral y el control del delito, no desde la sociología, la historia, la filosofía, la literatura o la antropología como campos de conocimiento con valor propio.

Lo notable es que esas disciplinas no desaparecen de las bases: siguen existiendo como "Área Ciencias Sociales, Artes y Humanidades", con sus propios grupos de evaluación, donde los proyectos pueden postular y ser evaluados con los mismos estándares de calidad que el resto. El problema no es la exclusión formal, sino algo más sutil: mientras el resto del sistema puede concentrar hasta siete de cada diez cupos en un listado que las nombra explícitamente como prioritarias, las ciencias sociales y las humanidades quedan compitiendo, estructuralmente, por lo que sobre. Definir qué es "estratégico" nunca es un ejercicio neutro; es, más bien, una forma de decidir de antemano qué preguntas sobre el país merecen ser financiadas y cuáles no.

Esta misma lógica no es exclusiva del postdoctorado. El anuncio de Becas Chile de esta semana habla de focalizar las becas en áreas estratégicas -ciencia, tecnología, innovación, inteligencia artificial, cambio climático, ingeniería, astronomía- y coincide en varios de sus términos con el listado que ya aparece en las bases de Fondecyt. No se trata, entonces, de la decisión técnica de un concurso aislado, sino de un criterio que empieza a repetirse en al menos dos de los instrumentos centrales de formación y financiamiento científico del país.

Ya en 2024, a propósito de la caída sostenida en el número de becarios y en el presupuesto de Becas Chile, nos preguntábamos por qué ciertas áreas del conocimiento resultaban invisibilizadas en la entrega de becas, sin que existiera entonces un criterio explícito que lo justificara. Dos años después, ese patrón ya no es una tendencia difusa: es una política escrita, con un porcentaje y un anexo. Y ocurre, además, en un país que -según su propio Ministerio de Ciencia documentó en 2023- ya arrastra brechas estructurales en estas áreas: apenas 9,6% del personal que investiga en el país corresponde a disciplinas de humanidades, artes y ciencias sociales, frente a 13% promedio en la OCDE.

A eso se suma que, según cifras de Dipres citadas por la comunidad científica en mayo de este año, solo 0,17% de la población chilena entre 25 y 64 años tiene grado de doctor, frente a 1,16% en la OCDE. La misma institucionalidad que documentó esa brecha hace dos años es la que hoy formaliza un mecanismo que hace más difícil corregirla.

El debate no puede seguir reducido a la pregunta de si existe o no un recorte, porque esa pregunta ya tiene una respuesta oficial y es previsible que la política la siga repitiendo. La pregunta que sí queda abierta, y que ninguna cifra de ajuste fiscal resuelve, es otra: ¿Qué clase de conocimiento está dispuesto a financiar el Estado chileno como prioritario, y qué le ocurre a la capacidad de un país para pensarse a sí mismo -su desigualdad, sus instituciones, su historia, su cultura- cuando las disciplinas construidas justamente para eso quedan, una y otra vez, en el margen de lo que se considera urgente?