Bovarismo académico

Hace algún tiempo, en una conversación informal, un colega penquista -de esos que todavía creen que pensar es una actividad que no se delega- me explicó qué es el bovarismo. No se trata simplemente de inventarse otra vida, me dijo, sino de algo más inquietante; es habitar una ficción que no es propia sin advertirlo. Es decir, no solo imaginar, sino vivir según modelos ajenos, hasta el punto de confundirlos con la propia experiencia.

El término proviene, por supuesto, de "Madame Bovary", la novela de Gustave Flaubert. Pero conviene no trivializar su sentido. Emma Bovary no es solo una mujer insatisfecha; es, más bien, un sujeto colonizado por imaginarios que no le pertenecen. No desea en sentido estricto, sino que aprende a desear según patrones que ha internalizado. Incluso podría decirse que no piensa en sentido pleno, sino que reproduce formas de pensar ya dadas. Por eso, su tragedia no radica en un exceso de imaginación, sino en su incapacidad para distinguir entre su vida efectiva y las ficciones que la estructuran.

La conversación flotó un tiempo y luego imaginé a la academia chilena. Porque si existe un espacio donde esta forma refinada de autoengaño puede institucionalizarse con notable eficacia, es precisamente la universidad. Nos gusta afirmar, con un tono que se mueve entre lo solemne y lo defensivo, que somos la cuna del pensamiento crítico, de la creación original y de la autonomía intelectual. Sin embargo, esa autodescripción, que en algún momento pudo haber sido una aspiración legítima, comienza hoy a parecerse peligrosamente a un eslogan.

El problema, conviene aclararlo, no es la falta de capacidad ni de esfuerzo pues la academia chilena investiga, publica, se internacionaliza. Ha aprendido con rapidez, eficacia y notable pragmatismo, a desenvolverse en los circuitos globales de validación, esto es Web of Science, Scopus, los cuartiles, los factores de impacto. Produce artículos en inglés con una disciplina que hace apenas dos décadas habría resultado improbable. Pero es precisamente en ese éxito donde comienza a insinuarse el problema. Porque el bovarismo académico no consiste en fracasar, sino en triunfar dentro de una lógica que no es propia.

Universidades que copian un original ajeno que y que se hace pasar por propio; académicos desean ser otro tipo de intelectual, sin darse cuenta -o de plano negar- que su realidad es otra; investigadores que escriben en lenguajes que no emergen de sus propias preguntas, sino de las exigencias de validación externa; proyectos que se diseñan no tanto a partir de problemas relevantes, sino de aquello que resulta financiable por la ANID o publicable en revistas Q1; líneas de investigación que proliferan no porque respondan a necesidades locales urgentes, sino porque son reconocibles dentro de circuitos internacionales. Todo ello, no se trata, sin embargo, de una simple imitación, eso sería demasiado evidente, sino de una identificación profunda y exigente no con una idea, sino más bien con una creencia. Y lo inquietante es que buena parte de la academia chilena parece haberse instalado en un conjunto de creencias prejudicativas, como, por ejemplo, que publicar más equivale a pensar mejor, que escribir en inglés supone mayor sofisticación, que el reconocimiento externo es el criterio último de validez. Nada de esto se impone de manera explícita; no hay coerción visible. Se trata, más bien, de un sistema de incentivos tan eficaz que vuelve innecesaria cualquier forma de imposición.

En este contexto, el académico que se ajusta a formatos reconocibles, que formula preguntas financiables y que escribe para ser citado, no solo reduce la incertidumbre, sino que tiene éxito. Por el contrario, quienes intentan pensar desde su propio contexto, tensionar marcos importados o dirigirse a públicos no indexados, se exponen a la irrelevancia institucional, cuando no, al descrédito entre sus pares.

Sin embargo, aquí emerge una paradoja que comienza a hacerse evidente; y es que mientras más exitosa se vuelve la academia chilena en términos de métricas, más incierta se torna su relación con aquello que la rodea. Produce conocimiento, sin duda, pero no siempre conocimiento situado. Se internacionaliza, pero a veces al precio de volverse irreconocible para su propio entorno.

Llegados a este punto, el paralelo con Emma Bovary deja de ser un recurso literario, (o como dirían algunos, un gesto snob), y se transforma en una advertencia. Porque el problema no es que la academia chilena esté destinada a un desenlace trágico. Es algo más sutil, y quizá algo más inquietante, esto es, no advertir la naturaleza de la ficción que habita. Quizás no habrá escándalo ni colapso visible, más bien, lo que se perfila es una forma de éxito perfectamente funcional, esto es, una academia productiva, eficiente, internacionalizada y, al mismo tiempo, progresivamente ajena a sí misma.

De ahí que la pregunta se vuelva inevitable: ¿Cuánto de lo que la academia chilena cree pensar es realmente propio, y cuánto corresponde, en realidad, a una forma sofisticada de repetir aquello que otros ya han decidido que vale la pena pensar?

Tal vez, aquella conversación con mi colega no pretendía ir tan lejos como para contestar inquietudes como esas. Pero desde entonces, cada vez que escucho afirmaciones demasiado seguras sobre lo que la academia es (o cree ser), no podré evitar recordar a la desgraciada madame Bovary, pero no por su fracaso, sino por su convicción.

Porque hay pocas cosas más peligrosas que una ficción cuando deja de parecerlo.