El síntoma es la violencia, la enfermedad es el abandono

Ante el horror en el Liceo Industrial de Calama, donde una inspectora perdió la vida a manos de un alumno; o lo que pasó en la Escuela Japón de Curicó, donde "de milagro" se evitó una tragedia al encontrar a un estudiante con un arma; la respuesta oficial ha sido la de siempre: más seguridad, más control y un discurso que trata todo como un simple problema de "delincuencia". Pero seamos claros: aquí el Gobierno está confundiendo el síntoma con la enfermedad.

Si queremos ver a dónde nos lleva ese camino de poner solo parches de seguridad miremos a Estados Unidos. Allá llevan décadas instalando detectores de metales, cámaras y hasta guardias armados en los pasillos, y las tragedias no paran. La experiencia estadounidense nos enseña que un arma siempre va a encontrar un espacio si no nos hacemos cargo del vacío que lo empuja. No podemos importar un modelo que ya fracasó, necesitamos fortalecer políticas públicas integrales, donde el Estado, incluyendo la seguridad, también se haga cargo de la salud mental, haciendo parte a la comunidad, a nuestros y nuestras estudiantes, y sus familias.

En medio de todo este caos, los y las docentes, junto con asistentes de la educación, están ahí mismo, en la "mira", pero sin las herramientas que ayuden a abordar esta problemática. Les exigimos que sean profesores, psicólogos, tíos y mediadores de conflictos, transformándolos en verdaderos escudos humanos frente a la falta de políticas públicas eficientes, largas listas de espera y a la indiferencia de autoridades. No es justo ni sano que los y las trabajadores de la educación entren a su lugar de trabajo con miedo, desprotegidos por un Estado que les pide "contener" cuando el sistema se va deshumanizando.

Es increíble que, mientras la realidad nos explota en la cara, los temas de fondo vayan a paso de tortuga. El proyecto de ley de Salud Mental Integral sigue dando vueltas, con plazos que se estiran, mientras la urgencia en las salas no espera a nadie. Y aunque la Ley de Convivencia Escolar ya es una realidad, la duda queda dando botes: ¿Van a llegar los recursos para que los y las profesionales psicosociales estén de planta y de forma permanente en cada colegio?

Si el Estado aparece solo para castigar a alguien, es porque ya falló en lo básico. Un alumno o alumna que llega al límite de la violencia es el resultado de una cadena de negligencias. La enfermedad es el desamparo, la violencia es solo el golpe final.