Infancia migratoria, la oportunidad de ser mejor escuela

La escuela en Chile tiene hoy una realidad distinta a la homogeneidad que teníamos tan arraigada en décadas anteriores. Actualmente en muchas de las aulas se escuchan acentos diversos, que hablan de chamos, panas, causa y bacanos. De paisajes donde no reina como telón de fondo la Cordillera de los Andes, de sabores que abundan en maíz y plátano maduro, que nos empapan de ritmos y culturas distintas que están lejos de ser una dificultad, sino por lo contrario, nos entrega una oportunidad distinta y multicultural de entender la convivencia escolar y enriquecer el aprendizaje.

La migración en la escuela nos entrega variadas opciones de trabajo y comprensión, entre estas, podríamos mirar la migración como un obstáculo, como un problema que necesita gestionarse desde el dato de la irregularidad.

O mirar la migración como una oportunidad pedagógica y formativa que nos dirige hacia el reconocimiento de la oportunidad, en donde un niño haitiano aprende español, sin dejar el creole y el francés, avanzando el multilingüismo; donde una niña venezolana comparte el recreo con sus amigos; en que estudiantes chilenos, peruanos, colombianos, bolivianos, chinos, argentinos o portugueses escuchan atentos una clases de matemáticas, en la cual aprenden a desarrollar el pensamiento lógico, analítico y crítico para resolver problemas de la vida cotidiana, todos atentos.

Esto es porque la diferencia no separa, sino que educa en diversidad y nos permite reconocer lo integral de la diversidad, en pos de construir futuros colectivos integradores dignos, justos y nobles.

Lejos de ser un obstáculo, esa diversidad es un recurso pedagógico invaluable y añadido a esto una posibilidad de convivir desde la experiencia multicultural, en la cual podemos mirar más allá del objetivo de aprendizaje, visualizamos el reconocer a otro en una sociedad compleja, porque educamos para el bien común, la paz, para ampliar los horizontes de esta humanidad compartida.

La escuela debe hacerse cargo de la heterogeneidad y diversidad creciente del aula como responder a factores socioemocionales, a vulnerabilidades incipientes, a llevar aprendizajes a comprensiones metacognitivas. Para esto se debe disponibilizar recursos humanos, técnicos y materiales para su correcta implementación. Sobre todo, a educar en dignidad a todas y a todos. Posemos así cumplir con el deber universal de solidaridad, educar cobijando a esa parte de humanidad que esta poblando nuestras aulas.

Sabemos que la inclusión migratoria no puede ser solo un mero principio declarativo, debe ser un acto de reconocer, valorar la infancia, de hacerla sentir parte de la transformación educacional y es ahí el reconocimiento a miles de docentes que, en su dimensión humana, educan desde el amor y del carácter, entendiendo que numerosas ocasiones una palabra acogedora, un gesto de confianza, una mirada respetuosa o un escuchar genuino consiguen convertirse en el primer hogar emocional de un niño lejos de su tierra.