¿Qué hacer con la cultura?

Aún recuerdo con especial nostalgia mi primera salida por el Día del Patrimonio. Una visita a la Casa de Moneda de Chile de la cual aún conservo uno que otro souvenir. Desde entonces la salida en esta fecha se vuelve impostergable.

Esa imagen reconfortante de miles de familias recorriendo edificios históricos, visitando museos, entrando a bibliotecas, iglesias o antiguos espacios públicos que normalmente parecen lejanos de la vida cotidiana... así, año tras año, Chile demuestra que sí existe interés por la historia, por la identidad y por aquello que sentimos como parte de un patrimonio común. Lo revalorizamos. Lo disfrutamos. Logramos por un instante al año hacernos parte de un circuito que parece distante todo el resto del tiempo.

Por ello, la celebración de este día también abre una pregunta más profunda: ¿Qué entendemos hoy por cultura y cuáles son los desafíos que como sociedad enfrentamos en esta materia?

Con frecuencia, el debate cultural en Chile queda reducido a la discusión sobre financiamiento de actividades artísticas, fondos públicos o programación de espacios culturales. En los casos más ásperos, la encrucijada de quién puede o no hablar o representar espacios de cultura ha sido brutal y descarnada -arrasando con ministros y seremis, por aludir los casos más bullados-. Pero estaremos de acuerdo en que la cultura es mucho más que eso. También son los hábitos que promovemos, los símbolos que legitimamos y las prácticas que terminan moldeando la convivencia cotidiana.

Por eso, cuando hablamos de cultura implica necesariamente hablar del tipo de sociedad que estamos construyendo.

El país, en ese sentido, parece avanzar muchas veces entre contradicciones. Existe, por ejemplo, preocupación legítima por los efectos sociales del alcohol y, bajo esa lógica, se han restringido progresivamente ciertos espacios de promoción vinculados a su consumo. En el fútbol, probablemente la manifestación cultural masiva más transversal en Chile, reconocidas marcas fueron mucho tiempo sus principales patrocinadores. Sin embargo, ese vacío en la vestimenta ha sido ocupado con fuerza por casas de apuestas deportivas declarando, al menos discursivamente, que la ludopatía parece más inocente que el alcoholismo.

La pregunta de fondo no es simplemente comercial ni deportiva. Es cultural. ¿Qué conductas estamos avalando y, por tanto, normalizando? ¿Qué mensaje recibe una generación que crece viendo la apuesta permanente integrada al circuito deportivo? ¿No existe acaso también un enorme daño social asociado a la ludopatía, al endeudamiento y a la adicción al juego?

El desafío cultural de Chile no consiste únicamente en conservar edificios históricos o aumentar la asistencia a museos, aunque ambas cosas sean demasiado importantes. El verdadero desafío es recuperar una reflexión común sobre los valores y hábitos que fortalecen la vida comunitaria.

Durante mucho tiempo, parte importante del mundo cultural institucional pareció desconectarse de estas discusiones cotidianas. Mientras la ciudadanía enfrenta problemas de violencia, fragmentación social, pérdida de confianza y debilitamiento del tejido social, gran parte del debate cultural continúa encerrado en circuitos pequeños, muchas veces incapaces de dialogar con las preocupaciones reales de las personas.

Y, sin embargo, el Día del Patrimonio demuestra exactamente lo contrario de ese aislamiento: cuando la cultura logra conectarse con la experiencia cotidiana, con la historia compartida -aún con sus tensiones- y con el sentido de pertenencia, la ciudadanía responde masivamente.

Quizás allí exista una lección importante. La cultura no puede limitarse a espacios especializados ni transformarse en una conversación exclusiva entre expertos. Debe volver a ser un punto de encuentro nacional; una herramienta para fortalecer comunidad, identidad y responsabilidad compartida. Porque un país no solo se define por el patrimonio que conserva, sino también por las conductas y los valores que decide transmitir a las nuevas generaciones.