El plan que se quedó

Cuando Nicolás Arrau anunció que el gobierno de Kast implementará el plan de seguridad del gobierno anterior, los voceros del gobierno anterior salieron a celebrarlo. Dijeron que era un reconocimiento. Que la derecha, al adoptar su plan, les estaba dando la razón. Esa celebración revela exactamente el problema.

La pregunta correcta no es ¿por qué Arrau adoptó el plan de Boric y Tohá? La pregunta correcta es ¿por qué ese plan le sirve a Arrau sin necesidad de modificarlo? Arrau no es un hombre de gestos generosos ni de reconocimientos institucionales a gobiernos anteriores. Es un operador político formado en la cultura del orden sin matices. Si adoptó el plan sin reparos fue porque ese plan ya contiene lo que él necesita: el marco legal para criminalizar la protesta, los protocolos que justifican el uso de la fuerza, la legitimidad discursiva para presentar la represión como "aplicación de la ley".

Eso ocurre porque el gobierno anterior, en materia de seguridad, gobernó más cerca del diagnóstico de la derecha que del de la izquierda. La sospecha sobre el manifestante que bloquea una carretera o sobre el estudiante que protesta en su escuela por la falta de compromiso del Estado con la educación. La militarización del orden público como respuesta a conflictos que tienen causas estructurales. La normalización de que cualquier expresión organizada de rechazo a las políticas del gobierno pueda ser tratada, en la práctica, como un acto que requiere respuesta policial. Ese ADN estaba en el plan. Arrau simplemente lo leyó con claridad.

Hay una trampa en la que la izquierda cae con notable regularidad cuando llega al gobierno: creer que gobernar responsablemente la seguridad implica adoptar las categorías analíticas y el lenguaje de la derecha, porque esas herramientas parecen "técnicas" y "despolitizadas". Lo que esa lógica no calcula es que esas herramientas no son neutras. Llevan impregnado el diagnóstico del orden social que las produjo: que el conflicto social es una patología que hay que gestionar, no una expresión de contradicciones estructurales que hay que resolver. Cuando la izquierda usa esas herramientas para gobernar, no las transforma: se transforma a sí misma.

Las consecuencias concretas no son abstractas. Están ocurriendo ahora. El gobierno de Kast recorta el PAE, rebaja el impuesto de primera categoría, instala la invariabilidad tributaria por 25 años. Todo eso produce conflicto social legítimo. Para enfrentarlo, Arrau tiene a disposición un plan que no necesitó modificar. Cuando reprima una marcha contra el recorte al PAE usando los protocolos del plan de Boric, no estará haciendo nada que ese plan no contemplara. Y quienes protesten habrán sido abandonados dos veces: una por el gobierno que recorta, y otra por el andamiaje que el gobierno anterior dejó listo para reprimirlos.

Esto es un diagnóstico que muchos en la izquierda hicimos mientras ocurría. Lo dijimos cuando se aprobó la Ley Antibarricadas o la Ley Naim Retamal. Lo dijimos cuando se desplegaron militares en Wallmapu hasta transformarse en lo natural. Lo dijimos cuando se construyó el relato de la "crisis de seguridad" con las categorías del orden que la derecha necesitaba. La autocrítica es la condición de no repetir el error.

Una política de seguridad de izquierda parte de un diagnóstico radicalmente distinto: que la principal amenaza a la seguridad de los chilenos no es el manifestante que protesta contra la injusticia y el abuso, sino el capital que expulsa a las familias de sus casas, el empleador que viola los derechos laborales, la empresa que contamina el agua de las comunidades indígenas y el estado que para mantener contento al capital, recorta la salud, la educación, la vivienda y la cultura. Ese diagnóstico produce instrumentos distintos, y esos instrumentos no le sirven a Arrau. Que el plan del gobierno anterior pueda ser adoptado sin modificaciones es la demostración de que ese diagnóstico nunca fue el de un gobierno de izquierda.

El plan de Boric es hoy el plan de Kast. Esa frase es la descripción de una derrota estratégica cuyas consecuencias están por vivirse. La tarea es construir la alternativa que ese trabajo no construyó.