Hace una década, enfrentarse a una media maratón era, en mi caso, un acto de pura intuición. Salía a la calle sin medir tiempos, ignorando la cadencia y comiendo según el apetito, no según la necesidad. Correr era una experiencia visceral, analógica y, a menudo, ineficiente. Hoy, prepararme para los 42 kilómetros es un ejercicio distinto. Mis zapatillas siguen golpeando el mismo asfalto, pero ahora lo hacen bajo la supervisión constante de la inteligencia artificial.
Sin embargo, hay un matiz crucial que a menudo se pierde en el entusiasmo tecnológico y es que la guía digital no reemplaza al juicio humano. Tengo un entrenador, una persona real con la que analizo los datos que arroja el reloj. La IA puede indicarme una recuperación óptima basándose en números fríos, pero mi entrenador a menudo contradice a la máquina. Él ve lo que el algoritmo ignora: mi estrés laboral, si dormí mal por una preocupación familiar o mi estado anímico. Donde la IA ve una métrica, el experto ve un contexto.
Esa dinámica define mi enfoque actual y no se trata de obediencia ciega al dispositivo, sino de usarlo para elevar la conversación con el experto. Es la misma lógica que aplico fuera de la pista. Como académico, no dejo que la IA escriba por mí, pero sí la utilizo para procesar bibliografía o estructurar ideas, tal como uso un modelo de lenguaje para organizar las minutas que me envía mi nutricionista. La tecnología elimina la fricción administrativa (ya sea planificar comidas o limpiar datos), para que podamos concentrarnos en la estrategia.
Entiendo a quienes ven el deporte como un refugio sagrado libre de pantallas. A veces yo también necesito correr en silencio. Pero en otras ocasiones, aprovecho esos largos kilómetros para escuchar libros narrados por voces sintéticas, convirtiendo el entrenamiento físico en un espacio de aprendizaje. No lo veo como una "contaminación" de la experiencia, sino como una integración de mis objetivos.
El sudor, el cansancio y la satisfacción de cruzar la meta siguen siendo irremplazables y por más datos que acumulemos, la IA no correrá la carrera por nosotros. La tecnología simplemente nos asegura que cada gota de ese sudor se invierta en la dirección correcta. Preparar una maratón hoy es la prueba de que los algoritmos, bien utilizados, no anulan nuestra humanidad, sino que nos dan mejores herramientas para desafiar nuestros propios límites.
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