Las recientes medidas adoptadas desde el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación han encendido las alertas en las comunidades científicas. Las voces de científicos y científicas se han hecho escuchar desde universidades, centros de investigación y sociedades científicas. Sin embargo, las medidas siguen su curso y dejan una pregunta que trasciende a quienes hoy investigamos: ¿Es importante la ciencia en Chile para el Gobierno?
Se argumentan incumplimientos, restricciones presupuestarias y la necesidad de establecer prioridades. Si bien puede haber elementos razonables, estos deben contrastarse con la realidad de la investigación en Chile. En nuestro país las oportunidades son escasas, la competencia por financiamiento es enorme y no siempre existen laboratorios, centros o plazas académicas capaces de albergar a investigadores altamente especializados.
Priorizar no puede significar decidir que hay ciencias que importan y otras que pueden esperar como en un consultorio. Es claro que los países necesitan desafíos estratégicos, pero ¿es menos importante una investigación porque sus resultados no son inmediatamente transferibles al mercado bursátil? Si la respuesta es afirmativa, estaremos reduciendo el valor del conocimiento a aquello que puede llenar rápidamente la alcancía. Y la comunidad científica sabe que la ciencia no funciona así.
Tampoco podemos saber qué conocimiento será indispensable dentro de 10, 15 o 20 años. La historia de la ciencia está llena de descubrimientos fundamentales cuyas aplicaciones aparecieron mucho después. Pensemos, en Chile, en Francisco Varela y en la vigencia de su legado o en Humberto Maturana. La ciencia no avanza siguiendo únicamente las urgencias del presente. Necesitamos recuperar la capacidad de proyectarnos hacia el futuro, como incluso los pueblos originarios comprendieron mucho antes que nosotros en sus territorios.
Las universidades forman doctores y doctoras porque un país necesita personas capaces de producir conocimiento nuevo, formular preguntas que todavía no tienen respuesta y enfrentar problemas que aún no sabemos que tendremos. ¿Quién puede anticipar una pandemia o una emergencia climática? La ciencia puede. Formar capital humano avanzado requiere años y una enorme inversión pública, institucional, familiar y personal. Si después de ese esfuerzo el propio sistema reduce las posibilidades de investigar, surge una contradicción difícil de explicar: formamos las capacidades que necesitamos para avanzar y luego les quitamos el oxígeno necesario para vivir y desarrollarse.
Las cifras permiten dimensionar el problema. En 2023, Chile destinó apenas 0,41% de su PIB a investigación y desarrollo. Ese mismo año, Corea del Sur destinó 4,96%. Es decir, en relación con el tamaño de sus respectivas economías, el esfuerzo surcoreano fue aproximadamente doce veces el chileno. La diferencia no es solamente presupuestaria: muestra también el lugar que el conocimiento ocupa en las estrategias de desarrollo de ambos países. No se están haciendo ajustes sobre un sistema donde abundan los recursos. Se está interviniendo un ecosistema que ya funciona con limitaciones y precariedades. Ya tenemos agrupaciones que los demuestran. ANIP por ejemplo, ya existe desde hace 18 años.
Una beca doctoral no sostiene solamente la formación de una persona. Alimenta grupos de investigación, genera publicaciones, fortalece laboratorios, crea colaboración nacional e internacional y forma nuevas investigadoras e investigadores. Cuando una pieza desaparece, sus efectos se propagan mucho más allá de una línea en una planilla presupuestaria del ministro a cargo.
Estas líneas no buscan un enfrentamiento con una ministra ni con la autoridad. Aquí se discute qué política científica necesita nuestro país. Las autoridades pueden justificar sus decisiones mediante restricciones presupuestarias, eficiencia y prioridades gubernamentales. Las personas de ciencia queremos justificarnos también por medios científicos preguntando por la evidencia que sustenta esas decisiones y por sus consecuencias de mediano y largo plazo. En el corto plazo, sabemos lo que significa: asfixiarnos.
Priorizar debería significar fortalecer aquello que el país considera estratégico sin asfixiar la diversidad de conocimientos. Debemos reconocer que la ciencia tiene una característica incómoda para los políticos. Nuestros tiempos rara vez coinciden con los períodos de gobierno. Una investigación puede tardar diez años en producir un resultado relevante; formar a una científica puede tomar quince y construir una comunidad científica, generaciones. Destruir esas capacidades puede tomar muchísimo menos.
Podemos mejorar sistemas de evaluación, depurar procesos, exigir responsabilidad en el uso de recursos públicos y establecer desafíos nacionales. Todo eso es legítimo. Lo que no puede ocurrir es confundir priorizar con reducir la posibilidad de producir conocimiento.
Un país que deja de formar investigadores o determina demasiado estrechamente qué preguntas merecen ser investigadas corre un riesgo que no aparecerá inmediatamente en ningún balance fiscal: comenzará, lentamente, a quedarse sin ciencia.
Y la ciencia no está en la periferia del desarrollo de Chile. Es parte de su corazón. Y ningún corazón puede seguir latiendo si, poco a poco, lo dejamos sin oxígeno.