¿El nuevo "snake oil" de Silicon Valley y MAGA?

El pintor y reformista alemán Lucas Cranach el viejo quizás nunca imaginó que su óleo "La fuente de la eterna juventud", en la que ancianos y enfermos se sumergen en un elixir rejuvenecedor, luciría hoy como un presagio de la búsqueda contemporánea de la inmortalidad. A más de 400 años de esa pintura, este anhelo se ha convertido en la base de una industria tan auspiciosa como cuestionada.

En un artículo de The Economist, titulado "Cyborgs, superhumans and cranks", se menciona cómo el "mejoramiento humano" está cada vez más cerca de ser una realidad tangible. A diferencia de aquella mera contemplación del cuadro de Cranach, hoy enfrentamos el avance biotecnológico que promete prolongar la vida e incluso eliminar el envejecimiento. Sin embargo, esta aspiración choca con dilemas éticos y filosóficos que pensadores como Kant, Nietzsche y Schopenhauer gritarían a voces. Incluso Nietzsche, opuesto a la moral represiva, alertó sobre los peligros de una voluntad de poder descontrolada, alejada de todo borde ético. Y son precisamente esos bordes éticos los que se pretenden correr o derechamente hacer desaparecer en el contexto del transhumanismo.

Lejos de ser sólo una "moda intelectual" (como alguna vez se escribió), el mejoramiento humano mueve miles de millones de dólares. La industria del antienvejecimiento, por ejemplo, crece más de 10% anual y alcanzó inversiones privadas por $5.2 mil millones en 2023. Empresas como Altos Labs, respaldadas por multimillonarios como Jeff Bezos, lideran la investigación en reprogramación celular; y Neuralink, de Elon Musk, lo hace en el área de implantes cerebrales.

Las voces críticas, como la del bioeticista Carl Elliott, advierten que muchas de estas promesas no son más que una versión moderna del "snake oil" del siglo XIX: supuestos elixires de juventud disfrazados con jerga biotecnológica. Michael Sandel, académico de la Universidad Harvard en "The Case Against Perfection", argumenta que la obsesión con la mejora física desvirtúa la vida, convirtiéndola en un producto a optimizar en lugar de un regalo a valorar. Incluso Julian Savulescu, defensor del mejoramiento humano, reconoce que, si solo los más ricos pueden acceder a estos avances, se corre el riesgo de una desigualdad en el acceso aún mayor que la actual.

Pero el transhumanismo no queda sólo restringido a gustos de inversión de magnates de Silicon Valley, pues y tal como es posible evidenciar, la apropiación del transhumanismo por parte de sectores políticos nos debería preocupar mucho más que la variación diaria del precio del crudo. En la esfera MAGA (Make America Great Again), Donald Trump Jr. ha invertido grandes sumas de dinero en los Enhanced Games, una competencia donde el dopaje es incentivado en nombre de la innovación y la excelencia estadounidense: "Es excelencia, innovación y dominio estadounidense en el escenario mundial, algo que el movimiento MAGA representa", ha declarado públicamente el mayor de los hijos del presidente de los EE.UU.

¿Es esto realmente MAGA? Difícilmente. Quizás, la autoconvocada "grandeza estadounidense" pase en parte, por transformar el lema en Make Advancement Globally Accessible, un ideal que podría representar un futuro más equitativo (y algo menos incierto) en un mundo altamente globalizado.

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