La idea de que la universidad sólo existe para transferir conocimientos o que el éxito de la formación se mide en la cantidad de contenidos adquiridos y en la velocidad con que se dominan, aún se repite en muchos pasillos universitarios, de manera silenciosa pero persistente. Sin embargo, esta mirada tiene consecuencias, y aún más frente al desarrollo de la inteligencia artificial.
Cuando un estudiante de Medicina resuelve un caso clínico complejo, cuando un ingeniero lucha durante horas con una demostración matemática, cuando un abogado construye un argumento sobre jurisprudencia, no está adquiriendo solo un contenido. Está desarrollando la capacidad de pensar con rigor, de sostener la atención frente a la dificultad, de tolerar la frustración y convertirla en avance. Todo lo que se aprende con esfuerzo genuino construye al profesional que será capaz de hacer cosas grandes e importantes cuando llegue el momento.
El desarrollo de la inteligencia artificial en la vida académica es una de las oportunidades más grandes que ha tenido la educación superior en décadas. Puede personalizar el aprendizaje, ofrecer retroalimentación inmediata, democratizar el acceso al conocimiento y liberar tiempo para lo que ningún algoritmo puede reemplazar, como es la relación humana y la discusión de ideas. Aún así, existe una tentación poderosa de usar la IA para evitar el trabajo difícil de aprender.
Cuando un estudiante le pide a un sistema de inteligencia artificial que resuelva su problema de cálculo, redacte su análisis de caso o sintetice el argumento que debía construir él mismo, obtiene el resultado sin haber desarrollado la capacidad. El desafío de la inteligencia artificial en la universidad no es tecnológico, es formativo. Una generación que delegue sistemáticamente el esfuerzo cognitivo en herramientas externas llegará al ejercicio profesional con menos recursos para enfrentar la complejidad, la incertidumbre y la novedad.
Nuestra responsabilidad académica no es estar contra el uso de la IA, sino diseñar experiencias de aprendizaje donde el esfuerzo genuino siga siendo irreemplazable. Donde la herramienta amplíe la capacidad sin sustituir el proceso que la genera. Aquí la excelencia requiere amor y viceversa.
Cuando un entrenador reduce las repeticiones porque ve que la atleta está cansada, o elimina los ejercicios difíciles para hacer el entrenamiento más agradable, está traicionando el propósito de su labor y, en el fondo, la confianza que la atleta depositó en él. Lo mismo ocurre en la universidad. Reducir la exigencia para evitar el malestar del estudiante o del docente que debe sostenerla es una forma de abandono disfrazada de empatía. Eso no es empatía. Es renunciar a una forma más profunda de compromiso, la excelencia con amor, que exige porque cree en el otro.
La excelencia que vale y la que transforma es exigente porque hay amor, porque creemos genuinamente que el esfuerzo de hoy construye la persona que el estudiante quiere y necesita ser. Esa convicción, cuando es auténtica, cambia completamente el sentido de la exigencia.
Esta mirada está profundamente vinculada con la identidad de la Universidad Católica, que nos recuerda que la búsqueda de la verdad, a través de las ciencias, las artes y las humanidades, no es solo un ejercicio intelectual, sino una tarea humana asumida con amor. También dialoga con el llamado del papa León XIV a las universidades católicas, al recordar que la educación superior debe aspirar siempre a algo más alto, más bello y mejor.
Por eso, en Ingeniería UC estamos rediseñando nuestras experiencias de aprendizaje para ofrecer una verdadera experiencia transformadora. No se trata solamente de formar profesionales técnicamente competentes, sino personas capaces de poner su conocimiento al servicio del país y de la sociedad. Queremos que nuestros estudiantes vivan una experiencia universitaria que los transforme para que ellos, a su vez, sean agentes de transformación.
Esa es la ingeniería que queremos impulsar, una ingeniería con excelencia y amor. Exigente en su formación, profunda en su propósito y comprometida con la construcción de una sociedad más humana. Porque la verdadera innovación no se mide solo por lo que creamos, sino también por el sentido con que decidimos construirlo.