Inteligencia artificial, estrategia que sobrepasa las fronteras nacionales

Coescrita con Benjamín Salazar Fernández, estudiante de Administración Pública y Ciencia Política de la UTalca

Los principales paradigmas teóricos que han analizado los fenómenos internacionales se han vuelto los estándares clásicos para identificar aspectos de paz y guerra en estas dinámicas. Es así como estos conceptos, que son parte de las high politics, han jugado un rol central en épocas anteriores. Sin embargo, con los cambios surgidos a nivel global, otros temas han sido parte de la agenda de política exterior como los aspectos económicos, medioambientales, sociales, y tecnológicos constituyendo lo que se denomina las low politics. El mundo ya no conoce fronteras. De hecho, los fenómenos internacionales se convierten en trasnacionales, debido a que la capacidad de los Estados ha sido insuficiente para abordarlos de manera aislada. En este sentido, es necesaria la cooperación entre las naciones para enfrentar desafíos comunes regionales e internacionales.

Al analizar el comportamiento de los Estados, en la actualidad se evidencian dinámicas en un mundo multipolar en el que existen distintos centros de poder distribuidos no necesariamente de manera equitativa. El sistema internacional se ha caracterizado por conflictos que involucran a diferentes actores (estatales y no estatales) buscando poder mediante diversas estrategias. A modo ilustrativo destaca como ejemplo la carrera espacial, donde la Unión Soviética y Estados Unidos midieron su poder a través de su capacidad de alcanzar lo impensado. Hoy, el mundo incorpora más temas que mantienen esa misma dinámica. El desarrollo acelerado de la inteligencia artificial evoca ese mismo espíritu de disputa, con diversos actores compitiendo por liderar una tecnología que gradualmente está transformando el orden internacional. Sin embargo, el ejemplo presentado tiene dos límites fundamentales.

El primero tiene que ver con quienes compiten y bajo qué reglas: antes eran Estados soberanos movilizando su poderío, y ahora son grandes corporaciones quienes lideran el control de una cadena de suministro altamente estratégica, pero mayormente privatizada. A raíz de ello, los Estados han reaccionado de forma dispar, ya sea a través de la integración de estos actores sin mayores cuestionamientos, o a través de la regulación de su actividad. El segundo límite es más de naturaleza histórica: la carrera entre EE.UU. y la URSS tuvo un desenlace claro, sin embargo, este triunfo no se explica sin considerar el rol fundamental que jugó la infraestructura crítica tecnológica de esta hazaña y quien finalmente mantuvo el control de esta. Hoy la inteligencia artificial se decide principalmente puertas adentro, pues son las empresas que, a través de su poder de decisión, determinan el razonamiento de sus modelos, la producción de hardware y la ubicación de sus data centers, reconfigurando así el poderío de los países en el tablero global.

Esta idea lleva un tiempo instalándose sobre todo en Estados Unidos, aunque sin mayor exposición. Durante 2025, OpenAI, la empresa que creó Chat GPT, y uno de los sistemas líderes a nivel mundial en el desarrollo de la IA, firmó su primer contrato directo con el Pentágono de Estados Unidos, el cual está orientado principalmente a la incorporación de capacidades de vanguardia en seguridad nacional, defensa y administración de gobierno. Casi al mismo tiempo Meta junto a otras grandes tecnológicas profundizaron sus vínculos con el Departamento de Defensa del mismo país.

Las acciones emprendidas por Palantir Technologies han contado con mayor exposición a través de sus dos cofundadores. Por un lado, están las reuniones sostenidas entre Peter Thiel con varios mandatarios sudamericanos; y por el otro, la publicación del libro de Alex Karp "La república tecnológica", en el cual plantea el término "soberanía tecnológica" para referirse a las capacidades efectivas de los gobiernos para operar modelos de IA sin depender de proveedores comerciales externos. El ejemplo más claro de esta dependencia se da actualmente en lo que ocurre en Taiwán, país que concentra a través de la fundidora TSMC cerca del 70% de la producción de chips a nivel mundial.

Estas acciones, más allá de los intereses comerciales de por medio, reflejan cómo paulatinamente las empresas se empiezan a involucrar de manera activa en la política de las naciones, moldeando incluso la relación entre tecnología, soberanía y gobierno, traspasando las fronteras físicas y digitales.

Frente a esta lógica de integración entre poder tecnológico y aparato estatal, la Unión Europea ha optado por un camino distinto. El AI Act, vigente desde agosto de 2024, constituye una de las primeras legislaciones en regular la inteligencia artificial, estableciendo obligaciones y sanciones diferenciadas según el nivel de riesgo de cada sistema. Sin embargo, su implementación ha sufrido complicaciones a la hora de regular un mercado dominado por actores extranjeros, lo que ha terminado por posponer gran parte de sus obligaciones para sistemas de alto riesgo hasta finales de 2027. Este retraso ejemplifica que muchas veces no basta con tener únicamente un marco normativo, sino que debe ir acompañado también con mecanismos de control efectivos que regulen estas actividades.

A raíz de aquello, es que también está en juego la ubicación de los data centers que alojan y operan estos sistemas. Cada vez son más los países que están compitiendo por atraer estas instalaciones ofreciendo energía barata, marcos regulatorios favorables y condiciones geográficas específicas que habiliten este tipo de infraestructura. Los países nórdicos (Noruega, Suecia y Dinamarca) cuentan con una gran ventaja: climas fríos y centrales hidroeléctricas, que permiten enfriar servidores reduciendo el consumo energético. Francia se apoya en la energía nuclear, responsable de proveer gran parte de su electricidad. El Golfo Pérsico ha desarrollado soluciones propias como el enfriamiento con agua de mar, capitalizando así su ubicación costera y el capital disponible para la inversión en infraestructura. Gobiernos de economías emergentes en Asia, América Latina y África han comenzado a ofrecer incentivos fiscales y permisos acelerados para atraer estas instalaciones.

Por tanto, la IA se ha presentado como una estrategia que utilizan los Estados frente a contextos diversos y adversidades que puedan alterar sus intereses nacionales. Igualmente surge la intención de su uso para obtener ganancias y oportunidades económicas. Lo interesante es que en su empleo participan diferentes actores estatales y no estatales. Además, traspasan las fronteras lo que socava la soberanía nacional. De esta manera no sólo importa el uso de la IA sino también su control y propósito en un escenario convulsionado objeto de cambios y búsqueda de poder a nivel internacional.