La noche no es negra por falta de estrellas

Este verano fui al Lago Rapel. En una de esas noches, mientras tratábamos de pescar en el muelle, el silencio era total. El cielo, inmenso. Al levantar la mirada, observamos cómo la Vía Láctea cruzaba el horizonte como una nube luminosa suspendida en la noche. Y, sin embargo, entre cada estrella: oscuridad.

Como primera aproximación podríamos pensar que la ausencia del Sol explica esa oscuridad. Pero si el universo contiene miles de millones de galaxias, y cada una alberga miles de millones de estrellas, el cielo nocturno debería estar completamente iluminado. Si el cosmos fuera infinito y eterno, cada vez que miráramos un punto del cielo nuestra mirada terminaría inevitablemente en la superficie de una estrella. El firmamento entero debería brillar de manera uniforme. No debería existir una noche oscura. Y, sin embargo, existe.

La explicación no es poética. Es física.

Como he escrito antes, la luz viaja extremadamente rápido -unos 300 mil kilómetros por segundo-, pero no de manera instantánea. Necesita tiempo para recorrer las enormes distancias cósmicas. Eso impone un límite natural. Solo podemos observar estrellas cuya luz ha tenido suficiente tiempo para llegar hasta nosotros. Más allá de cierta distancia, la luz todavía está en camino.

No vemos todo lo que existe. Vemos solo lo que el tiempo nos permite ver.

Esa idea, que parece propia de la cosmología, es también profundamente humana. Muchas veces no comprendemos del todo un proceso mientras lo estamos viviendo, así como no vemos el sentido completo de una experiencia hasta que el tiempo la decanta.

En "El Quijote", Cervantes escribió: "Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades". No es solo literatura; es una intuición profunda sobre la realidad. El tiempo no solo transcurre: ordena, revela y transforma.

Así como la luz tarda millones de años en alcanzar nuestros ojos, también nuestras acciones, aprendizajes y errores necesitan recorrido. Hay comprensiones que solo llegan después. Hay verdades que requieren distancia.

Vivimos en una época que exige inmediatez. Queremos resultados ahora, respuestas ahora, certezas ahora. Pero el universo no funciona así. La naturaleza no funciona así. La vida tampoco.

La noche es oscura no porque falten estrellas, sino porque su luz requiere tiempo para llegar hasta nosotros. Mirar el cielo en silencio no es solo contemplar estrellas. Es aceptar que vivimos dentro de un proceso. Que no todo se revela al mismo tiempo. Que hay trayectos invisibles que todavía están en curso.

Y quizá la verdadera sabiduría no esté en apresurar la luz, sino en confiar en su viaje.

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