Hace algunos días uno de mis colegas interactuaba mediante preguntas y respuestas con un chatbox; un agente que le decía que podíamos hacer en determinadas tareas educativas, impresionaba su grado de precisión y la información que nos proporcionaba en ámbitos donde antaño tendríamos que haber buceado en nuestros anaqueles. También me impresionó su amabilidad, simulacro de humanidad, incluso mejor que la verdadera y actual humanidad. Quizás la imperfección de lo humano pueda ser considerada una característica que nos distinga en un mundo donde se supone que la IA hará las cosas mejor que nosotros. Nada de eso, hoy nuestros problemas vas más allá del advenimiento de la IA.
Si hemos de resumir el momento en el cual nos encontramos, pienso que estamos en medio de una tormenta, aún sin poder hacer pie del todo.
Una de las transformaciones más relevante, desde la invención del libro en el siglo XV, es la irrupción de las llamadas máquinas inteligentes. Ya no impresionan historias como la descrita al inicio de esta columna, tampoco sorprende el enamoramiento con máquinas hechas en japón, o amigos construidos en lenguaje de ceros y unos. Hemos escuchado y leído tanto sobre este tema, que perdemos los bordes de la magnitud de los cambios que se están produciendo ante nuestros ojos.
Me alejaré de las posiciones extremas que se sitúan entre los tecnoresistentes y los tecnófilos. Pienso que los cambios que tenemos enfrente van mucho más allá de la irrupción de la IA y el uso intensivo de dispositivos tecnológicos. Si se piensa el problema reduciéndolo a la necesidad de aprender determinadas técnicas y tecnologías, estamos mirando sólo un pequeño reflejo en el mar. Los cambios en verdad son variados y vienen manifestándose desde hace bastante tiempo. Los más profundos y serios son, por ejemplo, la disminución de la capacidad de memorización y de prestar atención en las generaciones que hacen uso intensivo de los dispositivos tecnológicos. Con justa razón el filósofo italiano Giorgio Agamben nos enseñó, siguiendo a Foucault, que un dispositivo es siempre una estrategia de poder que tiene un efecto concreto en la sociedad. No son aparatos inocuos, inocentes, que sólo nos entretienen.
Las transformaciones que se han producido en las capacidades de concentración, de memorización y de compresión, augura un mundo en el cual las habilidades de razonamiento básicas, fuertemente descendidas, empobrecerán el espacio comunicativo. Será el caldo de cultivo ideal -lo está siendo- para la parcialidad, la emocionalidad y las pasiones más elementales. Ante este dilema, surge la necesidad de fortalecer las habilidades básicas que yacen extraviadas en el mundo fragmentario de las redes sociales. Los cambios necesarios de abordar en el sistema educativo, al menos del universitario que es el que conozco, van en la senda de regresar a la lectura extensa, desarrollar la reflexión ética y el pensamiento crítico, mediante un currículum obligatorio en este ámbito. Será una tarea difícil, pues cualquiera que tenga una experiencia docente de unos 20 años o más, puede comprobar el empobrecimiento general del capital cultural que hasta hace poco considerábamos elemental en una sala de clases de primer año universitario. Hoy parece más bien, una sala de primero o segundo medio. En el contexto tecnológico actual, hay que volver a lo más elemental.
El enfoque de modernizarnos adoptando todas las tecnologías de una manera acrítica no resuelve nuestros dilemas. En realidad, un país como Chile siempre ha sido periferia de estas grandes transformaciones tecnológicas. Las innovaciones más profundas nacen en los grandes centros tecnológicos de Estados Unidos y de China, bajo el contexto de una intensa disputa geopolítica y económica. Pero incluso en estos países enfrentan los mismos dilemas que nosotros; los jóvenes tienen serias dificultades para comprender lo que leen, para enfrentar los problemas con razonamiento ético, para lidiar con los problemas de la vida común.
Los indicadores de salud mental han aumentado considerablemente en estos últimos años. La sensación de soledad es cada vez más intensa. En esta medida, más que convertirnos en usuarios avezados de las máquinas, deberíamos estar trabajando en las brechas que estas producen en nuestros jóvenes. Necesitamos construir un futuro humano en medio de tanto apocalipsis o de tanto paraíso que nos proponen promotores y detractores de las tecnologías.