Municipalismo para construir comunidad

Durante mucho tiempo entendimos que un buen municipio era aquel que mantenía las calles limpias, reparaba los baches y cuidaba las plazas. Todo eso sigue siendo indispensable. Pero hoy las ciudades enfrentan desafíos que exigen ir más allá de una buena administración.

Un municipio no solo existe para prestar servicios, porque de lo contrario sería equivalente a una empresa; también debe construir comunidad, reducir desigualdades y fortalecer la democracia desde el territorio. Ese es, a mi juicio, el sentido de un municipalismo progresista, una gestión eficiente, pero también profundamente comprometida con la justicia social, la participación y la transparencia.

Las ciudades que han impulsado transformaciones importantes lo han entendido así. En Barcelona, Ada Colau puso en el centro el derecho a la vivienda y la recuperación del espacio público para las personas. En Nueva York, Zohran Mamdani ha levantado una agenda municipal centrada en hacer la ciudad más vivible para las mayorías, enfrentando el costo de la vida con propuestas como el fortalecimiento del transporte público, la protección de los arriendos, el acceso universal al cuidado infantil y la creación de alternativas públicas frente al encarecimiento de bienes básicos. Son ejemplos de gobiernos locales que comprendieron que administrar una ciudad también significa construir bienestar y cohesión social.

En todos estos casos, las transformaciones impulsadas han debido enfrentarse a las fuerzas del mercado, que en muchas ocasiones han llevado a las ciudades a límites insostenibles en búsqueda del beneficio privado. En ese sentido, el municipalismo no es políticamente neutral, ni puede entenderse aislado de la realidad nacional, pues implica una redistribución del poder en la ciudad, limitando la fuerza de los mercados en favor de los ciudadanos, en la construcción de nuestra vida cotidiana, profundizando de paso los ámbitos de acción y regulación de los poderes públicos.

Como sostiene David Harvey, el "derecho a la ciudad" no consiste solo en habitarla, sino también en tener la capacidad colectiva de transformarla. Esa idea interpela directamente a los municipios, las mejores ciudades son aquellas que se construyen junto a sus vecinos y no únicamente desde una oficina. En Providencia tenemos la oportunidad de avanzar en esa dirección. Recuperar el río Mapocho como un espacio de encuentro, cultura y naturaleza no es solo una iniciativa ambiental; es una forma de volver a conectar a las personas con su ciudad y fortalecer la vida comunitaria. Ocupar los espacios públicos, revitalizarlos a través de vecinas y vecinos activos y organizados, también produce barrios más seguros.

Lo mismo ocurre con la copropiedad. Miles de familias viven en edificios y enfrentan gastos comunes cada vez más altos. El municipio puede transformarse en un aliado de las comunidades, acompañando a los comités de administración con asesoría técnica, promoviendo una gestión más transparente y participativa, e impulsando medidas de eficiencia que permitan reducir costos y fortalecer la organización vecinal.

Nada de eso será posible si no recuperamos algo esencial: la capacidad de escuchar. La participación ciudadana no puede ser una formalidad. Gobernar desde el territorio implica recorrer los barrios, dialogar con las organizaciones sociales, abrir la información pública y construir las decisiones junto a quienes viven la comuna día a día. Sólo de ese modo se podrá ir reduciendo la enorme crisis de credibilidad de las autoridades públicas, fenómeno que aqueja al país hace muchos años.

Los municipios son la primera ventanilla de atención del Estado, la más cercana a las personas y, por eso mismo, tienen una enorme responsabilidad. La buena gestión es indispensable, pero no suficiente. El verdadero desafío es construir una comuna donde la eficiencia esté al servicio de las personas, donde la transparencia genere confianza y donde cada vecino y vecina sienta que puede ser parte de las decisiones que dan forma a la ciudad que compartimos.

Porque, al final, una ciudad no se transforma únicamente con obras. Se transforma cuando quienes la habitan sienten que también tienen el derecho y la oportunidad de construirla.