Crónicas de Aysén IV

Las carpas de plástico transparente.

Corría el año 1978. El país se había convulsionado violentamente con el Golpe de Estado de cuatro años atrás. No solamente en lo político, sino centralmente en lo social, en la vida corriente de las personas. Miles habían quedado sin trabajo. Masas de cesantes deambulaban por el territorio. Nadie sabía muy bien lo que estaba ocurriendo en las entonces llamadas “Provincias”.

El temor, los exilios, la ausencia de información creíble, impedía tener siquiera un panorama. Arriba de unas citronetas partimos en una larga gira por el sur de Chile.

Visitábamos gente conocida, dirigentes que estaban escondidos, e íbamos comprendiendo muy de a poco lo que ocurría. Al llegar a Puerto Montt nos contaron que gran cantidad de gente estaba acampando en las playas. Partimos para allá con Melé Cruz y una máquina fotográfica. La impresión fue grande.

Eran kilómetros y kilómetros de playa llenos de carpas de plástico. Una hilera de carpas se perdía en el horizonte. Estaban construidas con colihues finos y doblados como un “iglú” y encima le habían tirado un plástico blanco transparente, el más barato en las ferreterías locales. Caminamos horas por esa población. El corazón se encogía.

Niños chicos con los mocos colgando, mujeres metidas en la humedad del barro, los hombres con las botas de goma. Como se sabe, en esas playas del sur la marea es muy amplia. En el momento que se recoge deja cuadras y cuadras con el fondo del mar descubierto. Allí estaba el llamado “pelillo”, un alga pegajosa y de color marrón, que recogía toda esa verdadera marea humana.

La marea bajaba y se adentraban junto a ella, con unas suertes de balsas construidas también de esos plásticos. Las llenaban de esas algas y con la subida de la marea llegaban de regreso a la playa. Ahí en unos palos y cordeles las secaban y apilaban.

Llegaban los camiones compradores. Más allá en la cadena estaban los japoneses que adquirían toda esa maldición marina para hacer sus “suchis”. Hablamos con la gente y provenían de todas partes; de muy lejos, del sur de Chile cesante, de los miedos y persecuciones. Una noche mientras dormían se desplomó por las aguas caídas un cerro y sepultó a varias familias de pelilleros.

Claro que la lluvia, eterna en el sur, era desastrosa ya que mojaba a las algas que estaban secándose y se perdía toda la cosecha. Con unos amigos hicimos un Fondo de Pequeños Proyectos y allí en Chinquihue y otras caletas y playas del sur, ayudamos en esos años a instalar unos secadores y algún techo que impidiera la pudrición de esas algas, única alternativa de sobrevivir de esas miles de personas. Fueron largos años de campamentos de miles de personas en carpas de plástico transparente.

En el Golfo de Reloncaví esas algas que brotaban naturalmente del suelo marino comenzaron a escasear. Eran miles los que las recogían. Así comenzó la marcha hacia el sur.

Primero fue en busca de la “luga”, como se le dice también a ese “pelillo”; más adelante fueron los mariscos, y finalmente la “merluza austral”.

De isla en isla esas masas de recolectores, mariscadores, buzos aprendices, pescadores improvisados, se fueron desplazando hacia el sur. Las Guaitecas se llenaron de gente, más allá se fueron formando pequeños pueblos, frente a Aysén apareció Puerto Aguirre.

Llegamos a Puerto Aguirre acompañados de gente del Obispado de Aysén que ya en ese tiempo andaba preocupado de lo que ocurría y era la única voz que se escuchaba a través de la radio.

Canales y canales, fiordos y bosques de lengas que llegan hasta el agua del mar. El espectáculo era impresionante. Miles de iglúes brillaban con la luz del sol, carpas plásticas improvisadas dónde vivían familias completas.

Gente de Valdivia, de Osorno, incluso de más al norte se habían aventurado en los canales en busca del pelillo, después del loco, la “fiebre del loco” y finalmente de la pesca de la merluza austral comprada por los españoles, como la “merluza española” y servida en la mesa del turismo europeo como “merluza a la vasca”.

Las enfermedades eran incontables. Allí en esas playas no había nada. No había por cierto agua potable, alcantarillado, posta de salud, escuela, etc.

Guillermo Brinck y otros antropólogos de la Academia han reconstruido la historia de Puerto Gala, en Isla Toto, en un hermoso libro hecho con la comunidad. Casi nadie conoce ese lugar perdido. Un caserío en medio de las islas dónde también llegaron los pelilleros, los mariscadores improvisados, los pescadores de la merluza, en fin, los que fueron atraídos por los ciclos de los recursos marinos y expulsados de sus lugares de origen por el hambre.

En esos años Coyhaique, Aysén, y los pequeños pueblos, dormían temprano bajo el toque de queda. Se cuenta que un militar se paseaba todas las mañanas por Puerto Aysén y subía a la torreta de los bomberos desde dónde vigilaba personalmente al pueblo.

Veía a la señora Juanita que iba de compras, supervigilaba al cartero, tomaba notas acerca de los movimientos de cada uno de los habitantes. Durante años ahí, sí que no se movió una mosca sin que se lo consignara en las bitácoras militares. ¿Qué consecuencias tuvo ello? ¿Qué relación con los hechos de hoy?

Esta masiva migración hacia el sur ocurrió a partir de los años ochenta y no se detuvo hasta muy entrado los noventa. Cientos de familias llegaron a Puerto Aysén desde las islas, desde las playas de carpas transparentes. Buscaban una casa más digna, más calientita, con leña, la famosa actual demanda de la leña, dónde calentar los cuerpos.

En algunos de estos puertos improvisados se comenzaron también a construir casas, algunos subsidios, en alguna parte un muelle, en otra una escuelita y la posta.

En Gala es hasta hoy famoso el Padre Ronchi, personaje que fue reproducido en la película “La fiebre del loco”, interpretado por Hugo Medina. Él unió a esa comunidad, la asentó, construyeron casas, en fin, hoy ya es un pueblo constituido.

Fue la segunda gran oleada, recién al final del siglo veinte, de gente que colonizó Aysén, ahora por el mar. Claro está, que ocurrió lo mismo que un siglo antes. El Estado desde Santiago comenzó a rematar las islas para la naciente industria del salmón. Dar concesiones de mar. Los poderosos se interesaron. Llegaron a verlas y ¡otra vez!, estaban llenas de gente. “Ocupantes Ilegales” les volvieron a decir.

La industria salmonera primeramente se instaló en Chiloé; allí los canales tranquilos y de oleajes suaves, permiten instalar las balsas dónde se crían esos peces. Los compradores japoneses los van a transformar, ahora, en “sushimi”. La industria salmonera fue posible también, por la existencia de una enorme masa flotante de mano de obra.

De nuevo gente proveniente de los más diversos lugares del país, fueron instalándose en Dalcahue, Quellón, y las islas de más al sur. Muchos de estos pueblos se han duplicado en pocos años. El crecimiento de la industria salmonera la fue llevando hacia Aysén. Sobretodo con las enfermedades que se produjeron en Chiloé. Aguas igualmente tranquilas y más limpias. Había, además, abundante mano de obra.

Gustavo Blanco de Valdivia ha estudiado en detalle esta migración, la vida en las balsas, los fríos, esas noches en medio del mar, los trabajos de los pescadores transformados en salmoneros, sus idas y venidas a Aysén, a los puertos, en fin la vida que se ha ido construyendo. Vida dura. La existencia de esa masa de gente en esos antiguos puertos de carpas de plástico, ha permitido el florecimiento de la industria.

Los bajos salarios aparecen altos frente a la necesidad existente. La gente conoce el lugar, sabe de mareas, se traslada en botes, son gente recia que puede aguantar la soledad, el trabajo pesado, los avatares de esas vidas. Muchos de los que hoy han protestado provienen de estos procesos humanos que contamos en estas crónicas.

Aysén, el final de los hielos, la antigua Trapananda, se formó recientemente. Es el más nuevo mundo del Nuevo Mundo. Oleadas de personas esforzadas, muchas veces huyendo de la adversidad, dieron forma a esos lugares.

Parralinos, maulinos, mapuches, huilliches, chilotes y gente venida de todas partes forman el mapa humano de Aysén. Son las caras de los 22 del proceso por Ley de Seguridad del Estado. Allí en sus rostros fotografiados se ve la diversidad que hemos querido contar en estas crónicas.

Es por ello que es fácil decir y es verdadero, que en Aysén hay pedazos de todo el país, que nos representa, que es una amalgama de todas nuestras culturas. Les costó tanto llegar, sin duda sufrieron muchos sinsabores, que el espacio del país que construyeron tienen todo el derecho a cuidarlo, protegerlo, quererlo y hacer que sea respetado.

Es el fin por ahora de estas crónicas.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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