Diabluras en Moscú

Confusos incidentes ocurrieron en la capital cuando cierto Voland y comitiva visitó la Unión Soviética, allá por 1929.La testa del literato Berlioz, atropellado por un tranvía, rodó por el pavimento minutos después que un caballero lo pronosticara en los Estanques del Patriarca: “A usted le cortarán la cabeza”. El mismo que esa mañana había desayunado con el filósofo Kant para discutir determinados puntos sobre las pruebas de la existencia de Dios. Un individuo receloso de la planificación: “Sí, el hombre es mortal, pero es sólo la mitad de la tragedia. Lo malo es que, a veces, es repentinamente mortal.En general, no se sabe que hará hoy por la tarde”.

Tenía el ojo izquierdo verde y el derecho negro.

En las calles, afiches con letras rojas anunciaban funciones de magia en el Teatro Variedades.Donde, el día señalado, luego de un prodigioso trío de acrobacia ciclística, el animador Bengalski, luciendo un arrugado frac, advirtió: “Camaradas, a continuación actuará para nosotros el famoso artista extranjero Monsieur Voland y su magia negra que, como sabemos, no existe y no es más que superstición.”

Luciendo antifaz, el ilusionista se presentó en compañía de un espigado ayudante (Fagot), con chaqueta a cuadros y quevedos rotos, y un gato negro que caminaba sobre sus patas traseras. Sin preámbulos, sentándose en un sillón salido de la nada, interrogó a su edecán: ¿los ciudadanos de Moscú han cambiado? Así es Monsieur. Tienes razón. Cambiaron mucho, como la ciudad, con sus autobuses, teléfonos y otros equipos. No obstante, ¿han cambiado en su interior?

Pero, no aburramos, querido Fagot, y muéstranos algo sencillo. Instantáneamente, al chasquido de sus dedos, afloró un montón de cartas; después de barajarlas y formar una cinta con ellas se las lanzó al gato, quien las devolvió con presteza, y el histriónico larguirucho se tragó el naipe entero.

Ovación del respetable.

Seguidamente, Fagot –pistola en mano- contó hasta tres y disparó; desde la altura comenzó a caer una tupida lluvia de billetes. Se alzaron cientos de manos pues los colores y el olor del dinero fresco eran indudables. Algunos buscaban bajo las butacas. Otros, querían alcanzar los caprichosos papelitos parándose en ellas.

Empujones y caídas. El alboroto aumentaba y nadie sabe qué habría sucedido si Fagot no suspende el diluvio con un soplido. Presuroso, Bengalski, estableció con sonora dicción:

“Camaradas, acabamos de ver un caso de hipnosis colectiva. La ciencia nos demuestra que no hay milagros ni brujería. Pedimos al maestro Voland nos explique esta experiencia. Y ustedes verán desaparecer esos volantes tan rápido como vinieron.”

Sus palabras no gustaron al auditorio. Presto, el asistente aclaró: ciudadanos, la pasta es verdadera. Y, a propósito, el showman me tiene podrido arruinando el acto. ¿Qué haremos con él?

-¡Que le arranquen la cabeza! – gritó uno. Muy buena idea respondió Fagot, espetándole al felino: hazlo. Éste saltó sobre Bengalski, se agarró con las patas a su ralo cabello y con dos tirones lo decapitó. La concurrencia chilló horrorizada al ver la sangre tiñendo la pechera y el frac. El gato pasó la cabeza a Fagot quien la exhibió al público; en el ínterin lo interpelaba. ¿Volverás a decir estupideces? No, no, nunca más, gimió la calabaza sanguinolenta.

-Por Dios, no lo hagan sufrir– exclamó una muchacha. Entonces, el mago consultó, ¿ciudadanos lo perdonamos? Sí, exclamaron todos.

Ante la conmoción, Voland acotó pensativo: qué le vamos a hacer, son personas como todas, aman el dinero; siempre ha sido así. La humanidad adora el dinero en cualquiera de sus formas. En fin, frívolos, gente corriente. Y ordenó: póngale la cabeza.

El gato la asentó impecablemente en su lugar, mientras Fagot, ayudando al acoquinado Bengalski, lo despedía poniendo unos cuantos rublos en sus bolsillos. Y ahora, estimados amigos: abriremos una tienda para damas.

Ante el asombro colectivo, surgieron sobre una alfombra persa, espejos y vitrinas surtidas con vestidos parisinos de diferente colorido y modelos. También había sombreros y zapatos de múltiples facturas, perfumes, carteras de cuero, estuches de oro. Y hasta una joven dependienta pelirroja.

Fagot informó que, gratuitamente, la firma cambiaría vestidos y zapatos viejos por las novedades parisinas. Ídem las carteras y demás cosas.Los espectadores observaban dudosos, hasta que una morena subió al escenario. Minutos después lucía una maravillosa tenida. Ahí ardió Troya, en tropel las mujeres treparon al proscenio.Se oyó una voz masculina: “No te lo permito”. Y una femenina: “¡Déspota, pequeño burgués. Suéltame!”

Las damas desaparecían tras una cortina, y regresaban con trajes nuevos, batas de baño, quimonos y sombreros ladeados. Al anuncio del cierre de la tienda en un minuto más, las señoras tomaban lo que hubiera sin probárselo. Un disparo, y todo se esfumó quedando el escenario vacío.
Arcadi Apolónovich Sempleyárov, presidente de la Comisión de Acústica Teatral, intentó opacar el brillante espectáculo exigiendo “revelaciones” acerca de los trucos, pero fue reducido por el bufón con una sorprendente pregunta: ¿Dónde estaba usted anoche?

En la Comisión, se anticipó a contestar su esposa. Oui, madame –dijo Fagot- aunque ayer, como no había reunión, Arcadi Apolónovich hizo una visita de cuatro horas a la actriz Andréyevna:

“¡He aquí, honorables ciudadanos, uno de los casos de revelación que reclama este impostor!”

El teatro enmudeció. Pronto, el escándalo transformaría al coliseo en una nueva torre de Babel.Fagot y el gato se escurrieron, como antes hiciera el mago con su misterioso escaño.

Variedades fue clausurado indefinidamente.

Durante esas inverosímiles jornadas se vio a doncellas desnudas viajando en escobas voladoras; hubo una chocante batahola en el mercado Smolensk; enigmáticos incendios en la avenida Sadovaia 302 y en la Sociedad de Escritores. Y sospechosamente cercana la presencia de un tipo alto de chaqueta a cuadros y otro regordete con aire gatuno …

Para más antecedentes, favor consultar en El profesor y Margarita de Mijail Bulgákov, espléndido fabulador de estos prodigiosos lances.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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