El nudo de los adultos-niños

A un liceo de La Unión, Región de Los Ríos, arriban las nuevas directrices educacionales para impartir educación sexual, feminismo, nueva masculinidad, roles de género, identidad sexual y combatir el matonaje escolar.

Profesores de distintas generaciones asumen el desafío, en medio de sus precariedades profesionales, personales y sentimentales. Niñas y un grupo de maestras del sistema antiguo, abusadas en la década de los '50, anhelan recibir la nueva doctrina liberadora, de parte de la joven profesora a cargo del taller de feminismo. Por otro lado, corre en paralelo la cátedra de nueva masculinidad, a cargo de un profesor de Educación Física, muy alineado con el vigente discurso de re educación de los hombres. Dirige la orquesta una directora negligente, siempre al borde de un colapso nervioso.

La dirección de Aliocha de la Sotta, sobre el texto de los dramaturgos Isidora Stevenson y Bosco Cayo, nos instala -gracias a las meritorias actuaciones de Bosco Cayo, Paulina Giglio, Cecilia Herrera, Jaime Leiva y Mónica Ríos- en el patio de un liceo del sur, con ese locker de metal derruido, el aro de basquetbol del gimnasio, salas de profesores, baños, oficinas y el famoso quiosco, desde donde se vigila cada tramado de las relaciones humanas del establecimiento.

La indolencia de la directora, sumamente dubitativa y estresada, delega enorme influencia en la profesora feminista, militante experta en temas de género, la cual otorga a las niñas las bases del nuevo empoderamiento, mientras mira de reojo al colega de Educación Física, quien hiperventila como el más feminista de todos.

Es una comedia, bien ensamblada, actuada y narrada. Nos muestra el caos actual de las comunidades escolares, donde padres, madres, profesores, quiosqueros, antiguas maestras y "alumnes" sobreviven a duras penas a la montaña rusa de la demolición de los arquetipos del siglo XX, al ritmo del maldito trap.

El Nudo, deja en evidencia lo que vivimos hace décadas, en esta era de Pax Augusta inaugurada en 1989. Se trata de la tragedia previa a enseñar cualquier contenido. Hablamos de la crisis del lenguaje, la cual ha consolidado la infantilización entre padres e hijos. Si tenemos mayores problemas hoy para una docencia emocional y valórica en niños, hogares, escuelas y ciudades, es porque enfrentamos un problema de lenguaje, incapaz éste, ahora, de conformar el mito fundacional en cada familia. El mito, ordena el lugar de cada ser humano en el orden de la creación.

Los adultos infantilizados de hoy no desean usar léxico de capitán de navío y anhelan un bajel administrado por asambleas. Por otro lado, entre los cero y los cinco años, los niños están construyendo su lenguaje, a punta de pantallas que atrofian sus capacidades de empatizar con el entorno familiar y menos con un prójimo.

Si no hay una sana construcción del lenguaje en los periodos críticos, de los cuales hablan los especialistas, todo en adelante será un descalabro. La capitanía titubeará frente a cada rumbo, mientras los marinos, ensimismados en sus narcisismos, se sentirán ajenos a sus deberes. A una embarcación incapaz de tener la cubierta limpia (el lenguaje), no se le puede pedir luego sortear tempestades o incursiones al borde de la costa.

Los hogares de la Pax Augusta perdieron el comedor hace décadas, lugar donde se transmitía una tradición oral, sobre mil materias, siendo la certidumbre el plato más trascendental para el niño.

Lo hijos no necesitan incertidumbre, o amigos que los críen, requieren padres y madres, no tribuneros. Necesitan autoridades benéficas con seriedad de propósitos y no demagogos, administrando el crecimiento en base al camino fácil. Es camino corto la pobreza verbal, rendida de antemano a la pantallización, pues atrofia la formación de las redes neuronales. Los niños necesitan certezas y no ambigüedades.

Un hogar sin lenguaje no logra la sana distancia generacional entre padres en hijos. Se conforma, por el contrario, una relación de permanente negociación de poder horizontal, donde los marinos ven cómo la capitanía titubea como cadete.

He ahí luego, el descalabro con el cual conviven cada semana los profesores. Éstos deben entregar materias profundas a hogares donde se vive en estado de barbarie la mayoría de las veces, con niños ojerosos anclados a las consolas, sin horarios ni responsabilidades.

Ese fracaso hogareño, dará paso a adultos corriendo en círculos. Los maestros deben hacerse cargo de hordas de muchachos bosquimanos, atentos al animal débil o herido. Alumnos carne de cañón para cualquier adoctrinamiento o política educacional fanática, al punto de ir consolidando con los años, frustraciones y anti valores para amotinarse.

Recuerdo cómo los gurúes de la New Age hablaban de niños índigos, cristal o diamante, cuya misión holística sería salvar a la humanidad. Falso, los adultos infantilizados legaron un mundo Ray Bradbury, donde los púberes son capaces de armar barricadas, quemar museos, ver porno, aplaudir el rociado de bencina a una maestra y no solidarizar con las medidas de una pandemia.

Padres-madres-profesores, en una ronda de adultos con precario lenguaje, en eterna adolescencia, deben, más encima, educarlos en sexualidad, roles y género, con las consecuencias observadas en la obra.

Los chicos ojerosos y sin misericordia se rebelan cual inteligencia artificial tipo Skynet, para proceder a carbonizar lo que se les cruce. Incluso, la profesora del taller feminista talibán, huye despavorida gritando: "¡¡Mejor quemarlo todo!!"

El camino largo y difícil es el del lenguaje. La molotov es siempre destrucción y no creación. Sin lenguaje no hay empatía, sin el otro no hay diálogo, sin diálogo de autoridad benéfica, no es posible la educación como dicta la paideia griega. Una sociedad sin humanidades, es una caterva presta al consumo, los adoctrinamientos, la personalización en masa de tipo narcisista y la violencia gratuita.

¿Cómo desatar el nudo del patriarcado-matriarcado, si antes no tenemos lenguaje ni paideia? Chesterton recordaba cómo Camille Desmoulins, secretario de Danton, era elegante afable, tierno y bondadoso, pero estaba dispuesto a "abrazar la libertad sobre un montón de cadáveres".

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