Muerte en el Sename

        

Se murió la Lisette de 11 años y se convirtió en “una investigación por muerte de niña en el Sename” junto a una retahíla de culpas, dolores y explicaciones.

Como se informó públicamente, su vida transcurrió entre “tratamientos de reparación (…) y protección de sus derechos (…) por abuso sexual familiar desde los cinco años”.

Parece que “siempre pedía salir”, e irse con su madre, pero no podía por la indicación judicial.

Ella, la madre, declaró “que siempre estaba dopada”, y reconoció “que un tiempo la tuvo muy solita”, pero que ahora sí la iba a visitar frecuentemente.

Qué rabia, ira e impotencia. Qué pena. Se murió en una “casa de protección” y no vivió más que once años, quizás con más penas que alegrías.

Será enterrada con sus sueños y esperanzas en un hermoso ataúd cubierto de flores, un peluche blanco y una foto de ella, con una sonrisa anhelante sólo de cariño y  misericordia.

Y lo más probable, es que nadie le pida perdón por no haber resguardado al máximo, su pleno derecho a la felicidad y a la vida.

Pero, no es un problema de culpas de algunas personas. Es un  problema de justicia social, de  marginación, de pobreza, de brechas de oportunidades, desigualdades, riesgos y vulnerabilidades biológicas, psicológicas y culturales.

La noticia debiera provocar una conmoción y un cambio definitivo en el abordaje de estos niños, niñas y adolescentes.

Por algo han aumentado los intentos de suicidios en estas organizaciones de acogida.

Quizás ese fue el sentido final de su muerte.

Debiera haber una “Ley Lisette”, para tratar de evitar que una niña se muera en estas condiciones.

Ella nos mira sonriendo desde el misterio infinito, recordándonos que “todos somos responsables de todos, ante todos, pero el primer responsable sigo siendo yo”.

Nos dice, “tú eres el guardián de mi hermano y de mi hermana”.

Siempre los más débiles y sufrientes están antes que nosotros.

Nosotros, la sociedad, el Estado, el gobierno, éramos los guardianes amorosos de “la niña Lisette”.

Desde el abismo, sólo resuenan hoy dos preguntas terribles:

¿Qué hicimos para evitar su muerte? Cada uno lo sabe.

¿Dónde estaba Dios cuando murió una de sus hijas favoritas?

Estaba en cada uno de nosotros y nos hablaba en un silencio aterrador que no escuchamos.

Un adiós para Lisette, la niña espectro con el rostro del Cristo sufriente.

Que no vivamos  una época de “indigencia del pensar” y “de ceguera (¿o miseria?) moral”.

Que su muerte no sea en vano.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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