Para que nunca más en Chile

He vuelto a recordar. En mi memoria siempre estuvo presente, pero parecía olvidar a ratos. En la postrimería de la Dictadura de Pinochet, recuerdo haber tomado un tarro de leche y una cuchara de palo, y salir a la puerta de la casa junto a mi vieja, quien con una olla en mano, la golpeaba con un cucharón. Era 1987. Algo parecía acabar. El sonido de tantas ollas, así como otros tantos tarros, no pedía más que justicia y paz. Sí, justicia y paz.

No estábamos solos. Eran millones de ollas y tarros sonando. Recordé, tengo memoria, pero no es sólo la individual acerca de ese episodio. Es una memoria social sobre la violación sistemática de los derechos humanos.

¿Cómo olvidar? Imposible cuando conocemos, en primera persona, los escabrosos detalles del caso de Bernardo Lejderman y María del Rosario Ávalos, padres de Fernando Lejderman, quien, tras el asesinato de estos es apartado de la verdad, recibiendo una respuesta judicial irrisoria, con desentendimientos y silencios que duran hasta el día de hoy.

¿Será que Juan Emilio Cheyre, ex Comandante en Jefe del Ejército, y teniente del Regimiento “Arica” para ese entonces,  no es capaz de recordar en suficiencia?

Qué valor y dignidad la de Fernando Lejderman al decirle, en su cara, a cara y manos limpias, en un programa de TV hace algunos días, “lo invito a que rompa los pactos de silencio y cuente donde están los cuerpos de los detenidos desaparecidos, qué pasó con mi papá y mi mamá. Lo invitó a que le dé contenido a sus palabras”.

Por este caso, como miles de otros, fortalecemos con mayor profundidad y sentimiento, aquello que Maurice Halbwachs indica como la “continuidad que no tiene nada de artificial, puesto que retiene del pasado lo que aún está vivo o es capaz de vivir en la conciencia del grupo que la mantiene”, al referirse a la Memoria Social.

Es decir, no olvidamos nada de lo que entendemos vivo, de aquello que aún sentimos presente, por medio de la impunidad e incapacidad institucional para responder, no sólo a las víctimas, sino a un país completo que merece reencontrarse en la verdad, sin dobleces ni historias ásperas y artificiales.

La televisión chilena nos ha querido nutrir, en el formato periodístico, desde lo artístico hasta lo artificial, de imágenes, recreaciones y recuentos. No basta eso para hacer de la Memoria Social un asunto de trascendental importancia.

Lo sucedido está en la retina, está en el dolor de sus víctimas, de familiares y amigos. Su constante repetición no nos hace justicia, aunque sí contribuye a que el olvido no nos inmovilice.

Relevar la Memoria Social es generar vínculos, aquellos que permitan que el recuerdo se transmita a otros, aun cuando no hayan vivido los paisajes de la historia reciente. Surge de manera espontánea, en el dialogo afectuoso y sincero de una madre a su hijo, de compañeros, y también camaradas, al narrar temores, amores, pasiones, derrotas, fracasos y muertes.

La Memoria Social va construyendo nuestra Memoria Política, sin necesidad de acuerdos explícitos, de consensos en los pasillos del poder, sin arreglos. Lo único necesario, para que definamos con certeza el futuro, con la convicción de que estos hechos no pueden volver a repetirse, es hacer justicia, justicia efectiva con sanciones ejemplares, más no el ocultamiento de información, incluso del paradero donde fueron depositados los cuerpos.

Chile, como sociedad pos-dictadura, a 40 años del Golpe de Estado, no fue capaz, fracasando en el diseño de su democracia, sin conciliar su fortalecimiento y calidad, con la elemental tarea de a la luz del Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación (Informe Rettig), proceder a esclarecer judicialmente, de manera cabal, cada uno de los casos, determinar la condición de cada víctima y reparar el daño causado, más allá de subsidios y transferencias.

¿Qué hicimos mal? También, la necesidad urgente, antes y ahora, de construir colectivamente la Memoria Social, sin miedo a la gente, del valor de su experiencia, de su dialogo sólido en favor de la libertad, así como la preservación inclaudicable de los derechos humanos, pues la Memoria Social es parte fundamental de la cohesión social de una nación.

Sí, he vuelto a recordar. Esa noche de 1987 no fue cualquiera, ese caceroleo tenía una explicación. Días atrás la CNI desplegó lo que conocimos como “Operación Albania”, materializando la “Masacre de Corpus Christi”.

Hoy también, con mayor razón, volvería a sacar el tarro de leche y una cuchara de palo, para golpear con más ganas por verdad, la que tú y yo sabemos pero que ellos ocultan, por justicia, por reparación, y para que las y los que vienen jamás olviden.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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