La crisis del empleo no cabe en una sola cifra

La crisis del empleo en Chile ha vuelto a instalarse en el centro del debate público. En medio de las discusiones sobre el mercado laboral durante el gobierno de José Antonio Kast, las cifras de desempleo se han convertido en un terreno de disputa política. Sin embargo, detrás de los titulares y las interpretaciones apresuradas, existe una pregunta fundamental: ¿Qué tan profunda es realmente la crisis del empleo en Chile y cuánto de ella permanece invisibilizada por los indicadores tradicionales?

Las últimas cifras son preocupantes. El desempleo alcanzó 9,8% y se perdieron más de 102 mil puestos de trabajo en un año. El último Informe Mensual de Calidad del Empleo (IMCE) de Fundación SOL revela que más de un millón de personas se encuentran desocupadas y cerca de 2,7 millones presentan problemas de desempleo total, parcial o potencial. A ello se suma el subempleo profesional: más de 1,2 millones de personas con educación superior completa trabajan en ocupaciones que no requieren su nivel de calificación.

Estas cifras nos obligan a mirar más allá de la tasa de desempleo abierta. La crisis del empleo no afecta solamente a quienes buscan trabajo y no lo encuentran. También se expresa en quienes trabajan menos horas de las que necesitan, en quienes abandonaron la búsqueda de empleo por desaliento y en quienes deben aceptar ocupaciones por debajo de sus calificaciones.

Desde hace más de una década, Fundación SOL desarrolla el IMCE para ampliar la comprensión de estas realidades. A través de indicadores alternativos, como la Tasa de Desempleo Integral, el informe permite dimensionar formas de subutilización de la fuerza de trabajo que la tasa convencional de desempleo no alcanza a representar. Una persona puede ser considerada ocupada por haber trabajado apenas una hora durante la semana de referencia, mientras que otra puede dejar de ser contabilizada como desocupada cuando abandona la búsqueda de empleo por desaliento. En ambos casos, las estadísticas convencionales pueden mostrar una mejoría sin que necesariamente mejoren las condiciones materiales de vida.

Los indicadores alternativos no buscan reemplazar las estadísticas oficiales, sino complementarlas y profundizar en dimensiones fundamentales para comprender la realidad laboral. Su importancia radica en mostrar que la insuficiencia de empleos no es un fenómeno exclusivamente coyuntural, sino una característica persistente del mercado laboral chileno que atraviesa distintos gobiernos y ciclos económicos.

El subempleo profesional es especialmente ilustrativo. Que más de 1,2 millones de personas con educación superior completa trabajen en ocupaciones que no requieren sus calificaciones evidencia una contradicción entre la expansión educativa y la capacidad de absorción de la estructura productiva. No estamos solamente frente a un problema de formación individual, sino ante una economía que no genera suficientes oportunidades para aprovechar las capacidades que la propia sociedad ha desarrollado.

Profundizar en indicadores alternativos no es un ejercicio meramente estadístico, sino una condición necesaria para construir políticas públicas capaces de responder a la magnitud de la crisis. Si únicamente medimos cuántas personas están desocupadas, las respuestas tenderán a concentrarse en aumentar la cantidad de puestos de trabajo. Pero si incorporamos el subempleo, la informalidad, la insuficiencia de horas y la calidad de las ocupaciones, el diagnóstico cambia y también deben cambiar las políticas.

En este contexto, la meta del Gobierno de generar 100 mil empleos resulta limitada frente a una realidad en la que cerca de 2,7 millones de personas presentan distintas formas de desempleo o inserción laboral insuficiente. Incluso si se alcanzara esa cifra, seguiría pendiente una pregunta fundamental: ¿Qué tipo de empleos se están creando y en qué medida contribuyen a superar los problemas estructurales del mercado laboral?

En tiempos de posverdad y debates públicos reducidos a titulares, resulta especialmente importante evitar que una cifra aislada reemplace la comprensión de un fenómeno social complejo. El problema no es solamente cómo interpretamos los datos, sino también qué realidades decidimos medir y cuáles permanecen fuera de nuestras discusiones.

La crisis del empleo en Chile no cabe en una sola cifra porque tampoco se reduce a la falta de puestos de trabajo. Profundizar en indicadores alternativos es indispensable para hacer visible su dimensión estructural y construir políticas públicas que no se limiten a administrar el desempleo, sino que permitan enfrentar las condiciones que lo producen.