The Chilean Way, non-producer mining companies

Será posible algún día seguir reconociendo a Chile como líder en industria minera, pero no solo por ser productor de materias primas. Me gustaría pensar que sí. Dentro de los casos emblemáticos tenemos a Finlandia, Japón o EE.UU., que siendo productores de cobre aprovecharon esos recursos para lograr la industrialización y mejorar notablemente la economía y calidad de vida. Pero eso requiere que cambiemos nuestra visión de la industria. Dudo que estos tres países se veían a sí mismos como productores de materias primas únicamente.

Claramente para lograrlo no se utilizaron medidas proteccionistas ni creando una industria de cero. Es como si Chile hoy decidiese construir automóviles, no funcionaría. Lo lograron con una estrategia que apuntó a la industrialización. Reconociendo el estado del arte del mercado global, sus requerimientos y abriendo las puertas para que exista un ambiente competitivo. Algo de eso comenzamos a construir hace décadas.

Y ese es precisamente el punto. Si bien Chile es reconocido a nivel mundial por su minería, es hora de reconocer que nuestra industria minera no está únicamente compuesta por quienes extraen minerales. Las compañías no mineras (non-producers) también hemos impulsado este desarrollo.

Hoy estas empresas no-productoras están compuestas por quienes diseñan, construyen, mantienen, automatizan, transportan, innovan y hacen posible que esas operaciones funcionen. Y aquí aparece una pregunta urgente: ¿Cuál es nuestra estrategia para convertir todo ese conocimiento en una nueva industria exportadora?

Las ventajas son varias. Entre ellas destaquemos que la capacidad de generar conocimiento y tecnología es exportable e ilimitada. Los minerales se acaban.... y eventualmente eso tendrá que ocurrir. Pero la fortaleza y madurez de nuestro ecosistema minero es reconocido y deseado por muchos países en el mundo, pues contamos con empresas proveedoras, profesionales, gremios y compañías que conocen muy bien el proceso minero y las tecnologías. Por lo mismo mi llamado es que en nuestra estrategia tengamos foco en convertir la experiencia de la minería chilena en servicios y tecnologías exportables.

Durante 2025, la minería representó el 60,5% de las exportaciones chilenas de bienes, según la Subsecretaría de Relaciones Económicas Internacionales. El cobre, por sí solo, concentró el 53,1%. Son cifras extraordinarias. Pero también reflejan nuestra dependencia.

Y este 2026 nos entrega otra señal. Cochilco proyecta una producción nacional de cobre de 4,94 millones de toneladas, una caída de 8,4% respecto del año anterior, mientras estima un precio promedio de US$6,18 por libra. El mundo está dispuesto a pagar más por nuestro cobre, pero Chile está produciendo menos.

Por supuesto que necesitamos destrabar proyectos, recuperar producción y atraer nuevas inversiones. Pero también debemos preguntarnos qué estamos haciendo para transformar nuestra experiencia minera en una fuente de crecimiento que no dependa exclusivamente de cuántas toneladas logramos extraer.

Porque los minerales son recursos finitos, pensemos en generar conocimiento, que puede multiplicarse. Y esa es precisamente una ventaja enorme que tenemos hoy: nuestra forma de hacer minería.

Contamos con empresas capaces de desarrollar ingeniería, tecnología, soluciones ambientales, mantenimiento especializado, automatización, gestión de activos y servicios que otros países necesitan. Conocemos las exigencias de operar en altura, en el desierto, con restricciones hídricas y bajo altos estándares de seguridad.

Vamos al punto, qué actividades requerimos fomentar para desarrollar esas compañías: Primero, una estrategia de internacionalización de compañías mineras no productoras. Intercambio comercial y visibilización. Esto las empresas privadas lo hacemos, pero hay mucho que se hace de manera solitaria o asociado a algún gremio. Una estrategia clara.

Segundo, construir alianzas con los ecosistemas mineros de la región. Aprovechemos el conocimiento para hacer partnerships con países como Argentina, Perú y Ecuador, cada uno con sus propias características y distintos niveles de desarrollo. Con foco en complementar capacidades, compartir experiencia y desarrollar soluciones conjuntas. No es ir a vender servicios sino aprovechar las ventajas comparativas de cada uno, construyendo una plataforma latinoamericana a largo plazo.

Tercero, aprovechar lo que Chile ya ha construido. Tenemos una Política Nacional Minera 2050, una experiencia relevante de colaboración público-privada y décadas de aprendizaje operacional. Ese conocimiento puede servir como referencia para otros países, adaptándolo a sus propias realidades. No necesitamos comenzar de cero cada vez.

Y agregaría un cuarto desafío: atraer inversión hacia las empresas que hacen posible la minería. Centros tecnológicos, talleres especializados, manufactura, ingeniería, laboratorios, servicios avanzados y desarrollo de soluciones digitales. Esa inversión también genera empleo, capacidades y crecimiento. Y esa inversión también es minera.

La buena noticia es que ya existen empresas chilenas recorriendo ese camino. Lo que falta es reconocerlas como parte de una estrategia de desarrollo país y darles la visibilidad que merecen.

Para lograrlo necesitamos líderes en minería que crean que la próxima gran inversión minera podría no ser una mina. Podría ser una empresa chilena vendiendo tecnología al mundo. Aprovechemos el camino andado. Es hora de conseguir que esa minería nos permita construir un país desarrollado.