Me cuesta entender

Reconozco que me cuesta mucho entender, y por eso mismo es que se me hace difícil aceptar que un Presidente declare campante que asume toda la responsabilidad política y que, después de decirlo, considere que ya cumplió. Es evidente que asumir una responsabilidad supone luego hacer algo, ejecutar una acción que resulte coherente con la simple declaración. Supone también explicar exactamente qué ocurrió, identificar nítidamente dónde estuvo el error, corregir lo que se pueda corregir y aceptar alguna consecuencia. De lo contrario, es súper fácil: cualquiera puede ponerse delante de un micrófono, declararse responsable y seguir haciendo lo mismo. Me gustaría saber qué significa esa frase para el Presidente Kast. ¿Qué cambia después de pronunciarla? ¿Quién responde? ¿Qué decisión concreta permite reconocer que alguien se hizo cargo?

La rebaja de condenas a personas sentenciadas por delitos sexuales contra menores merece una respuesta de ese orden. Por supuesto, la discusión jurídica sobre normas, interpretaciones y los fallos que corresponde esclarecer, no se pretenden dilucidar en una opinión como la mía. Pero un ministro tiene que comprender también las consecuencias políticas y humanas de las decisiones de su cartera. Para eso ocupa ese cargo. El propio Presidente reconoció un error y decidió mantener a Fernando Rabat al frente del ministerio, encargado de corregirlo. Entiendo la explicación; lo que no comparto es que corregir y responder por lo ocurrido se presenten como caminos entre los cuales hubiera que elegir. Se pueden hacer ambas cosas.

Yo creo que Rabat debió renunciar o que el Presidente debió pedirle la renuncia, lo que por cierto, no sanciona una culpabilidad penal ni reemplaza una investigación. Esa acción sólo cumpliría con satisfacer un juicio político sobre su conducción política. Tampoco significaría que con su salida quede todo resuelto: tendrían que continuar la revisión de los procedimientos, las explicaciones a las víctimas y los cambios que correspondan dentro de la ley.

La salida del subsecretario Luis Silva, después de la controversia por la extravagante emisión de su video, deja una sensación muy mala. Mala por instalar esa salida como la solución al conflicto y mala porque desnuda el nivel de improvisación, de liviandad y desmesura de un importante personero público evidentemente mal elegido para el cargo, ya no sólo por la falta de experiencia sino por el descriterio. Pero el problema de fondo sigue ahí. Me cuesta entender que se pueda remover a un subsecretario en medio de esta crisis y presentar la permanencia del ministro como una condición para resolverla. La responsabilidad de conducir la cartera está precisamente en el ministro.

Además, aquí hay dos asuntos que se acumulan: la decisión que originó el problema y la manera de enfrentarlo. El segundo agrava al primero. La aprobación presidencial cayó al 26% en la medición de Cadem del 1 de noviembre, con siete puntos de retroceso desde el inicio del caso. Yo, al menos, no creo que se tenga que gobernar obedeciendo cada encuesta, pero tampoco corresponde tratar el rechazo ciudadano como una molestia que se supera repitiendo la misma explicación. Esa insistencia parece porfía y la ciudadanía lo percibe. El Presidente intenta poner su autoridad desvencijada detrás de una decisión que lo sigue desgastándolo y después necesita dedicar más tiempo a defenderla. Y por mientras, hay que seguir gobernando.

En ese contexto, su viaje a Europa me produce otra incomodidad. Las relaciones internacionales son parte de su trabajo y tienen valor para Chile. Lo que cuestiono es la señal política de algunas de sus prioridades. Su encuentro con Santiago Abascal, el líder de Vox, confirma una cercanía que viene de antes y que ambos reconocen. No me debería extrañar. Si Kast hiciera política en España, me resulta fácil imaginarlo en ese sector. Veo afinidad en el conservadurismo religioso, en la idea de autoridad y en una forma de entender la familia y la nación que pretende convertirse en regla para todos.

Me preocupa esa nostálgica insistencia por soñar una sociedad donde cada cual tenía un lugar asignado, la autoridad se discutía poco y la Iglesia Católica intervenía en cómo debían vivir las personas. El supuesto orden de ese mundo tenía costos que sus melancólicas huestes suelen pasar por alto. Por eso considero legítimo preguntarse cuánto de esa mirada aparece cuando Kast representa a Chile. Sus convicciones son conocidas, pero su responsabilidad presidencial abarca también a quienes no las compartimos.

Las reuniones con Giorgia Meloni, como primera ministra italiana, y con el papa tienen una dimensión institucional que puedo reconocer. El regalo de una Virgen del Carmen puede entenderse dentro de una tradición diplomática y patrimonial. Mi reparo surge al mirar el conjunto de los gestos. Espero que el Presidente tenga conciencia de que representa a una sociedad plural, con católicos en disminución, creyentes de otras religiones, agnósticos y ateos. La fe del mandatario merece respeto. La libertad de conciencia de todos los demás también debe verse representada en la conducta del Estado.

Además, una vez más, aquí hay un tema de señales. Más allá de sus preferencias políticas, estuvo bien anticiparse a reconocer el triunfo de Lula en Brasil, pero ahora retrocede al mostrar la imagen más conservadora de un presidente que se supone nos debería representar a todos.

Pero pareciera que no está todo perdido. En el plano internacional, que afecta mucho más de lo que creemos el ámbito nacional, recibo como buenas señales la reelección de Lula sobre todo pensando en el personaje que tenía al frente y los resultados que entregan a los demócratas el control de ambas cámaras del Congreso estadounidense, pensando en el personaje que se ve derrotado. No porque crea que Lula sea un gobernante perfecto ni que los demócratas vayan a reparar todos los problemas de Estados Unidos. Me parece saludable que existan límites, alternancia y capacidad ciudadana para frenar a quienes gobiernan. Que las instituciones, en este caso las elecciones democráticas, por sobre el matonaje verborreico y conspiranoico, logren establecer frenos a los populismos esquizofrénicos y reestablezcan aunque sea tímidamente la esperanza de consolidar el estado de derecho. El estilo de Milei, su agresividad y su manera de llevar las diferencias políticas al enfrentamiento personal me preocupan por la misma razón. No necesito atribuirle un diagnóstico médico para cuestionar su conducta. Pero al ver la televisión trasandina y leer las editoriales de prensa de Buenos Aires advierto el peligroso aislamiento que va produciendo el gobernante con la ciudadanía. Los paralelismos resultan evidentes. Trump señala que si su nombre hubiera estado en las papeletas de los midterms los republicanos hubieran arrasado, vaya forma de reconocer la derrota; Kast con cara de niño taimado emplaza a la oposición a que mañana mismo ingresen la acusación constitucional; y Milei, bueno, qué más se puede decir de Milei.

Pero ojo. Tampoco creo que criticar el neoliberalismo populista mezclado con el conservadurismo ultramontano obligue a recuperar las viejas añoranzas del comunismo. Cuando escucho a propósito de la crisis cubana que alguien estará siempre junto a su pueblo, pienso que yo también quiero estar de su lado. Pero aquello incluye defender su derecho a elegir a sus autoridades, disentir y vivir sin miedo. La solidaridad con los cubanos exige al mismo tiempo poder criticar a su gobierno y reconocer la responsabilidad de su sistema político y económico en las condiciones de vida de la población. No acepto que esa crítica quede prohibida por una lealtad ideológica.

Lo que uno desearía es bastante concreto: democracia con participación ciudadana efectiva, información y libertades; poderes del Estado que se controlen entre sí; crecimiento económico que produzca bienestar; instituciones que puedan actuar sin recibir instrucciones de grupos económicos, iglesias o partidos desde fuera de los procedimientos públicos. Y autoridades capaces de reconocer que el cargo les impone obligaciones que van más allá de sus convicciones y amistades.

Por eso vuelvo a lo que ocurre en Chile. Cuando el Presidente dice que asume la responsabilidad política, espero reconocerla en sus decisiones. La permanencia de Rabat me hace pensar que le preocupa más el costo de retirar su respaldo que las razones para hacerlo. Y ese ensimismamiento del poder termina alejándolo de algo que los ciudadanos entendemos sin tanta explicación: cuando se reconoce un error de esta gravedad, corresponde corregirlo y aceptar las consecuencias. Aquí hay víctimas que merecen respuestas y un país con demasiados problemas pendientes como para seguir atrapado en la defensa de un ministro. Pedirle la renuncia sería una decisión que el Presidente tendría que asumir y explicar. Hasta ahora, ha preferido pedirnos que aceptemos su respaldo como respuesta suficiente. Y no lo es.