Llamemos las cosas por su nombre. Lo que hoy se intenta aprobar no es una política de reactivación económica. Es una rebaja de impuestos para los grupos económicos más poderosos del país. Y se está presentando con otro nombre para hacerla políticamente digerible. No es un error. Es una decisión.
Porque aquí no se está hablando del pequeño emprendimiento ni del comercio de barrio. Se está hablando de ese 1% de empresas que concentra la mayor parte de las ventas y una influencia decisiva en la economía nacional. Y es precisamente a ese 1% al que se le quiere aliviar la carga tributaria.
Reducir el impuesto de primera categoría del 27% al 23% implica cerca de 2.000 millones de dólares menos para el Estado. Si a eso se suma la integración total del sistema tributario, la cifra supera los 2.800 millones. ¿De dónde va a salir ese dinero que el Estado deja de recibir? La respuesta es simple: de ninguna parte. No va a estar.
Y cuando no está, se nota. Se nota en hospitales que siguen esperando, en barrios sin seguridad suficiente, en familias que no llegan a fin de mes, en pensiones que no alcanzan. Se nota en la vida cotidiana de millones de personas. Pero mientras a la mayoría se le pide paciencia, a los más poderosos se les ofrece alivio. Ese es el punto. Paciencia para el ciudadano común. Urgencia para los grandes grupos económicos.
Ese doble estándar no es técnico. Es político.
Hace poco tiempo se rechazó una reforma que buscaba que quienes más tienen aportaran más para financiar derechos sociales. Hoy se propone exactamente lo contrario: reducir su contribución. No es coherencia. Es una señal clara de hacia dónde se inclina la balanza. Y la pregunta de fondo sigue intacta: ¿Para quién crece Chile?
Porque crecer no es un fin en sí mismo. Si el crecimiento no mejora la vida de la mayoría, entonces no es desarrollo: es concentración con otro nombre. Se puede defender el crecimiento. Lo que no se puede defender es que ese crecimiento se construya debilitando al Estado y profundizando las desigualdades. Chile no necesita más privilegios. Necesita reglas claras: que quienes más tienen, más contribuyan. No menos. Lo contrario no es neutral. Es tomar partido.
Y hoy, con esta reforma, se está tomando partido por los de siempre. La historia ha sido clara en esto: cada vez que se ha intentado sostener un modelo sobre privilegios, el resultado ha sido el mismo, desgaste, desconfianza y fractura social.
Persistir en ese camino no es modernización. Es retroceso. Porque al final, lo que está en juego no es solo una tasa de impuestos. Es algo más simple y más profundo: si Chile se gobierna para la mayoría o para una minoría. Y esa, más temprano que tarde, siempre termina siendo una decisión que el país entero paga.