Tuerto y miope: ¿Cómo mejorar el funcionamiento del Banco Central?

El Banco Central es una institución de relevancia en nuestra economía pequeña y abierta, aunque lo es también para las grandes economías, tal como se observa en Estados Unidos o en la Comunidad Europea. Actualmente, en la primera, el nuevo presidente de la FED orienta su política monetaria con un fuerte énfasis en la estabilidad de precios, mayor discrecionalidad para actuar y un menor compromiso con orientar al mercado sobre sus próximos movimientos.

En el caso del BCE, mantiene el estilo de comunicación y el rol que asume en la orientación futura de la política monetaria, lo que queda patente en su preocupación por los riesgos externos: energía, cadenas de suministro y geopolítica, además de vigilar posibles efectos de segunda vuelta sobre los salarios. No obstante este continuismo, el BCE avanza rápidamente en cambios en la infraestructura del dinero y del sistema de pagos, lo que podría estar redefiniendo el papel del dinero en la era digital, algo que no tiene un equivalente en la FED de Warsh.

En el caso de las economías vecinas, el funcionamiento del Banco Central de Perú ha dado estabilidad monetaria a la rotativa presidencial y al funcionamiento del parlamento, y hoy avanza en un cambio conceptual profundo, porque dejaría de ser únicamente el responsable de la estabilidad monetaria y asumiría, también, como regulador de la nueva infraestructura nacional de pagos. En este modelo, al estilo UPI de India, se crearía un nuevo mercado donde la estructura es del Banco Central y el sector privado desarrolla agentes competitivos de medios de pago, tendientes a la reducción de costos de acceso y al aumento de la cobertura.

En Argentina, a pesar de que en la última campaña presidencial Milei prometía su cierre, hoy ha propuesto para el nuevo tipo de Banco Central un mandato primordial de estabilidad de precios y elevada independencia del poder político. Así las cosas, estos cuatro bancos centrales poseen desafíos y agendas de futuro, con innovación y cambios incrementales.

En Chile, el Banco Central es dirigido por economistas consensuados entre los poderes Ejecutivo y Legislativo, que forman su consejo, y son responsables de sus decisiones autónomas para lograr el objetivo principal del Central. Este objetivo está contenido en su artículo 3°: "El Banco tendrá por objeto velar por la estabilidad de la moneda y el normal funcionamiento de los pagos internos y externos", es decir, su único eje rector es la estabilidad de la moneda, entendida como la preservación de una inflación baja y estable en el tiempo.

Este objetivo es cuantificado explícitamente por el Consejo del Banco Central: "La inflación proyectada a un horizonte de dos años se ubique en 3%". En mi opinión, es un Banco autónomo, tuerto y miope.

Para los próximos años, ¿existe algún desafío de la institución que le permita gestionar los shocks internos o externos de la economía en lo que es de su responsabilidad? Al parecer, existe consenso político y económico en que el banco lo hace bien y, si es así, ¿para qué cambiar algo que funciona? Claro, en la medida en que se observe la inflación a 24 meses y ella presente mínimas desviaciones en torno al ancla, el objetivo se cumple; y, en el caso de que no se cumpla, bueno, existe mucha evidencia y sofisticados estudios que explican por qué no se logró.

Además, existen otros ámbitos en los cuales el banco participa, como el citado estudio sobre los efectos de la reforma laboral de las 40 horas, que se construyó sobre datos y modelos propios y que no recibió ningún tipo de crítica rigurosa desde la academia, siendo sus conclusiones usadas como argumento de política y cuña electoral, omitiendo el hecho de que, más allá de la inflación, está el objetivo superior del bienestar social, variable omitida en el estudio y, por cierto, muchas veces también de los propios objetivos del Banco, dado que sería el objetivo implícito de mantener una inflación baja.

Entonces, ¿existen innovaciones que puedan proponerse para el Banco Central? Creo que sí. Podría dejar de ser tuerto al tener dos objetivos (metas explícitas, viendo con ambos ojos la inflación y el bienestar) y ampliar horizontes simultáneos multiperíodos (pasar de ser miope a emétrope). Otro cambio, y radical, sería la incorporación de nuevas formas de operación de sus funciones y estructura, sin dejar de ser una institución soberana, similar a lo que fue el Banco de Inglaterra o a la participación privada en los bancos centrales de Suiza, Japón, Bélgica o Grecia. La razón es simple: en la actualidad, un mayor bienestar social no solo debe ser impulsado desde la política fiscal; se requiere alinear a las instituciones en un gran desafío procrecimiento, superando la laxitud de las instituciones públicas, tanto de las dependientes como de las autónomas, evitando que existan desviaciones por sesgos ideológicos y proporcionándoles nuevas y mejores herramientas para mejorar su acción en los cambiantes mercados internos y externos. Las herramientas y la experiencia están del lado del sector privado, de la banca, de las aseguradoras y de otros operadores financieros.

Así, un Banco Central soberano más eficiente, con una nueva estructura de funcionamiento, mayor regulación interna y externa, neutral y con nuevos y mejores incentivos para lograr las metas, podría dotar a Chile de nuevas variables para aportar al estancado crecimiento económico y, de paso, gestar una cuasi revolución monetaria al crear el primer Banco Central del mundo con un modelo concesionado de operación.