Despido masivo de profesores, hacia un nuevo contrato moral

Hace mucho tiempo leí una columna de Mario Waissbluth que me marcó, y que hoy, a propósito del despido masivo de profesores del Colegio San Pedro Nolasco de Vitacura, donde estudian mis hijos, me hace mucho más sentido aún.

La idea de que la educación va a mejorar en base a garrote y zanahoria, indicadores, semáforos, bonos y la economía de mercado, es errónea y obsoleta. Creer que por poner metas de PSU y SIMCE los profesores van a enseñar más y mejor o que los directivos van a motivar mejor a sus profesores es un reduccionismo sin sentido.

Suponer que una buena educación es una prueba nacional estandarizada es simplón.

Suponer que un buen profesor es aquel que prepara un buen portafolio y que por ello merece un bono es infantil, o creer que un buen directivo es el que ha acumulado más certificados por cursillos asistidos y pagarle en forma proporcional a eso es un error garrafal.

Me llama profundamente la atención, la metodología comunicacional de este colegio “tradicional” Mercedario, que a punta de secretismo, despide a 24 profesores sin mediar explicación alguna, y cuyo proyecto educativo “concibe la sociedad como una comunidad de hombres libres y solidarios…que se fundamenta en la justicia, solidaridad, servicio, respetuosa de la persona y promotora del bien común”, y recalca que “promueve una experiencia cristiana liberadora, para que el alumno se convierta en un hombre libre y solidario, favoreciendo su desarrollo integral en la dimensión física, cognitiva, afectiva, moral y espiritual, incorporando y promoviendo la participación activa de la familia de los educandos”.

Hasta el momento en que escribo esta columna, sólo se de cifras de profesores desvinculados, números sin nombre ni apellido, rótulos y proyectos para mejorar la “calidad de la educación”, donde hay asesores externos, mediciones, Price Waterhouse, Head Hunters, y un sin fin de argumentos de mercado que me aturden y me hacen cuestionar el leiv motiv de un colegio mercedario.

¿Y dónde quedó la comunidad viva, esa que forma parte de la familia mercedaria para abordar este tema?… ¿o la comunicación a tiempo y transparente frente a los proyectos que se encabezan para mejorar la calidad de educación del colegio, o la evaluación objetiva de los profesores?

¿Dónde está la mirada y la palabra del pastor, el representante de la iglesia que encabeza como rector este colegio para contener e informar a su rebaño?

¿Dónde está ese contrato moral, escrito a sangre, en donde se destaca y releva todo lo que hoy se borra con el codo?

Es precisamente de ustedes, un colegio católico, de quienes más espero, por eso ahí estudian mis hijos, porque aún creo en la profundidad valórica que les pueden otorgar, y eso se hace con información, verdad, el criterio de un trabajo fundamentado en un proceso participativo, comunicado. Es cierto, no tienen la obligación legal para hacerlo, pero sí moral.

Mis hijos conocen a muchos de los profesores despedidos, excelentes maestros, que más allá de indicadores, cifras y modelos, han dejado una huella indeleble. El buen profesor es el que tiene ese sello, el que marca, el que comparte, el que se preocupa de los más atrasados, el que les estimula su interés por la música o el deporte si los ve con esas inclinaciones, y que se la juega por conversar y estar atento a los procesos. Lo hace por amor a la educación, no por un sueldo, por bonos o por castigos.

Por otra parte, una comunidad viva de un colegio de esta naturaleza, debe ser más que un grupo de apoderados peleando por lo que consideran injusto, debe ser receptora precisamente de los preceptos que buscamos en un colegio así: solidaria, empática, activa, más allá de lo que afecta el entorno cercano a mis narices.

Que el cachetazo, de lo ocurrido en el San Pedro Nolasco, emplazado en Kennedy con Manquehue, en medio de un sector ajeno a los conflictos que de un tiempo a esta parte marcan la agenda educacional del país, nos haga reflexionar y nos permita reconstruir el contrato moral del cual habla Mario Waissbluth, entre los directivos, profesores, alumnos, apoderados y la comunidad.

Dejemos el modelo del contrato mercantil para las grandes tiendas y el retail, pero apliquemos el modelo del contrato moral para la educación.

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Edición
Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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