Entre aulas heridas y una vocería que inquieta

No sé si usted le pasa lo mismo, pero cada vez que escucho a la vocera del Gobierno hablar sobre "restablecer la paz social", sin propuesta, ¡me dan ganas de pedir un recreo, que nos salve la campana o que suene el timbre ya! Y no es precisamente para tomar aire o un descanso, sino por la incómoda sensación de que la paz no puede ser declarada en conferencia de prensa, cuando las tizas están rotas, las familias fracturadas, los sueldos desplomados y la bencina que ya no la pagamos... ahora la sufrimos.

Mientras a las escuelas se le pide ser pisos productivos, fructuosos, fértiles en creatividad pedagógica, en contención emocional, constructores de futuros, ejemplos del deber ser, los llamados a resolver violencias proponen insuficientes dispositivos-alarmas. Pero, ¿quién contiene a los que la enfrentan día a día? Nos recetan autocuidado, sin embargo, la burocracia nos va cortando el sentir de bienestar. Ya lo hemos dicho, la vocación se reduce y la disminución de profesores nos respira en la nuca, con banda sonora de película de suspenso, más bien de terror, anticipando escalofríos y estremecimientos.

Calama no es un capítulo más en la crónica de la violencia escolar, es absolutamente un quiebre, ¿cómo llegamos aquí? Esta violencia no nace en la sala de clases, es más profunda, más cotidiana de lo que queremos, en una violencia que tiene un sistema que olvida y no repara, hablamos de falta de salud mental, mesas yermas de alimentos, desnutridos espacios familiares, hablamos de tanto, que se hace difícil especificar, porque lo habita todo.

Al mismo tiempo, desde el podio oficial, una vocería que tropieza en sus propias frases nos exhibe con desparpajo la disonancia como virtud, nos invita a la ignorancia colectiva: habla de contención sin haber visto un recreo en crisis, opina sobre seguridad sin conocer o tal vez confiando en que intuir alcanza donde falta experiencia, la misma vocería que le es difícil hilar una conversación sin enredarse, como una historia mal contada en boca nerviosa, enredada como raíces bajo tierra seca, como madeja olvidada en viento caprichoso.

No se necesitan declaraciones inflamables, lo esencial no debe arder, debe resolver y comprenderse, el criterio debe iluminar sin zaherir quemando, se necesitan medidas concretas basadas, reflexivas y no cuñas flamígeras. Dar apoyo real a quienes educan. La violencia no se contiene con discursos ni con bencina a precio de riñón o de ataque cardíaco. Se contiene reconociendo que los colegios no son máquinas de bienestar silenciosas, se moviliza con recursos destinados a aprendizaje emocional, al cuidado de convivencia escolar. Recuerden que la docencia no es milagrera es un trabajo colaborativo en búsqueda del bien común, es el espacio de la buena convivencia, presencia y encuentro.

La situación en que se encuentra nuestra educación requiere de apoyos serios, a tiempo. No se puede esperar más en silencio, ni más paciencia, ni más vocerías sin coherencia, verbo ni sujeto. Que la ignorancia puede ser atrevida, pero la realidad siempre nos estalla de manera violenta cuando se la niega.