Francisco: el reformador del amor

Se cumple un año de la muerte del papa Francisco y la Iglesia Católica recuerda su legado y su acción transformadora, que trascendió los límites de la propia institución. Lo recordamos, en gran parte, como un pontífice que intentó vivir radicalmente la humildad, que se dejó llevar por el Espíritu regalando a la iglesia universal y a todas las personas de buena voluntad enseñanzas como: "la iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas" (Evangelii Gaudium, 47), "escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres" (Laudato Si 49), "el Espíritu Santo derrama santidad por todas partes" (Gaudete et Exultate 6) y "el Corazón de Cristo, que simboliza su centro personal, desde donde brota su amor por nosotros, es el núcleo viviente del primer anuncio" (Dilexit Nos 32).

Las novedades que introdujo Francisco y que hoy resuenan en una Iglesia Católica que se dejó transformar por vientos nuevos; que removieron estructuras, permitiendo que el mensaje de Cristo pudiera verse renovado bajo el paraguas de la fe. Probablemente el papa no pudo ver el impacto generacional que causó su llamado a cuidar la casa común, ni la manera en que esa urgencia ecológica se convirtió en una conciencia socioambiental, compartida por creyentes y no creyentes. De la misma manera, no vio cómo su deseo de que la iglesia se enfocara en los más pobres, tal como lo dice el Evangelio, se tradujo en la exhortación apostólica Dilexi Te, que hoy ilumina parte del camino que trazara el papa León XIV.

Sin embargo, de lo que sí estamos seguros es que Francisco, siendo el primero en tomar el nombre de poverello de Asís, fue visionario respecto a lo que la iglesia y el mundo necesitan hoy. Su manera de interpelar a una iglesia que pase de ser un "museo de santos a hospital de campaña" representa su devoción por una comunidad siempre en movimiento y siempre atenta a los más necesitados.

En un mundo competitivo, donde quien tiene más bienes materiales más significado da a su vida, este anhelo del papa representa una invitación a bajarnos de nuestros propios trenes de alta velocidad para subirnos a uno diferente, pero que va directo al cielo. Nos llama a cuidar que "todos, todos, todos" (Francisco, JMJ Lisboa 2023) lleguen a la meta y que, aunque el camino se haga cuesta arriba, estemos dispuestos a esperar a los "más descartados de la sociedad" para subir juntos a la cima y encontrarnos cara a cara con un Dios que nos ama, no por lo que hacemos ni por lo que conseguimos, sino por quienes somos y quienes queremos ser a través del perdón y la misericordia del Señor. ¡Cuán contracorriente es este llamado!

Son numerosos los documentos del papa Francisco con intervenciones profundas que han removido muchos corazones y conciencias. Resulta difícil resumir en una columna el legado de sus más de doce años de pontificado. Pero si hay una idea que define a Francisco es que fue un reformador del amor donde invitó, con palabras y gestos, a vivir la cercanía y la caridad, a crecer en esperanza en un mundo en el que tantos viven desolados o resignados y donde prefirió una "iglesia herida y accidentada" a una "enferma por estar encerrada". Desde la Pontificia Universidad Católica de Chile recordamos el mensaje que nos dio en 2018 cuando en su discurso en el que nos llamó a ser agentes de paz, laboratorios del pensamiento y creadores de nuevas oportunidades para quienes todavía viven sin dignidad.

¡Gracias, Francisco!