La educación ha vuelto a la discusión pública a partir del grave e inaudito asesinato de una inspectora en Calama. El impacto que generó el caso y el viraje de la discusión pública hacia la seguridad en las escuelas no sorprende. Sin embargo, conviene no perder de vista que hablar de seguridad y hablar de educación no es lo mismo.
La seguridad es una condición mínima para la educación, qué duda cabe. Especialmente en aquellos territorios más vulnerables donde la seguridad es un problema grave, es la escuela el espacio que aún brinda resguardo a los niños. No resulta extraño, entonces, que, frente a estos hechos, aparezcan medidas como pórticos, revisiones de mochilas o mayores controles de acceso en la primera línea de defensa. Pero que la seguridad sea una condición necesaria no la transforma en la tarea central de la escuela.
Lo que se pierde de vista es que la función de la escuela no es blindarse sino educar, delimitar su actuar, pero en conexión con el mundo y la comunidad. Educar, a su vez, no es sólo transmitir contenidos o alcanzar estándares de aprendizaje, es construir sujetos, personas que tomarán la posta de habitar y construir nuestra sociedad. Por eso, la escuela es un espacio de aprendizaje, pero también de socialización, cuidado y construcción de vínculos. Esa dimensión se hizo visible durante la pandemia, cuando las escuelas se transformaron en espacios virtuales por un lado y en centros de entrega de alimentación por otro. Entonces nos dimos cuenta de que educación y cuidado son en realidad dos caras de la misma moneda. Cuando el cuidado recayó por completo en el hogar, no solo se dificultaron las tareas cotidianas de crianza, sino también aprendizajes que dependen del contacto con otros y de la vida institucional.
El retorno a la presencialidad no estuvo marcado por una recuperación de esa idea más amplia de escuela, la discusión se concentró, por el contrario, en los aprendizajes medidos por el Simce. La preocupación por los resultados era comprensible, pero terminó reduciendo el problema a una cuestión de desempeño. Así, la escuela volvió a ser evaluada por su capacidad para producir puntajes, como si esa fuera su razón de existir. Las reflexiones que provocó la pandemia respecto a la importancia del espacio escolar fueron quedando en el olvido y volvimos a hablar sólo de lo que la escuela puede rendir.
Por otra parte, en la discusión de la seguridad ha reaparecido el argumento de la pérdida de autoridad de los profesores. Se han dado explicaciones desde una crisis epocal de las instituciones hasta las dificultades que enfrenta el docente para definir las normas en la escuela y el aula. Sin embargo, la erosión de la autoridad docente no depende solo de la definición de normas o de las herramientas punitivas de las que dispone.
Depende también de cómo se construye y valora el rol del profesor en nuestra sociedad, como un héroe abnegado, capaz de resolverlo todo en condiciones cada vez más difíciles, pero también como objeto de sospecha, a quien hay que controlar para que haga su trabajo. La evaluación docente, la categorización de escuelas mediante el Simce y otras formas de control no son neutrales: también producen una imagen del profesor como alguien que debe ser permanentemente supervisado, minando su legitimidad. Recuperar la autoridad docente pasa por devolverlo al lugar de un profesional con conocimientos que despliega en condiciones específicas, que no hace magia y todo lo puede, pero que sí sabe, puede y quiere ser profesor.
Por eso, el problema de fondo no es si necesitamos más controles, más pórticos o más sanciones. La pregunta más importante es otra: ¿Para qué queremos escuelas? ¿Para habilitar a los niños y jóvenes para el trabajo futuro? ¿Para formar ciudadanos capaces de comprender el mundo y transformarlo? ¿Para producir obediencia y evitar conflictos? La escuela puede ser entendida como un espacio de formación, de cuidado y de vida común, o como un lugar que solo debe resguardarse del peligro y rendir cuentas de lo que produce.
El riesgo de la discusión actual es que nos acomodemos en la frágil ilusión de que resolver la violencia escolar equivale a aumentar el control. Puede dar alivio inmediato y permitir decir que algo se hizo. No obstante, si no se vuelve a la pregunta por el sentido de la escuela, el consuelo será breve y la próxima crisis nos encontrará, otra vez, anonadados.