Amor en los tiempos del Titanic y del COVID 19

Mi primera aproximación al trasatlántico británico RMS Titanic fue en una conversación con mi abuela Chela, quien me comentó que una de sus primeras tareas escolares fue una investigación que realizó sobre su hundimiento en su viaje inaugural y la conmoción mundial que este accidente provocó, pues supuestamente este barco - además de ser el de mayor tamaño en el mundo - pasaba por “insumergible”.

El 14 de abril de 1912, a las 11:40 P.M. (hora del barco) el trasatlántico  chocó con un iceberg, mar adentro, a la altura de Terranova y luego de dos horas y media se hundió,  pereciendo más de 1.500 personas de un total de 2.200 pasajeros.

Y conste que pudo haber muerto más personas si no es porque días antes se había levantado una huelga del carbón, la cual había provocado que muchos pasajeros cancelaron su viaje.

Mi abuela Chela me explicó que uno de los principales motivos de la tragedia que se vivió en ese barco fue la falta de botes salvavidas. “Demasiado caviar y pocos botes” sería una de las expresión para la  prensa de la época. Este comentario, el de mi abuela, fue recogido en la película Titanic, ganadora de once premios Oscar. Curiosamente, antes de su estreno, se temía que podría ser un desastre de taquilla, resultando todo lo contrario.

En esas dos horas y media de horror se manifestaron las mayores bajezas y grandezas de la especie humana. Al principio, la tripulación empezó embarcando a los pasajeros de primera clase. Sin embargo, cuando se dieron cuenta de la magnitud de la catástrofe en ciernes, adoptaron la consigna “primero, mujeres y niños”. Muchos la respetaron, como el multimillonario J.J. Astor IV o el escritor Jacques Futrelle. En cambio otros no quisieron hacerlo y por ello el Mayor Archibal Butt, Edecán del Presidente de los Estados Unidos William Taft, murió disparando en contra de quienes quisieron violar esa costumbre, según un antiguo diario que leí en mis vacaciones. Eran tiempos en cuando la palabra y el honor de un caballero, sí valían.

Mi última aproximación con el RMS Titanic, hasta la fecha, ha sido el libro “Samarcanda” de Amin Maalouf, quien menciona en su novela que el único ejemplar de los Ruba’iyyat de Omar Jayyám, sabio persa, poeta y astrónomo se encontraba en una caja fuerte de la cabina de Benjamin O. Lesage. Esta novela comienza y termina con esa noche de 1912. El manuscrito citado tendría una página que transcribo…

Te preguntas de dónde viene nuestro soplo de vida.

Si hubiera que resumir una historia demasiado larga, 

Yo diría que surge del fondo del océano

Y luego, súbitamente, el océano lo devora de nuevo.

Por otra parte, en pleno siglo XXI, cuando también nos creíamos inmortales, aparece “un pinche virus” que trastoca nuestra vida económica y social de un modo absolutamente inesperado. Hoy se nos exige una distancia social de al menos un metro, causando que amigos, familiares e incluso las parejas no se toquen (al menos, en teoría eso es lo aconsejable).

Como  me dijo un amigo, con su característica ironía, “cuando mis hijas vienen a vernos, van dejando las bolsas de comida en la casa y pasan como si ésta tuvieran cruzando un campo minado, por temor a contagiarnos”.

Ese tipo de conductas, aunque exageradas, demuestran que también hay amor en el tiempo del COVID 19. Lo hay también, para todos aquellos que aún tenemos padres y que por razones de este maldito virus no podemos abrazarlos físicamente, pero sí lo hacemos a la distancia a través de una llamada por teléfono, una video conferencia, o sencillamente, viéndolos desde lejos. 

Cuando esto finalmente pase no deberemos olvidar que un día quisimos ver y compartir con nuestros seres queridos y que no pudimos hacerlo, debemos aprovechar todas las oportunidades para estar con ellos, porque dejarlo “para otro” día puede ser algo de lo que nos podemos arrepentir  más tarde.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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