Hoy en el Día del Libro comparto una reflexión en base al texto que encontré hace poco por casualidad en una librería. Hace más de 100 años, Gabriela Mistral escribió "Ternura", una obra que no solo reunió poemas para niños y niñas, sino que propuso una forma de comprender esta etapa de la vida, profundamente adelantada a su tiempo. Allí aparece una convicción nítida: la niñez requiere afecto, alimento material y espiritual, tiempo, escucha y comunidad. No basta con declararla importante; hay que organizar la vida social en torno a su bienestar.
Sin embargo, pareciera que en Chile aún no comprendemos del todo ese mensaje.
Porque Gabriela no fue solamente una gran poeta. Fue también maestra rural, intelectual latinoamericanista, diplomática, crítica social y una voz temprana que puso en el centro asuntos que todavía nos cuesta asumir con la urgencia necesaria: la dignidad de la niñez, la desigualdad territorial, el valor de los cuidados, la educación pública como tarea nacional y la obligación ética de construir sociedades más humanas.
Cuando escribió "Ternura", lo hizo también como respuesta crítica a los materiales pedagógicos de su época. Cuestionó una enseñanza basada en la astucia, la obediencia ciega y el disciplinamiento. Buscó ofrecer a niños y niñas una literatura que alimentara la sensibilidad, la curiosidad y la imaginación. Su gesto fue profundamente político: entendió que la manera en que una sociedad educa y se vincula con la niñez revela su verdadera escala de valores.
La pregunta es inevitable: ¿Qué diría hoy Gabriela sobre aquello que consumen niños y niñas en el ecosistema digital, en redes sociales, en pantallas sin mediación adulta suficiente, en contenidos marcados muchas veces por la violencia, la banalización o la mercantilización de la atención? ¿Qué diría frente a una infancia crecientemente capturada por lógicas de mercado y algoritmos, pero escasamente escuchada en sus contextos cotidianos?
Su enseñanza nos propone una concepción de la niñez como sujeto activo, curioso y parte fundamental de la sociedad. No como un futuro abstracto, sino como un presente urgente. Sin embargo, la evidencia disponible nos muestra que muchos niños, niñas y jóvenes viven experiencias múltiples y simultáneas de violencia: en sus hogares, en sus barrios, en espacios digitales, en instituciones y también en relaciones marcadas por el abandono o la indiferencia.
La pandemia dejó una huella especialmente elocuente. Mientras el mundo adulto discutía prioridades, niños y niñas vivieron encierro prolongado, pérdida de vínculos cotidianos, deterioro de salud mental y restricciones severas para jugar, moverse y habitar el espacio público. En demasiados casos, su bienestar fue subordinado a decisiones donde su voz no estuvo presente. Las consecuencias de ese período aún siguen abiertas.
Y, sin embargo, luego de que se abrió esperanza con el proceso de instalación de las OLN a nivel nacional y otras iniciativas de participación con incidencia, como la construcción de la política nacional de niñez, hoy muchas de las respuestas tienen repertorios insuficientes: más control que escucha, más sanción que acompañamiento, más alarma que comprensión profunda de los malestares contemporáneos de las niñeces y juventudes. Seguimos llegando tarde a la comprensión de Gabriela.
Persisten entornos donde crecer depende excesivamente del barrio en que se nace, del ingreso familiar, del acceso a salud mental, de la calidad de la escuela, de la seguridad del espacio público o de la existencia de redes de apoyo. Todavía demasiadas familias crían en soledad, bajo presión económica, jornadas extensas y escaso acompañamiento institucional. Todavía demasiados niños y niñas viven violencia, exclusión o indiferencia como parte de su cotidianeidad.
Pero también existe una oportunidad histórica. La Ley 21.430, que crea el Sistema de Garantías y Protección Integral de los Derechos de la Niñez y Adolescencia, ofrece la posibilidad de avanzar hacia un cambio cultural e institucional largamente postergado. Nos invita a dejar atrás la vieja noción de la infancia como objeto de tutela o minoridad, para reconocer a la niñez como sujetos de derechos. Y nos recuerda que garantizar esos derechos no es tarea de un solo servicio público, sino responsabilidad compartida del Estado y de la sociedad en su conjunto, hasta el máximo de sus recursos disponibles. Frase que para quienes hemos dedicado buena parte de nuestra vida a este tema, nos parece una gran oportunidad que debe traducirse en compromiso.
Para que aquello ocurra, no bastan leyes bien redactadas. Se requiere una transformación concreta en la manera de diseñar e implementar políticas públicas.
El primer desafío es asumir con seriedad la dimensión comunitaria y territorial. Las políticas de niñez necesitan pertinencia local, participación real y estrategias que reconozcan la historia, los recursos y las heridas de cada comunidad. No existen soluciones universales para realidades profundamente diversas.
El segundo desafío es promover el buen trato como marco relacional. Esto significa no naturalizar violencias pequeñas o grandes; comprender que el respeto cotidiano, la escucha y el reconocimiento son condiciones básicas del desarrollo. Significa también construir territorios que no retraumaticen, especialmente allí donde existen historias acumuladas de exclusión o daño institucional.
El tercer desafío es equilibrar cuidado con autonomía. En nombre de la seguridad, muchas veces hemos construido "infancias" encerradas, sobreprotegidas y con escasas oportunidades de exploración, juego libre o participación comunitaria. Esto afecta especialmente a niñas y adolescentes, cuya movilidad suele estar más restringida por temores sociales y desigualdades de género persistentes. Proteger no puede significar anular.
El cuarto desafío es redistribuir socialmente los cuidados. En Chile, el cuidado de niños y niñas sigue recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres. Si no enfrentamos esa estructura, seguiremos hablando de bienestar de niñez y juventud sin modificar una de sus bases materiales más decisivas. Cuidar a la niñez también implica cuidar a quienes cuidan.
Cuando Gabriela reivindicó la ternura, no habló de sentimentalismo. Habló de responsabilidad hacia otros. Habló de vínculos, reciprocidad y humanidad compartida. Nos recordó que ninguna sociedad se sostiene solo con crecimiento económico, normas o tecnología, sino también con afectos organizados socialmente. Esto es contrario a la frase del Presidente Kast, que definiría esto como "música" con tono despectivo, validando como central sólo la dimensión económica, pero que, de fondo, no contiene ningún aporte en esas condiciones fundamentales que hemos mencionado y que nuestra Premio Nobel tenía tan claro.
Quizás por eso su mensaje sigue incomodando. Porque comprenderla de verdad obligaría a cambiar prioridades. Obligaría a poner a niños y niñas en el centro no solo del discurso, sino del presupuesto, del urbanismo, de la jornada laboral, del sistema educativo, de los medios de comunicación y de la conversación pública.
Gabriela nos dejó mucho más que poemas. Nos dejó una ética pública pendiente. Una manera de mirar la niñez desde la dignidad, el territorio y el cuidado. Y tal vez la pregunta más honesta hoy no es cuánto admiramos a Gabriela, sino cuánto estamos dispuestos a escucharla.