El trauma infantil bajo el ius solis

Hay conceptos jurídicos que, mientras permanecen en los manuales universitarios, parecen impecables. Pero basta depositarlos en la vida social para que revelen su costado menos decoroso. Ius solis -el derecho a la nacionalidad por el lugar de nacimiento- es uno de ellos. En el Chile contemporáneo, este principio convive con una política migratoria errática que, tras años de improvisación elevada a virtud moral, amenaza con producir su efecto más cruel allí donde menos se discute: la infancia.

Bajo consignas altisonantes -derechos humanos, hospitalidad irrestricta, fronteras morales- el Estado permitió el ingreso masivo y desregulado de personas sin construir, al mismo tiempo, una arquitectura institucional mínimamente responsable para sostener ese gesto. El resultado es hoy visible por medio de miles de niños que nacen chilenos, pero crecen en un limbo jurídico y afectivo, con padres que viven bajo amenaza de expulsión y biografías tempranas marcadas por una incertidumbre que ningún discurso bienintencionado logra anestesiar.

Digámoslo sin rodeos: el problema no es la migración. Migrar es tan antiguo como la humanidad. El problema es la improvisación estatal convertida en política pública y, peor aún, en gesto moral. Cuando un Estado permite -o incentiva de facto- la llegada de familias completas sin reglas claras de residencia, integración, regularización ni un horizonte realista de permanencia, está sembrando una bomba de tiempo psicosocial. Y, como suele ocurrir, esa bomba no estalla en los salones ministeriales, sino en las habitaciones infantiles.

Aquí la neurociencia del desarrollo aporta malas noticias. La evidencia es sólida al mostrar que la amenaza persistente de separación parental constituye uno de los estresores más dañinos para el cerebro infantil. Shonkoff, Perry y Burke Harris han documentado cómo la inseguridad crónica altera los sistemas de regulación emocional, incrementa el riesgo de trastornos ansiosos y depresivos, y deja huellas neurobiológicas que pueden acompañar al individuo por décadas. Por ello, no se trata de una metáfora moral, es biología del estrés temprano.

En este contexto, el ius solis opera como una ilusión tranquilizadora. Se lo invoca como si bastara nacer en Chile para neutralizar el daño causado por una política errática. Pero la nacionalidad no protege del trauma de crecer viendo a los padres vivir bajo amenaza administrativa. Un niño chileno por nacimiento que se duerme cada noche con el temor de que sus cuidadores desaparezcan por una orden de expulsión no es un triunfo del progresismo jurídico, es, a todas luces, el síntoma de un fracaso estatal profundo.

La responsabilidad es transversal, aunque cuidadosamente repartida. La izquierda convirtió la migración en épica moral, confundiendo hospitalidad con improvisación y derechos humanos con negación de los límites. En nombre de una superioridad ética autoasignada, promovió políticas sin capacidad estatal ni reflexión intergeneracional. La derecha, por su parte, practicó una ceguera funcional al aceptar gustosa una fuerza laboral abundante, barata y políticamente muda, y descubrió súbitamente el amor por el orden solo cuando el desorden se volvió electoralmente rentable. El resultado de esta danza hipócrita del espectro político tiene, como casi siempre, rostro infantil.

Un Estado que permite la instalación de familias sabiendo que, más temprano que tarde, expulsará a los padres, no es ingenuo, es derechamente irresponsable. Y cuando esa irresponsabilidad produce trauma infantil previsible, evitable y documentado, deja de ser un error técnico para convertirse en una falta ética mayor.

La migración exige reglas, límites y humanidad. Pero la humanidad no se mide por la amplitud retórica de las fronteras ni por la pureza moral de los discursos, sino por la capacidad efectiva de un país de no fabricar, deliberadamente, generaciones de niños criados bajo el miedo. Todo lo demás -la épica, las consignas, las indignaciones selectivas- es ruido adulto. Y, como casi siempre, ese ruido lo pagan quienes no votan, no deciden y no hablan, es decir, los niños del ius solis.

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