Coescrita con Abraham Magluff Martínez, licenciado en Ciencia Política U. de Talca, y doctorando en Ciencias de la Complejidad Social U. del Desarrollo
La segunda vuelta de las elecciones en Perú el pasado 7 de junio dejó un estrecho margen entre la candidata derechista Keiko Fujimori y el izquierdista Roberto Sánchez. Esta distancia tiene como antecedente la experiencia electoral de la segunda vuelta de 2021 entre la misma Fujimori y Pedro Castillo, con una mínima diferencia en los votos. Independiente de cuál sea el resultado, ambos enfrentarán una nación fragmentada, con un Congreso dividido y fuertes demandas sociales que han caracterizado a un país sumido en una crisis política persistente.
El proyecto de Keiko Fujimori enfatiza el orden y la inversión privada, así como la lucha contra la corrupción y el crimen organizado. En política exterior, fomentaría la inversión y cooperación internacional, manteniéndose una relación estable con Chile que haría posible un corredor humanitario. Roberto Sánchez, por su parte, proviene del sector que reivindica al expresidente Pedro Castillo, condenado por conspiración a la rebelión y apela explícitamente al voto rural e indígena. Promueve una Asamblea Constituyente que resguarde derechos y refuerce el control estatal de los recursos naturales. En sus relaciones con Chile, destaca que no existen problemas territoriales con el país vecino.
Sin embargo, detrás de ese resultado tan estrecho, el Conteo Rápido Integral al 100% de Transparencia Perú revela una fractura que los números nacionales aún no muestran. En la Costa, Fujimori obtiene el 60,5% frente al 39,5% de Sánchez. En la Sierra, la relación se invierte con aún mayor contundencia; Sánchez alcanza el 70,2% frente al 29,8% de Fujimori. Lo que parece un empate nacional es, en realidad, una división histórica y estructural que se ha reproducido en las últimas elecciones.
La Costa, específicamente Lima y el Callao, fue construida como el centro político y económico del país, concentrando desarrollo e instituciones desde el virreinato. La Sierra, en cambio, fue incorporada al Estado peruano principalmente como territorio de extracción. Hoy persiste un reclamo de exclusión del desarrollo, expresado en la pobreza estructural, falta de acceso a salud educación y tecnología que los afecta. Lima enfrenta hoy una crisis aguda de seguridad y migración. La Sierra reclama siglos de exclusión. No son dos Perú, irreconciliables por ideología, sino que mantienen historias y urgencias distintas votando por quien mejor las representa.
Fue Alberto Fujimori quien, en 1990, transformó esa fractura histórica en el clivaje electoral que estructura la política peruana hasta hoy. Ganó concentrando el voto de la periferia más pobre e indígena frente a la élite limeña que representaba Vargas Llosa, para luego implementar desde el poder reformas que reforzaron el centralismo y debilitaron la presencia del Estado en las regiones. Esa es la herencia que Keiko carga junto al apellido. No solo heredó la dominación carismática de su padre, sino el clivaje que él contribuyó a cristalizar.
Lo anterior derivó en lo que los politólogos peruanos Rodrigo Barrenechea y Daniel Encinas conceptualizan como "clivajes sin partidos". A pesar de la volatilidad del sistema político peruano, el patrón territorial que Fujimori cristalizó se reproduce con independencia de los candidatos. Ollanta Humala en 2006 y 2011, Pedro Castillo en 2021 y Roberto Sánchez en 2026 activaron el mismo clivaje. La Sierra no es una plaza fuerte de Sánchez. Es una plaza antifujimorista que cualquier candidato que no sea Fujimori ha sabido capitalizar en votos.
La Selva revela una lógica más matizada y es, paradójicamente, el territorio decisivo. A diferencia de la Sierra, la Amazonía no construyó una identidad política cohesionada. Según la socióloga María Isabel Remy, su incorporación al Estado peruano estuvo marcada por ciclos de extracción que dinamizaron su economía sin dejar desarrollo sostenible ni instituciones sólidas lo que explica su división interna. La Selva Alta, marcada por la migración andina, vota con patrones similares a la Sierra: según la ONPE, Amazonas registra 64,5% para Sánchez y San Martín 54,6%. La Selva Baja, más urbanizada y comercialmente conectada a Lima, se inclina en sentido contrario: según la ONPE, Loreto registra 53,8% para Fujimori y Ucayali 52,5%. Según el Conteo Rápido Integral al 100% de Transparencia Perú, en la Selva la diferencia es de 17 puntos, frente a los 40 que separan a los candidatos en la Sierra y los 21 en la Costa.
El problema de fondo no es quién gane finalmente las elecciones. La fragilidad del sistema político peruano tiene al menos dos raíces estructurales que se alimentan mutuamente. La incapacidad histórica de construir instituciones representativas sólidas y una exclusión regional no resuelta que impide que esas instituciones reflejen a todos sus territorios. Para ambos candidatos, la Sierra y la Costa son plazas fuertes que no conviene cruzar. Los incentivos están diseñados para reproducir la fractura, no para resolverla. Mientras eso no cambie, el patrón de inestabilidad en la política peruana va a seguir su ciclo, pero con distintos nombres. Finalmente, esto se refleja en movimientos sociales locales los cuáles tienen demandas específicas las cuáles deberá abordar el futuro gobernante en el país.