Parece poco discutible que el malestar crece en el escenario político y social de Chile y que ese malestar se acrecentará en la medida que los proyectos de la extrema derecha comiencen a materializarse y a tocar la cotidianeidad de las vidas de nuestros ciudadanos y pueblos. No es desconocido por nadie que el gobierno del Presidente Kast y el Partido Republicano, en general de la derecha política, promueve un modelo de sociedad centrado en el conservadurismo moral, un estado punitivo y la profundización del neoliberalismo dogmático.
Frente al ejercicio de un gobierno de estas características, cuya agenda prioriza el desmantelamiento de los bienes comunes y la regresión en derechos laborales, feministas, socioambientales y de pueblos originarios; los movimientos sociales, las izquierdas, deben responder una pregunta fundamental: ¿Cómo articular una oposición eficaz, sostenida y transformadora?
Uno de los aspectos de la respuesta está en la no-violencia activa como un principio moral y como una estrategia y táctica política rigurosa y de alta eficacia para disputar el poder, proteger las históricas conquistas sociales y frenar las reformas regresivas.
Existe, en ciertos sectores, la creencia equivocada de que la no-violencia equivale a un pacifismo ingenuo o a cierto hippismo insulso, sin embargo eso está alejado de la realidad. La no-violencia activa, teórica y prácticamente desarrollada por figuras que van desde Mahatma Gandhi, Martin Luther King Jr., Malala Yousafzai, César Chávez, Rigoberta Menchu, Adolfo Pérez Esquivel, Helder Camara, Clotario Blest y muchos/as otros/as, e instituciones como el Servicio Paz y Justicia (Serpaj), hasta analistas de la ciencia política contemporánea, como Gene Sharp y Erica Chenoweth, nos dicen que es un método de lucha basado en la interrupción consciente de las dinámicas de poder y dominación.
Las manifestaciones callejeras que carecen de estrategia y que con facilidad pueden derivar en la "violencia" o en un enfrentamiento desigual con las fuerzas del "orden", favorece al poder establecido, por esa razón está más que demostrado que el Estado infiltra las marchas y si no hay violencia la crea, a través de la propia policía infiltrada y o el lumpen, así ofrece el pretexto perfecto para aplicar leyes de excepción, criminalizar la protesta y a sus promotores y cohesionar a su base electoral bajo el discurso del "orden y la seguridad".
La no-violencia activa desarma esa narrativa, le quita al Estado el monopolio de la legitimación y expone la desproporción de la represión, generando quiebres en el propio régimen y en la conciencia de la sociedad que observa.
El régimen de ultra derecha sostiene su gobernabilidad sobre, a lo menos, cinco pilares fundamentales: legitimidad democrática adjetiva; legitimidad social o resignación ciudadana; cooperación económica del aparato productivo y laboral; monopolio de la fuerza coercitiva a través de las instituciones de seguridad y un virtual monopolio en el uso de los medios de comunicación social y un uso abusivo e ilegítimo de las redes sociales. Son estos pilares los que es necesario derrotar.
A nivel estratégico, la no-violencia activa se enfoca en retirar el consentimiento sobre el cual se erige el poder político. Ante reformas legales que pretendan precarizar aún más las pensiones, privatizar bienes públicos o restringir derechos sociales y sindicales, la fuerza popular debería organizarse en torno a tres ejes estratégicos:
A nivel táctico, la no-violencia activa exige innovación constante. La repetición de formatos de marcha tradicionales termina por desgastar a los participantes y facilitar la contención policial. Por ello, el repertorio táctico frente a las reformas regresivas debe diversificarse.
Quienes están llamados a liderar las movilizaciones son las organizaciones de izquierda cristiana, de derechos humanos; las instituciones no gubernamentales; los colectivos que vigilan y promueven el respeto a la dignidad básica; los movimientos sociales, estudiantiles, juveniles, feministas y territoriales; las comunidades indígenas; las iglesias y comunidades cristianas; los líderes comunitarios y sociales de base.
En el Chile de hoy, la no-violencia activa no es un camino fácil ni exento de riesgos. Exige más disciplina, planificación y formación política. Sin embargo los datos históricos son innegables: las campañas de resistencia civil no violenta son significativamente más eficaces para provocar democracias sustantivas y generar efectivas transformaciones.
Frente a la amenaza que representan los proyectos de la ultraderecha para los pueblos de Chile, la no-violencia activa se erige como la herramienta clave: transforma la indignación fragmentada en un poder colectivo organizado, capaz de frenar las reformas que precarizan la vida y de proyectar, desde las bases, un futuro comunitario, pluriverso, justo y digno. Ahí está la esperanza de que otro Chile es posible.