La derrota de Trump, otra forma de hacer política

Cuando ganó Donald Trump en 2016 y me preguntaron qué consecuencia era la más grave que podía prever en su sorpresivo mandato, mi respuesta fue que creía que era peligroso, no solo para Estados Unidos sino para el mundo entero, legitimar una forma de hacer política tóxica.

Trump nunca escondió su narcicismo, egolatría, misoginia, xenofobia, racismo, falta de ética y de respeto por los demás. Así fue su campaña contra Hillary Clinton, así fue su gobierno y así es su derrota actual.

Parece surrealista verlo aferrado al poder y amenazar con acciones judiciales por fraude (sin pruebas) para desconocer el triunfo de Biden. Las mentiras, el espectáculo y la desinformación constante fue parte de esa forma de hacer política.

Su falta de empatía desde las personas con capacidades especiales hasta los veteranos de guerra muestran una personalidad compleja y alejada de los estándares mínimos de ética que uno pediría a un líder.

Pero el problema es más complicado aún. Trump habrá sido derrotado en las urnas pero no necesariamente el trumpismo. Con 71 millones de votos a su haber, tiene sobre sus espaldas un capital político no menor. ¿Por qué casi la mitad de los votantes de Estados Unidos marcó su preferencia por él pese a todo lo que hemos señalado?

La sociedad estadounidense tiene aún heridas que sanar que vienen de sus propios orígenes y su propia historia. A los clivajes tradicionales entre blancos y descendientes de africanos llegados al continente por la esclavitud, el paso de los años ha ido sumando clivajes y desigualdades que no siempre desde fuera somos capaces de percibir. Vemos una superpotencia dotada de recursos militares, económicos, tecnológicos y naturales. Un país rico en cultura, arte, ciencias. Con las mejores Universidades del mundo y una riqueza cultural diversa. Sin embargo, también es una sociedad altamente desigual y con diferencias enormes tratándose de qué estado estamos hablando.

Las costas no tienen las mismas condiciones que el centro del país. La globalización y el libre comercio no ha favorecido a todos por igual y ha habido perdedores que han salido dañados.

Las crisis económicas, la automatización de la economía, la deslocalización de empresas, la pérdida de “poder blando” (atracción) y la desilusión de una parte de la ciudadanía con Barack Obama en quien estaban cifradas altas expectativas, fue el escenario ideal para el surgimiento de la figura de Donald Trump en 2016.

Desde que llegó a la Casa Blanca puso en marcha lo que había prometido en su campaña. Si bien no hizo “América más grande”, su política proteccionista, anti inmigración, xenófoba y racista, su desprecio por el multilateralismo y las organizaciones internacionales representó a una parte importante de la población estadounidense.

Hasta enero las cifras económicas le sonreían a pesar que ciertos sectores estaban sufriendo su guerra comercial. Y vino la pandemia.

Unido a un negacionismo respecto de los efectos negativos del cambio climático (de ahí su decisión de retirar a Estados Unidos del Acuerdo del Clima de Naciones Unidas o “Acuerdo de París”), su posición frente a la pandemia le pasó la cuenta.

Primero estimó que era sólo una gripe, luego felicitó a China 15 veces por tuit por “su gran manejo” para dar un giro de 180º y terminar acusando a este país, la OMS y otros especialistas de ser culpables del “virus chino”.

Negándose a seguir los consejos que los especialistas, liderados por el eminente epidemiólogo Antony Fauci, su insistencia en negar la evidencia lo llevó incluso a aconsejar tomar cloro para acabar con el virus.

235.000 muertos y millones de contagiados son el triste saldo de una política mal gestionada desde un comienzo. Los efectos económicos enormes en el país y su poca empatía con las víctimas y sus familiares, el personal sanitario y las personas que no tienen acceso a los cuidados médicos que tuvo él cuando contrajo la enfermedad, sólo vinieron a aumentar el anti-trumpismo.

Los hechos de violencia policial. retratados en el caso de George Floyd, despertaron nuevamente ese Estados Unidos que quiere respeto y dignidad sin importar el color de la piel, la religión, el sexo o los recursos económicos. Las grandes manifestaciones contra la violencia racial y el silencio o apoyo velado de Trump por el supremacismo blanco (no fue capaz de condenarlo en el primer debate), fueron sumando motivos para ir a votar.

En las elecciones presidenciales normalmente es la mitad de la población quien concurre a las urnas. En las elecciones de medio mandato es más bajo aún. Esta vez era una incógnita si la gente se movilizaría para ir a sufragar.

En la elección de 2016, mucho demócrata no se sintió atraído por Hillary Clinton y se quedó en su casa. Sin embargo, este año un 67% votó, porcentaje que no se veía desde 1900.

Biden ganó con 75 millones de votos, la cifra más alta en la historia, sacándole una ventaja de 4 millones a Trump (más de lo que Hillary Clinton obtuvo en la elección anterior). Trump ha perdido dos elecciones seguidas en votación popular pero por el particular sistema estadounidense ganó la presidencia en 2016.

¿Qué pasará ahora? Trump creó hace meses el escenario de cuestionamiento de la elección cuando comenzó a ver las cifras de las encuestas que lo daban por perdedor. Comenzó una campaña de desprestigio contra el Servicio Postal, sabiendo que mucha gente optaría por el voto por correo por la pandemia y que son los demócratas quienes tradicionalmente optan por este sistema. Ya hablaba que le iban a robar la elección por el voto por correo por lo que no debe sorprendernos la actitud asumida ahora.

George W. Bush y otros líderes republicanos ya han llamado a reconocer la derrota. Nuevamente la evidencia es clara pero Trump la ignora.

El problema es que una mitad del país sentirá que efectivamente hubo fraude a pesar de la falta de pruebas. Trump ha anunciado recursos judiciales pero la presión, incluso internacional, es fuerte para que reconozca que perdió.

El cambio de mando es el 20 de enero de 2021. Hasta esa fecha Trump seguirá siendo el inquilino de la Casa Blanca y puede hacer aún mucho daño.

Biden ha llamado a un traspaso pacífico del mando, a la unión de los estadounidenses y al retorno de una política cívica y respetuosa dentro de las diferencias. Es lo que esperamos todos aquellos que pensamos que la ética y decencia en la gestión de los asuntos públicos es la esencia de la democracia, incluso de aquella que tiene más de 200 años.            

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