Confieso que cuando supe del intento de magnicidio contra el presidente Donald Trump la noche del sábado 25 de abril, en el Hotel Hilton de Washington DC, pensé inmediatamente en la célebre "lista Lincoln-Kennedy". La prensa informaba profusamente de los detalles del atentado, recordándonos que era la tercera vez que se intentaba matar al mandatario de Estados Unidos (antes en junio y septiembre de 2024, en su calidad de expresidente y entonces candidato a reelección). Mientas los periodistas comentaban los cuatro asesinatos a jefes de Estado en ejercicio (Lincoln en 1865, Garfield en 1881, McKinley en 1901 y Kennedy en 1963), yo continuaba divagando en el conjunto de coincidencias, nutriente de mitos urbanos y teorías conspiranóicas, publicada en 1964 -un año después de la muerte del exsenador por Massachusetts- que relevaban los parecidos entre dos exmandatarios que marcaron la historia estadunidense.
Aunque muchos aspectos fueron descartados por especialistas aquella lista no dejó de crecer en el tiempo respecto a las convergencias en torno a la muerte de dos presidentes elegidos con 100 años de diferencia (1860-1960). Ambos fueron sucedidos por dos militantes sureños del Partido Demócrata apellidados Johnson (Andrew en el primero caso y Lyndon en el segundo). Los dos fueron asesinados de un tiro en la cabeza en presencia de sus esposas. El mandatario de la Guerra civil sufrió el disparo en el Teatro Ford de Washington DC, en tanto que el joven jefe de Estado de la Guerra Fría mientras saludaba a la multitud en Dallas, durante un trayecto en un descapotable modelo Lincoln de marca Ford. Así podrían enumerarse otros aspectos.
No se puede soslayar, sin embargo, que la historia de Estado Unidos tiene ciclos recurrentes de violencia política. Eso al menos desde el 30 de enero de 1835, cuando a plena luz de una tarde gris en los escalones del Capitolio de la capital estadounidense, Richard Lawrence desenfundó dos pistolas y disparó al séptimo presidente de la Federación, Andrew Jackson, quien después de advertir la impericia de su atacante, repelió a bastonazos. Aunque la versión oficial fue que se trataba de un "lobo solitario", Jackson no dejó de atribuirla a una conspiración política. Incluso denunció a su adversario político, el senador George Poindexter, cuya casa había sido pintada por Lawrence un año atrás. El hecho presagió los frustrados ataques posteriores a mandatarios en ejercicio y exjefes de Estado (por ejemplo, aquel contra Theodore Roosevelt en la campana de 1912), lo cierto es que desde la Guerra Fría en adelante todos los residentes en la Casa Blanca han sido objetivo de un plan o hecho contra su vida.
Sin embargo, tampoco se puede olvidar que desde el asalto al Capitolio de enero de 2021 los niveles de crispación política han alcanzado cumbres pocas veces vistas. Por eso llama la atención la debilidad de las medidas de seguridad en torno a la gala anual de corresponsales en Washington que por primera vez recibía a Donald Trump. Detectores de metal instalados apenas en el área vestibular del salón de evento, que además congregaba al gabinete casi en pleno de la administración Trunp. Presidente y su vicepresidente Vance en un mismo espacio ante miles de personas (más el líder de la Cámara de Representantes, el tercero en la línea de mando) comprometía la sucesión presidencial en un país cuyo "número 2" ha debido asumir en nueve ocasiones el cargo supremo (4 magnicidios y el resto muertes naturales)
Lo anterior alimenta una nueva lista de coincidencias, cuyo nombre podría ser "Reagan-Trump", aunque también alcanza a Jimmy Carter. Los dos primeros con intentos frustrados de asesinato por jóvenes oriundos de California. John Hinckley Jr. en el caso de Reagan, de 26 años obsesionado con llamar la atención de la actriz Jodie Foster. Collen Allen, el atacante de Trump, quien redactó un manifiesto en abierta actitud hostil contra el total del gabinete presidencial. Ambas agresiones fueron realizadas en el Hotel Hilton de Washington DC, el 30 de marzo de 1981 en sus afueras luego que el mandatario se retirara de una conferencia, 45 años más tarde al interior de su salón de eventos.
Algo que pasa desapercibido es que ambos sucesos ocurrieron en sendas crisis internacionales con Irán. En 1979 después del exilio de Shah y la progresiva instalación de un nuevo orden islámico, ocurrieron una serie de incidentes en la embajada estadounidense en Teherán (como el ataque de la guerrilla Fedayian-e Kalq, de línea marxista-leninista, que hizo rehenes temporales al embajador William Sullivan y otros miembros del personal). El 4 de noviembre de 1979 unos 300 jóvenes autodenominados "Estudiantes Musulmanes seguidores de la línea del Imán" asaltaron y ocuparon el recinto diplomático, siendo días después apoyados por el Ayatola Jomeini en su lucha contra el que llamaba "Gran Satán". El presidente Carter después de calibrar estrategias de diálogo y presión recurrió a la opción militar de rescate en mayo de 1980, conocida como "Garra de Águila", con la Fuerza Delta a bordo de 8 helicópteros.
La misión devino en fracaso cuando tres aeronaves fallaron. En el apuro del despegue, uno de éstos se estrelló contra un avión de transporte, matando a ocho soldados. Documentos confidenciales, mapas y armas fueron abandonados en el desierto. Irán exhibió el accidente como voluntad divina. Mientras Carter perdió fuelle en su campaña de reelección, Ronald Reagan capitalizó los errores de su antecesor.
Cuando Reagan asumió en enero de 1981 aún se sentían las consecuencias del episodio. Por eso Trump, ante el derribo el 3 de abril deF-15E ordenó a las fuerzas especiales la inmediata búsqueda y salvamento de los tripulantes. El resultado positivo del operativo sin embargo no ha conjurado la sombra de una derrota en las elecciones legislativas de noviembre próximo. Como en 1980 la cuestión iraní podría marcar un cambio de marea. El presidente es consciente que requiere un triunfo antes, y en Cuba también lo saben.