No kings

Se estima que más de ocho millones de estadounidenses se movilizaron recientemente en 3.300 manifestaciones en miles de ciudades en Estados Unidos bajo el lema "No kings", contra los excesos de la administración Trump, que a poco más de un año de su despótico segundo mandato alcanza un 60% de desaprobación ciudadana, muestra preocupantes derivas autoritarias y mantiene en vilo al mundo con la artificiosa guerra contra el régimen teocrático iraní.

A más de un mes de la invasión norteamericana e israelí a Irán, que comenzó con la falacia de que la nación persa representaba una amenaza nuclear inminente (tal como las supuestas armas de destrucción masiva de Irak que nunca se encontraron), ya hay 17 países del Golfo Pérsico involucrados en la guerra, bajas militares estadounidenses e impacto económico en todo el mundo producto del alza de los precios de los combustibles por el bloqueo del Estrecho de Ormuz.

En un exceso retórico que adelantaba gravemente crímenes de guerra y genocidio, Trump amenazó a Irán con acabar con toda una civilización (la persa, que tiene 2.500 años de antigüedad) a modo de ultimátum, saltando las alarmas sobre su salud mental y si está apto para conducir la principal potencia militar del mundo.

Posteriormente, se alcanzó un cese al fuego por dos semanas mediado por Pakistán que dio un respiro inicial a los mercados internacionales, pero con un pliego condicionado por Irán (que incluiría el enriquecimiento de uranio propio del desarrollo nuclear), dando cuenta del debilitamiento de Estados Unidos como potencia hegemónica en un nuevo orden mundial sin reglas y con un multilateralismo debilitado. Al día siguiente, Israel incumplió el acuerdo con intensos bombardeos al sur de El Líbano (busca la misma expansión territorial que ha llevado adelante en Gaza), argumentando que el alto al fuego no incluía su enfrentamiento con Hezbollah. Ello, a su vez, implicó que Irán volviera a cerrar el estrecho de Ormuz y, posteriormente, Estados Unidos "bloqueó el bloqueo" tras la suspensión de conversaciones entre Washington y Teherán.

Justamente ha sido la guerra (a la que Estados Unidos sucumbió por la presión israelí y por el propio interés de Trump de poner una cortina de humo sobre los archivos Epstein), lo que movilizó a más votantes jóvenes, muchos de los cuales votaron por Trump por su incumplida promesa de no involucrar a EE.UU. en "guerras interminables" en el Oriente medio. US$11.300 millones en una semana le cuesta a las arcas fiscales estadounidenses la guerra contra Irán, mientras 35 millones de personas viven en la pobreza en el país emblema del capitalismo.

Ataques armados a ocho países sin pasar por el Congreso, concentración de poder, restricción de libertades individuales, persecución ilegal a migrantes a través del ICE (que asesinó a ciudadanos norteamericanos en Minnesota) y militarización de aeropuertos, irrespeto a la separación de los poderes del Estado e incumplimiento de sentencias, acciones simbólicas como nombrar edificios institucionales con su nombre o billetes con su firma, configuran visos de autoritarismo y autocracia que la ciudadanía sintetizó en la potente consigna "No a los reyes".

Nueva era de autocratización

Estados Unidos dejó de ser una democracia liberal (que reúne los principios electoral, liberal, participativo, deliberativo e igualitario) por primera vez en medio siglo para convertirse en una Democracia Electoral con los niveles democráticos que tenía en 1966, según el Informe del Instituto V-Dem de la Universidad de Gottemburgo (Suecia) que mide indicadores para establecer el estado de la democracia en los países.

Con la firma de 225 órdenes ejecutivas (decretos) y apenas 49 leyes nuevas aprobadas por el Congreso, en el marco de un proceso de deriva autoritaria a Trump le ha valido apenas un año deteriorar la institucionalidad democrática que a líderes autoritarios como Orbán en Hungría le costó cuatro años o a Erdogán en Turquía, le tomó ocho. Trump concentró rápida y agresivamente los poderes en la Presidencia, marginando al Congreso y pasando por encima del sistema de "checks and balances" (frenos y equilibrios), que históricamente posibilitaron limitaciones judiciales y legislativas al Ejecutivo.

El Informe de V-Dem constata un alarmante desmoronamiento democrático a nivel global y el inicio de una nueva era de autocratización (77% de la población mundial vive en regímenes autocráticos versus apenas 7% en democracias liberales), en que los líderes autocráticos establecen "democracias de fachada" en que no prescinden de las urnas como instrumento de legitimidad, pero desmontan la institucionalidad con elecciones sin igualdad, Parlamentos sin verdadera autonomía, tribunales que reaccionan con lentitud a ilegalidades presidenciales, medios de comunicación amenazados, represión a adversarios políticos o universidades a las que se les quita financiamiento estatal.

Trump no podrá seguir desconociendo la creciente oposición a sus prácticas autoritarias, las fracturas internas del movimiento MAGA (Make América Great Again), las gigantescas movilizaciones ciudadanas en Estados Unidos y el mundo, ni tampoco podrá mantener por mucho tiempo una guerra de enorme impacto en que sus aliados de la OTAN no ha querido involucrarse, en miras a las elecciones de medio término de noviembre en que los demócratas podrían superar la actual mayoría republicana en el Congreso.

Mecanismos de destitución

Su deriva autoritaria le puede salir muy cara si los demócratas en la Cámara de Representantes logran impulsar un impeachment o juicio político (aunque Trump zafó de dos en su primer período por abuso de poder, obstrucción al Congreso e incitación a la insurrección) por violaciones a la Constitución, obstrucción a la justicia, conflictos de interés o manejo inadecuado de documentos clasificados (caso Epstein).

No han sido pocas las voces que han surgido entre congresistas norteamericanos (por ahora, principalmente demócratas) tras el errático comportamiento bélico de Trump, que plantean la posibilidad de acogerse al mecanismo de la sección 4 de la vigésima quinta enmienda de la Constitución, que permite al vicepresidente y a la mayoría del gabinete declarar al Presidente "incapaz" de ejercer sus funciones.

Aunque es poco probable que lleguen a aplicarse, la alicaída democracia estadounidense cuenta con mecanismos de destitución que probablemente comiencen a debatirse con mayor intensidad con el descalabro de la guerra, que para el pueblo norteamericano trae a la memoria el desgastante conflicto con Afganistán, y la traumática Vietnam. Argumentos de movilización hay muchos para una ciudadanía que ya identificó que lo que se juega es, ni más ni menos, que el régimen democrático de Estados Unidos y un país sin reyes.