El reciente incremento en los precios del gas y el petróleo, impulsado por el conflicto en Medio Oriente, amenaza con encarecer los alimentos en Chile durante los próximos meses. El alcance de este impacto dependerá, fundamentalmente, de la duración de las hostilidades, los actores involucrados y la intensidad del enfrentamiento.
Esta presión inflacionaria se transmite a través de tres canales críticos que afectan diversos eslabones de la cadena productiva: primero, el transporte. El aumento de la bencina encarece inevitablemente los fletes y los seguros de carga. Segundo, la energía, un insumo vital para las cadenas agrícolas que dependen del riego y la tecnología.
Por último, los fertilizantes. Este es quizás el punto más crítico y a su vez menos comentado. Chile importa la gran mayoría de sus fertilizantes. La experiencia de 2022 tras la invasión rusa a Ucrania demostró que el alza de la urea (fertilizante cuyos principales productores son Rusia y China) es un motor central de la inflación alimentaria global. Ese año, Chile cerró con un incremento del 25% en el precio de los alimentos, duplicando la inflación anual. Actualmente, el panorama es complejo: el Estrecho de Ormuz concentra el 13% del comercio mundial de químicos y fertilizantes, y su tránsito ha caído 95% durante marzo.
Al analizar la experiencia de 2022, se observa que las alzas se concentraron en productos con una alta dependencia importadora, como carnes, granos y aceites; estos últimos, además, actúan como insumos esenciales para la agroindustria y el sector pecuario. Debido a esta cadena de transmisión, el impacto inflacionario no fue inmediato tras el inicio del conflicto en el Donbás en febrero, sino que se manifestó con fuerza durante el segundo semestre de ese año. Aunque la tendencia perdió intensidad en 2023, los alimentos continuaron subiendo por encima de la inflación general, estabilizándose recién en 2024. Bajo este antecedente, es previsible que en la crisis actual se experimente un desfase similar: un aumento tardío en los precios, pero con una persistencia prolongada en el mediano plazo.
En conclusión, aún es prematuro asegurar que se replicará la "tormenta perfecta" de 2022, tanto a nivel global como local. No obstante, las similitudes son evidentes y exigen atención inmediata, capacidad de reacción y, fundamentalmente, el fortalecimiento de la resiliencia en nuestro sistema alimentario. No debemos olvidar que la alimentación es el pilar de la salud y la productividad; además, la inflación en este rubro impacta con mayor severidad a los hogares de menores ingresos, quienes destinan una parte más significativa de su presupuesto al consumo básico. En la práctica, este fenómeno opera con la misma lógica de una política fiscal regresiva, profundizando las brechas de desigualdad.