"He probado todo lo que ofrece el mundo y nada me satisface. Ahora quiero probar el amor de Dios, porque nada me plenifica". Frase entre lágrimas dicha por un joven esculpido por la delincuencia y consumo de drogas. Por eso que esta nueva ley que aparta a Gendarmería del trato directo con los internos en las cárceles me suena a esperanza, a íntima serenidad y melodía.
La frase mencionada al comienzo demuestra de lo que estamos hechos y que la mayor inseguridad, riesgo y peligro para la sociedad será estancar las aguas de la fontana del espíritu que fluyen desde la intimidad.
Un nuevo cuerpo de especialistas, y preparados para escuchar a los prisioneros, podrá ser capaz de caminar entre ellos con respeto, armonía y paz. Así será más factible que encuentren su identidad, vocación social, familiar o talla espiritual y religiosa que se durmió en viejos pliegues olvidados
Vivir animados por los valores, principios morales y éticos, incentiva a la responsabilidad, al arrepentimiento, al sentido del perdón y radical cambio de vida. Tan distinto al presente en donde el mal y lo oscuro se convierten en hostilidades, violencias, enfrentamientos y muertes.
Lo peor y más insólito todavía es que, las más de las veces, están urdidos cuidadosamente por algunos de los funcionarios.
Segmentar a la población penal y darle la atención debida conforme a las condiciones que ameritan será un golpe de timón importante del Estado al interior de las cárceles. Hoy están al arbitrio del caos, del abandono del apaleo y de las amenazas.
No he visto nunca éxito cuando a los criminales se les trata como tales. Sí, en cambio, cuando se les administra humanidad, diálogo, reflexión, confianza, perspectiva, educación, entendimiento, conciencia y discernimiento.
Con todo, no faltarán, por conveniencia personal, los mercaderes del terror que seguirán vendiendo el miedo y la mentira que renta siempre mucho más.
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