El silencio de un gigante y el murmullo del aula: Habermas en el adiós

Ha concluido la trayectoria vital de una de las conciencias más lúcidas y rigurosas de la modernidad tardía. La partida de Jürgen Habermas no es solo un dato biográfico en los anaqueles de la Escuela de Frankfurt; es, ante todo, un vacío que se sentirá en el corazón de cada escuela o liceo que aún cree en la palabra como territorio de paz. Nos ha dejado el filósofo de la acción comunicativa, pero nos queda su insistencia casi terca -y profundamente necesaria- en que el entendimiento es la única forma digna de habitarnos. En un tiempo donde el grito y la desacreditación parecen haberle ganado la partida al susurro, su ausencia nos obliga a redefinir el sentido de estar juntos y juntas en el espacio público.

En la sala de clases, donde el aire a veces se espesa con la urgencia del currículo y el dato frío, Habermas nos regaló un refugio: la idea de que el aula es una comunidad de habla. Él sabía, con esa sabiduría de quien vio de cerca los escombros de la intolerancia, que educar no es un ejercicio de poder vertical, sino un acto de fe en la racionalidad de los otros y las otras. Su legado nos susurra que las y los profesores no somos quienes imponemos una verdad única, sino quienes custodiamos el espacio sagrado para que la "fuerza del mejor argumento" florezca entre niños, niñas y jóvenes, sin miedos ni jerarquías asfixiantes que silencien su curiosidad natural.

Si imaginamos, por un momento, que nuestras salas de clase se transforman en un mercado comunitario de ideas. En los pasillos de esta feria simbólica, Habermas nos advertía sobre los "vendedores de humo": aquellos y aquellas que usan la palabra para manipular, para ganar una discusión a través de la falacia o para imponer su mercancía ideológica a toda costa, tratando a los demás como simples clientes de sus propios intereses. Frente a esa acción estratégica que busca el éxito individual sobre el cadáver del diálogo, él nos propuso el "Consejo de Comerciantes".

Es allí donde cada estudiante, cada profesor o profesora y cada integrante de la comunidad educativa se sienta a parlamentar en igualdad de condiciones. En ese consejo no importa quién tiene el tono más alto, sino quién ofrece una palabra cargada de verdad, sinceridad y respeto. Este sería el lugar donde las y los estudiantes aprenden que su voz solo es legítima cuando busca el bienestar de todos y todas, y donde el "nosotros" se construye piedra a piedra, palabra a palabra.

Por lo anterior, no puedo dejar de invitar con urgencia a leer a Habermas a las y los jóvenes de las escuelas y liceos de Chile, que hoy habitan un mundo de pantallas veloces y algoritmos que les están diciendo qué pensar. No lo busquen como un texto árido de examen, sino como un mapa de barreras. Leerle es descubrir que la libertad no reside en el consumo masivo de información, sino en la capacidad de decir "no" con argumentos y "sí" con convicción. En sus páginas encontrarán la llave para no ser mercancía de nadie, para ser los dueños y las dueñas de sus propios juicios y para entender que la verdadera rebeldía hoy es, precisamente, sentarse a escuchar al que piensa distinto.

Hoy, cuando la formación ciudadana parece reducirse a llenar formularios o cumplir metas de gestión, la herencia de Habermas nos devuelve a la raíz. Formar a ciudadanos y ciudadanas es, en su ética, enseñarles a reconocer en la mirada de los interlocutores y las interlocutoras una dignidad innegociable. No hay democracia sin el reconocimiento del otro; no hay justicia sin la búsqueda del consenso que nace de la honestidad de ellos y ellas.

La muerte del filósofo nos deja huérfanos de su presencia física, pero nos entrega una antorcha. ¿Estamos permitiendo que nuestros jóvenes y nuestras jóvenes hablen desde su verdad o les estamos entrenando para la competencia sorda? Habermas nos enseñó que la razón es, ante todo, un vínculo de cuidado. Importa entender que se ha ido el hombre que creyó en la palabra frente al ruido de las balas y el desprecio de la posverdad. Nos queda a nosotros y a nosotras, las y los profesoras y profesores, la tarea de que su "situación ideal de habla" no sea una utopía de papel, sino el clima cotidiano de nuestras salas de clase, porque la justicia social empieza allí donde nadie es silenciado, donde el hambre de pan se acompaña con el hambre de ser escuchados.

Que el descanso del maestro sea nuestra vigilia: la de seguir arando el desierto hasta que cada niño, niña y joven, sepa que su palabra es el crisol sagrado para transmutar los límites y fundar puentes de luz. Al final, solo nos queda la palabra, esa pequeña centella que, compartida entre todos y todas, es capaz de vencer cualquier invierno.

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