¿Quedará algo?

Ni dos mil años de historia, ni millones de creyentes, ni un poder político temporal que por siglos ha influido y modificado la vida de personas y naciones parecen salvar a la Iglesia Católica de la debacle.

Abusos, delitos. Encubrimiento, soberbia, práctica de la “cultura de la élite”, encastillamiento, temor y condena de lo diverso, cercanía al poder económico y político, moralismo para lo genital, pero no para lo social son algunos de los estigmas de la iglesia actual, que tienen a este actor político-espiritual en uno de sus peores momentos, viviendo una crisis brutal.

Soy católica, bautizada, con primera comunión al hombro. Hasta ahí llegué respecto a los sacramentos. Junto a mi familia vivimos muy cercanos a la Iglesia, desde siempre ví curas en mi casa, mis primeras lucas me las gané haciendo reemplazos en la secretaría de la actual Basílica de Lourdes. Nunca ví nada extraño.

Después, observé una iglesia y curas cercanos a nuestros miedos, esperanzas, dolores. En plena dictadura militar estaban ahí, con nosotros, desde la jerarquía hasta el cura de población. Ni santos ni diablos: seres humanos con los claros y oscuros naturales a nuestra esencia, pero cercanos a la gente, comprometidos, jugados hasta exponer sus vidas, viviendo cada día la palabra que predicaban.

Pero hoy no están los Silva Henríquez, los Baeza, Hourton, de Castro, González Cruchaga, Ariztía, Contreras y Santos, sin olvidar, que, ciertamente, hubo malas hierbas que no alcanzaron a dominar el momento.

Hoy están otros, que no sólo cometieron delitos contra niños, niñas, jóvenes; otros que se coludieron para esconder la verdad; otros que decidieron ponerse al servicio del poder; otros que optaron por castigar y oprimir la sexualidad, misma que muchos de sus integrantes vivían de forma torcida.

Pasa en Chile y el mundo, pero es en nuestro país dónde pareciera que esta crisis golpea con más fuerza. Así descubrimos a Karadima, Aguirre, Labarca, Precht, O´Reilly, Leturia, Valdés, Pérez Ruiz y Muñoz; oscuros personajes, que habrían estado mucho más cómodos en la corte del Papa Alejandro VI, felices con el oropel y la reverencia; predicando una palabra que no practicaban, condenando en público los pecados que protagonizaban en privado.  

Todos ellos, para quienes la cruz no pasa de ser un adorno, son íconos de un proceso de degeneración de la iglesia católica chilena, la que, tras la dimisión de todos los integrantes de la Conferencia Episcopal, parecen aún no entender nada. Sus miembros se encuentran en estado de perplejidad.

Esa perplejidad se expresa en declaraciones como las del cardenal Ezzati, que antes de analizar el qué, el por qué y el cómo la iglesia milenaria llegó a este estado y en lugar de proponer formas de curar heridas, iniciar la reconstrucción y recuperar confianzas, prefiere situarse en posición de víctima y perseguido, alterando las prioridades.

Lo hace cuando habla de una Iglesia víctima de un clima de “maledicencia”; lo hace cuando, refiriéndose a la detención de Muñoz, expresa “dolor por él, por su familia y por las víctimas”, en ese orden; lo hace cuando, en la misa de conmemoración de los 457 años de la arquidiócesis de Santiago, en su homilía dice: “estamos atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos, desesperados. Perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados. Nuestra confianza está en aquel que ha vencido el mal con su cruz y nos ha rescatado del dominio del mal”.

Perplejo. No entiende nada. Poco le faltó para decir “perdónalos señor, no saben lo que hacen”. Todo cae a su alrededor y él con la mirada perdida en el infinito y ni un solo gesto de contrición.

Compararse con quien o quienes sacrificaron su vida por la redención de los oprimidos, de los pobres, de los perseguidos, es no entender nada. A unos los persiguieron por su fe y mensaje político, por su compromiso con los pobres.

A él se le enjuicia por su conducta, por ser ciego, sordo y mudo, por no denunciar delitos, por negarse a admitir el secreto a voces, pero principalmente por no escuchar a quienes ingenuamente reclamaron protección del pastor, que esperaron de él la justicia que predica la fe compartida.

Sí, porque cada una de las víctimas también son o fueron católicos que siendo niños, niñas o jóvenes despertaron de la peor forma a la vida, sometidos por la mano de quienes supuestamente son portavoces de la palabra de Dios…, del buen Dios.

La Iglesia católica chilena hoy está en ruinas y no es por la “maledicencia” ni por el “mal” externo; el cáncer surgió desde dentro y quienes supieron, en lugar de extirpar el tumor, prefirieron taparlo.

En el pueblo católico brotan dolor, rabia y desesperanza, mientras una reacción lenta, forzada - a veces furiosa -, contribuye a que el desastre sea aún más grande.

Cuando este proceso acabe, ¿quedará algo?

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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