Este invierno, el norte de Chile ha recibido lluvias que no se veían hace años. Y detrás de ese dato aparentemente meteorológico hay una pregunta que la ciencia no puede dejar de hacerse: ¿Por qué este año El Niño ha sido tan distinto?
La respuesta, con datos en mano, es incómoda pero clara. Este episodio de El Niño está ocurriendo sobre un océano que ya registraba temperaturas récord antes de que el fenómeno se activara. Según explica la Organización Meteorológica Mundial (OMM), el calor que estamos viviendo este año es producto de la acción humana, lo que el fenómeno hace es liberar y amplificar un exceso de calor que el planeta ya venía acumulando. La combinación de temperaturas oceánicas récord y una tendencia sostenida de calentamiento global, configura el escenario más riesgoso desde que existen registros. No es casualidad ni es solo naturaleza cíclica: es un fenómeno natural potenciado por el cambio climático de origen antrópico.
En Chile, los números lo confirman: en la Región de Coquimbo, las siete estaciones de monitoreo de la Dirección General de Aguas -desde La Serena en la costa hasta Coirón en la precordillera- ya superaron su promedio histórico de 30 años, y el año meteorológico ni siquiera ha terminado. Ovalle acumula 143% más de lo normal; Vicuña, casi el doble. En Atacama, uno de los lugares más áridos del planeta, un solo evento de cinco días a mediados de julio dejó más de 200 milímetros de agua en localidades como Alto del Carmen y El Corral. Un análisis estadístico reciente, calculó que ese evento corresponde, en su escenario más extremo, a un período de retorno superior a 200 años, es decir, algo que, estadísticamente, no debería repetirse en dos siglos.
Ese mismo temporal, entre el 14 y 21 de julio, dejó un costo humano con al menos 10 personas muertas, más de 1.100 viviendas destruidas o dañadas, y un estado de catástrofe decretado precisamente en Huasco y Coquimbo. En La Serena, la localidad rural de Islón fue arrasada por un aluvión producto de la crecida de sus quebradas. El mismo fenómeno que promete flores ya mostró su capacidad destructiva.
Con este telón de fondo, todo indica que 2026 podría convertirse en uno de los años de desierto florido más extraordinarios de la historia reciente, comparable a los grandes eventos de 1997 y 2015-2016. Y esto importa más allá de lo estético.
El desierto florido no es solo un espectáculo de color: es la activación de un ecosistema único en el mundo, donde semillas y bulbos que permanecieron dormidos bajo tierra durante años -a veces décadas- germinan, florecen y completan en pocas semanas un ciclo de vida completo. Con la floración llegan también los insectos polinizadores, sus depredadores naturales, aves, reptiles y mamíferos que dependen de ese ecosistema efímero. Algunas de las especies que aparecen, como la garrita de león, son endémicas y están en peligro de extinción, y solo se dejan ver cuando ocurre este fenómeno. Es, en el sentido más literal, un laboratorio natural: uno de los pocos lugares del planeta donde la ciencia puede observar cómo la vida se organiza y se despliega en condiciones de extrema aridez.
Estamos frente a un año particular, a lo que se agrega un grado de complejidad del que no sabemos la consecuencia: El Niño no va a terminar con el invierno, sino que se proyecta activo e intensificándose hasta el verano, con 90% de probabilidad de alcanzar una intensidad fuerte entre octubre de este año y enero del próximo. Eso significa que las lluvias de este año no llegarán solas, sino acompañadas de temperaturas anormalmente altas en un contexto de calor oceánico récord.
No se sabe con certeza cómo esa combinación -mucha agua y mucho calor, en secuencia y de forma prolongada- afectará a sistemas ecológicos que, hasta ahora, han evolucionado bajo un patrón climático distinto. ¿Acortará el calor la ventana de floración, secando el suelo antes de tiempo? ¿Alterará los ciclos de polinización o la sincronía entre las plantas y los insectos que dependen de ellas? La ciencia todavía no puede responder con precisión, y esa es justamente la razón por la que hay que observar este desierto florido con particular atención: no solo para disfrutarlo, sino para entender qué está diciendo sobre cómo estos ecosistemas frágiles reaccionan ante un clima que ya no es el de siempre.
A esto se suma un riesgo estructural que el temporal de julio ya demostró. Los terrenos con escasa cobertura vegetal, como gran parte del norte de Chile, son mucho más vulnerables a aluviones y remociones en masa cuando las lluvias son intensas, porque no hay vegetación que retenga el agua y el sedimento. El sector de El Islón no fue un accidente aislado; fue una muestra de lo que este tipo de eventos puede provocar en un territorio así de expuesto.
Si bien la época de desierto florido promete ser extraordinaria, exige mirar con responsabilidad en dos frentes a la vez. El primero es hacia los propios visitantes, ya que el desierto florido es uno de los ecosistemas más frágiles y efímeros del planeta. Las semillas que hoy germinan demoraron meses, a veces años, en llegar hasta ahí, y un solo pisotón puede destruir en segundos un ciclo reproductivo completo, arruinando no solo esta temporada sino las que vendrán. Visitarlo "bien" implica mantenerse en los senderos habilitados, no cortar ni recolectar flores, no ingresar con vehículos fuera de ruta, y recordar que se está de paso frente a un fenómeno que no ocurre para el deleite humano, sino que se desarrolla mucho antes de cualquier visitante.
El segundo frente es hacia el fenómeno mismo, que conviene analizar. El calor y las lluvias intensas que acompañarán a El Niño hasta el verano no solo traerán flores, también seguirán poniendo a prueba territorios vulnerables, como ya lo hicieron en julio. Celebrar el desierto florido sin reconocer ese riesgo sería una mirada incompleta frente a un fenómeno que ya ha dejado muertos, viviendas destruidas y comunidades aisladas.
Este año, la naturaleza está mostrando dos caras al mismo tiempo: una de una belleza extraordinaria y otra de vulnerabilidad real. Observarlas juntas, con cuidado y sin perder de vista ninguna de las dos, es quizás la forma más honesta de mirar lo que se viene.
Fuentes: Dirección Meteorológica de Chile (DMC); Dirección General de Aguas (DGA) e INIA; Agrometeorología.cl, CEAZA, Agroclima; Vargas, J. & Vicuña, S. (2026); NOAA/ENSO; Organización Meteorológica Mundial (OMM); Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2); Instituto de Ecología & Biodiversidad; Universidad de Chile (Fac. de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza); Infobae.