La basura está contando la verdad de nuestras ciudades

En Chile estamos hablando de sostenibilidad como un ideal, pero, ¿cuánto estamos miramos y haciendo acciones sobre la realidad más cruda que la sostiene? Son nuestros residuos donde se revela, sin adornos, el nivel de madurez ambiental que tiene una ciudad o comuna. En las comunas de la Región Metropolitana, así como las de la Región de La Araucanía, la basura está contando una historia que ya no podemos ignorar.

La Región Metropolitana, con su escala gigantesca, produce del orden de 4 millones de toneladas anuales de residuos y un promedio de 1,1 a 1,3 kg por persona al día, concentrando más de un tercio del total de residuos de nuestro país. Y así es como estas toneladas de desechos generadas cada día, viajan hacia rellenos sanitarios que están llegando a su límite, mientras los microbasurales se multiplican por la ciudad y las cifras de reciclaje apenas avanzan.

Nuestra capital es el espejo de un consumo acelerado, de la poca y fragmentada planificación implementada y de una ciudadanía que quiere hacer más, pero se enfrenta a un sistema que aún no está diseñado para que la circularidad sea la regla y no la excepción.

Y mientras la región de Santiago lidia con el volumen y la presión del crecimiento, La Araucanía enfrenta una crisis de una naturaleza distinta, pero igual de profunda. Sus centros de acopio están cerrados, por lo que su infraestructura de gestión quedó insuficiente y hoy la región enfrenta un escenario insostenible en el tiempo: pagar cifras millonarias para trasladar su basura a otras regiones. Al menos la mitad de las 377 toneladas de basura producidas recorren cientos de kilómetros, cruzando fronteras administrativas para terminar depositadas en la Región del Biobío; un territorio que no generó ese desperdicio.

Esta realidad, además de ser un modelo caro, es ambientalmente negativo y territorialmente muy injusto. Si no actuamos a tiempo, implementando gestión y acción, la realidad de La Araucanía será también la realidad de otras regiones de nuestro país en pocos años más.

Avanzar hacia una red integrada de recuperación de materiales es urgente. La ciudad necesita compostar y biodigerir sus residuos orgánicos, los que representan más del 50% del total producido. El objetivo es reducir emisiones, mejorar suelos, generar energía y aliviar la presión sobre rellenos que ya están en su fase final. La valorización puede convertirse en una infraestructura verde tan importante como el transporte o el agua. Santiago tiene los recursos y la capacidad para hacerlo; lo que falta es decisión política y coordinación metropolitana real. Algunos municipios han iniciado iniciativas, pero aún es un esfuerzo pobre y aislado que no está impactando.

La Araucanía, en cambio, posee una oportunidad distinta: aprovechar su identidad territorial y su vínculo cultural con la tierra para construir un modelo circular basado en orgánicos, en restauración ecológica y en circuitos cortos de valorización. Con su tradición agrícola, la experiencia comunitaria y el conocimiento ancestral mapuche sobre manejo de suelos y biodiversidad, podría transformar los residuos orgánicos en compost, energía y recursos para revitalizar ecosistemas deteriorados. Lo que hoy es una carga financiera podría convertirse en un sector productivo, con plantas intercomunales de compostaje, biodigestores rurales, centros de clasificación y sistemas que reduzcan la dependencia externa.

Tenemos en Chile un desafío común: dejar de pensar en la basura como un problema y empezar a tratarla como un recurso estratégico. La respuesta no está solo en más camiones ni más rellenos, sino en rediseñar la relación que las personas tienen con lo que desechan, en construir gobernanzas públicas y privadas que miren más allá de un período municipal, y en activar a los ciudadanos como parte del sistema y no como espectadores.

La basura habla de nuestras ciudades y es la evidencia de un modelo que se agotó. Y la pregunta ya no es si debemos transitar hacia la economía circular, sino si tendremos la capacidad de hacerlo antes de que el costo humano, financiero y ambiental nos pase por encima.

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