Una respetuosa crítica a "Crisis y Misión 2026"

La reciente carta del cardenal Fernando Chomali a la Arquidiócesis de Santiago, titulada "Crisis y Misión 2026" , se presenta como un diagnóstico de la realidad eclesial chilena. Sin embargo, desde la perspectiva del movimiento Izquierda Cristiana, y del pensamiento de teólogos como Frei Betto y Leonardo Boff, el diagnóstico resulta no solo insuficiente, sino "ombliguista". Mientras monseñor Chomali se lamenta por la baja en los sacramentos y el número actual de fieles, la tradición que expresa la teología de la liberación nos recuerda que el problema no es que la Iglesia Católica chilena hoy sea irrelevante, sino que ha dejado de ser profética.

El texto resulta inquietante, no por lo que dice, sino por lo que calla.

Estamos ante un documento que parece más preocupado del número de fieles que de los grandes pecados sociales que se consolidan diariamente en nuestra sociedad, la liberación de los oprimidos, como una tarea central de la iglesia, aparece ausente.

El cardenal se alarma legítimamente por el descenso de 70% a 44% de católicos y la falta de relevancia de la iglesia. No obstante, su propuesta de solución se agota en lo intra-eclesial: más oración litúrgica, más adoración y mejores equipos de liturgia. No es primera vez que se plantea esta cuestión en la Iglesia Católica.

Para Leonardo Boff, esta obsesión por las cifras es el síntoma de una iglesia que se mira al espejo; y sostiene que el rol del catolicismo hoy no es reclutar fieles para mantener estructuras, sino ser profeta, que denuncie cómo el sistema económico está asesinando a la "Madre Tierra" y a los pobres.

Donde monseñor Chomali ve una crisis de trasmisión de la fe, Boff vería una crisis de coherencia: la gente no se aleja de Dios, se aleja de una institución que parece más preocupada de sí misma que del clamor de los invisibilizados y marginados.

¿Dónde en el texto está la palabra para el mundo "real"? Mientras el documento se detiene en la "belleza de las celebraciones", ignora el ejemplo de figuras como Alberto Hurtado, Clotario Blest, Radomiro Tomic, Rafael Agustín Gumucio, Blanca Rengifo, Karoline Meyer, entre muchísimos/as más, quienes entendieron que la fe no se juega en el rito, sino en la justicia social.

En un Chile cruzado por la desigualdad, el documento no dedica una sola línea a la dignidad del trabajo, a la precarización económica o a la necesidad de una palabra clara de los pastores de la iglesia que cuestione las estructuras del capital. Santiago de Chile está lleno de injusticias, marginaciones, violencia, como para no decir nada sobre esos pecados sociales que aquejan a la comunidad. Que pronto parecen olvidarse las enseñanzas del papa Francisco.

Para el cardenal, la misión parece reducirse a que los católicos participen en juntas de vecinos o en cuerpos de bomberos, una visión de voluntariado que ignora el mandato profético de transformar las estructuras sociales. Ante el mismo fenómeno, Frei Betto, por el contrario, nos habla de la "caridad política", porque el cristiano no está llamado solo a ser un buen vecino, sino a ser un sujeto político que combata las causas estructurales de la pobreza.

Se menciona la cultura sinodal, pero en la práctica se propone una iglesia donde los laicos asuman tareas para que los sacerdotes no sufran agobio y cansancio. Esta es una visión funcionalista del laicado, no una verdadera opción por el protagonismo del pueblo de Dios. No hay un llamado a que el laico sea el motor de la política y la economía, sino un auxilio para mantener abierta la parroquia.

Esta es la antítesis de la Eclesiología de Boff, quien propone una "reinvención de la iglesia" desde las comunidades de base. Para Boff y Betto, el laico no es un funcionario de apoyo, sino el verdadero protagonista. La sinodalidad no es "decidir en conjunto" cómo administrar la escasez de curas, sino devolverle el poder al pueblo de Dios para que la Iglesia Católica sea, en palabras de la Izquierda Cristiana, una herramienta de liberación y no un sostén más de la opresión.

La "opción por los pobres", base de las conferencias latinoamericana de obispos de Medellín y Aparecida, aparece ausente en la carta, reemplazada por una preocupación por la "soledad" y el "vacío espiritual". Lamenta que jóvenes abandonen la fe. Pero elude la pregunta ¿las instituciones de educación católica han hecho otra cosa que reproducir el modelo de dominación capitalista-neoliberal?, y acaso no han sido escuelas de justicia social, sino reproductoras de la segregación y desigualdad que se vive en Chile.

Si el pensamiento aristotélico-tomista ya no remece a los jóvenes, quizás no es por un problema de lenguaje, sino porque ese pensamiento ha sido usado a menudo para justificar y sostener el statu quo.

"Crisis y Misión 2026" es el llamado de un pastor que ve como se empequeñece la Iglesia Católica y busca solo en la espiritualidad un refugio ante su irrelevancia social de hoy. Pero el Dios de Jesús no se encuentra en las estadísticas de bautizos, sino en la lucha por la justicia. Una misión que no incluya la opción preferencial por los pobres y la defensa de la dignidad humana en el mercado y la política, no es tal.

Uno de los desafío de la Izquierda Cristiana y o de los cristianos de izquierda es recordar que la iglesia -pueblo de Dios- solo se salva cuando está dispuesta a "perderse" en la lucha por la dignidad humana, allí donde el mercado, el individualismo y la exclusión hoy imponen su ley. Esa es la misión.

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