Después de semanas en que tenemos menos autos y menos bocinas, donde las calles de las ciudades parecen respirar con trayectos más fluidos; llegó marzo. Y con su llegada, es una vuelta a la rutina y la ciudad vuelve a su estado habitual de congestión. Los tiempos de traslado se disparan, las autopistas saturadas y las calles simplemente ya no dan más.
Esa breve ilusión que sentimos los que vivimos en ciudad de una movilidad eficiente, desaparece con la despedida del verano.
No es solo una percepción. En Chile el parque automotriz sigue creciendo mientras las calles mantienen su estructura. El año 2024 presentó un aumento de 2,9% respecto al año anterior, con más de 188 mil vehículos adicionales circulando por el país y más de un tercio de estos se concentran en la Región Metropolitana.
Y aunque el parque automotriz sigue creciendo, la mayoría de las personas utilizan el transporte público. En el Gran Santiago, el 54% de las personas utiliza transporte público para ir a trabajar, mientras que alrededor del 29% lo hace en automóvil particular. Los desplazamientos en automóvil pasaron de 4,1 millones en 2012 a más de 6,1 millones en 2024.
La paradoja urbana es evidente: cada vez hay más autos ocupando más espacio urbano para transportar menos personas. En otras palabras, nuestras ciudades no están solo creciendo: están motorizándose más rápido de lo que pueden adaptarse.
Sin embargo, reducir la discusión de movilidad a sólo infraestructura es un error. Construir más autopistas, ensanchar calles o agregar pistas rara vez resuelve el problema estructural. La movilidad urbana es también; y quizás sobre todo, una cuestión cultural, es: educación vial.
Las malas prácticas, sumadas a maniobras riesgosas, falta de respeto por la señalización o el uso inadecuado de las pistas, generan congestión incluso cuando la infraestructura existe. La movilidad inteligente necesita, además de infraestructura, de conductores que entiendan que la vía es un espacio compartido.
Las ciudades que han avanzado en movilidad sostenible han entendido esto hace tiempo. La tecnología ayuda, pero el cambio cultural es fundamental. Las campañas de educación vial, la formación temprana en colegios y una fiscalización efectiva son piezas clave para mejorar la convivencia en el espacio público.
En un contexto donde la movilidad urbana evoluciona hacia sistemas integrados, eficientes y sostenibles, Chile debe avanzar con decisión hacia un modelo de smart mobility que combine infraestructura inteligente, transporte público robusto y gestión de datos en tiempo real con el componente humano: la forma en que nos movemos, nos comportamos y entendemos el espacio vial. El desafío no es solo modernizar las ciudades, sino modernizar la cultura de movilidad.
Solo cuando conectemos tecnología, planificación y educación vial podremos construir ciudades verdaderamente inteligentes, donde moverse no sea una batalla diaria, sino una experiencia segura, eficiente y humana.
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