Hay una pequeña amargura, casi doméstica, que se te instala en el pecho cuando ves que lo que es de todos se usa como si fuera de unos pocos. Pero lo que de verdad da mucha vergüenza, lo que te hace querer apagar la televisión y salir a que te dé el aire en la cara, es ver a quienes deberían ser nuestros ojos y oídos convertidos en los porteros de la impunidad. El periodismo nació para ser la piedra en el zapato del poder, no su alfombra roja, y hoy esa piedra parece haberse convertido en un cojín de plumas de Ikea.
Es desolador. Mientras nos hablan de emergencia nacional y de un país que no llega a fin de mes, la sede del Gobierno, ese lugar que debería ser el templo de la sobriedad, se transforma en el salón de eventos para el festejo personal del Presidente con sus compañeros de curso. La pregunta que nos nace a todos, con la sencillez de lo obvio es ¿por qué no lo hizo en su casa? La respuesta no está en quién pagó el austero tartar de tomates, el vino tinto, el puré rústico y la plateada al jugo, sino en la desidia de usar El Palacio de La Moneda para imprimir las invitaciones con el escudo nacional y letras doradas y disponer del tiempo de los trabajadores fiscales mientras el reloj del Estado marcaba horas de servicio.
Pero lo más crudo es el espectáculo de la complicidad. Escuchas a Consuelo Saavedra decir, con una ligereza que espanta: "El otro día hizo un encuentro con sus compañeros de curso y ya lo están molestando". Ves a Iván Valenzuela asintiendo, como quien justifica un pecado de barrio: "Yo lo leí y él con Pía Adriasola habían pagado ellos... él compró la carne". Como si la dignidad de la Nación se midiera en kilos de pulpa o de lomo.
Y entonces llega el remate, ese que te deja helada de pura rabia. Repenning lanza: "Convengamos que por otro lado se está ahorrando una casa presidencial". Un "seco Repe" resuena de vuelta, y él, coronando la desvergüenza, pregunta: "¿Cuál es el escándalo entonces?". El escándalo, señores, es que La Moneda es el patrimonio de la Nación, no un quincho para sacarse la nostalgia universitaria. El escándalo es que ustedes, que deberían encender la luz, están ayudando a correr las cortinas.
Ya lo decía el maestro Ryszard Kapuściński: nuestra labor no es pisar las cucarachas, sino "prender la luz para que la gente vea cómo corren a ocultarse". Esa es la verdadera tarea de nosotros los periodistas. Cuando un comunicador apaga esa luz para proteger un almuerzo oficial o para ningunear a los que aún tienen la decencia de fiscalizar, está traicionando el corazón de su oficio.
Fiscalizar es un ejercicio solitario. Quién vigila al poderoso suele caminar contra el viento, recibiendo el látigo del desprestigio. Por favor, no permitamos que el amiguismo nos robe la mirada. Si el periodista se convierte en el relacionador público de turno, nos quedamos a oscuras. Y el deber de este oficio, el que yo entiendo aprendí, al menos, es que esa luz no se apague nunca, por mucho que a algunos les moleste que la claridad les desnude el privilegio.