León XIV: la fortaleza serena (o la fuerza de la serenidad)

Ya se cumple un año de la elección del cardenal Robert Francis Prevost como el 267° papa de la Iglesia Católica. Elección que fue considerada como una completa sorpresa debido a que, para utilizar una imagen bíblica, hubo un "diluvio" de publicaciones en los medios de prensa sobre quienes podrían ser elegidos y lo complejo que iba a resultar el cónclave, cálculos que terminaron en un abrumador fracaso, porque la elección fue rápida y no apareció ninguno de los nombres que circulaban en los titulares.

En el lapso de apenas un año ya cuesta hacer un balance de su pontificado porque éste ha sido extraordinariamente prolífico y con repercusiones políticas impensadas. De ahí que prefiera presentar algunos aspectos que me parecen relevantes.

En primer lugar, este hombre de fe es también Licenciado en Matemática por lo que muestra en su persona que ciencia y fe no se excluyen. De ahí que no extrañe que en su homilía en la misa con el Colegio Cardenalicio (9 mayo, al día siguiente de su elección) haya dicho que "son muchos los contextos en los que la fe cristiana se considera un absurdo, algo para personas débiles y poco inteligentes". No sólo razón y fe no son opuestas, sino que la ciencia tiene mucho de fe y la fe tiene su razonabilidad.

En segundo lugar, llevó a término una exhortación apostólica sobre el cuidado de la iglesia por los pobres y con los pobres, titulada Dilexi te, que su antecesor, el papa Francisco, estaba preparando en sus últimos meses de vida. Es, por tanto, un escrito "a cuatro manos", tal como lo fue la encíclica Lumen fidei, que empezó a escribir Benedicto XVI y concluyó Francisco. Baste citar un par de pasajes de Dilexi te que reflejan su pensar y sentir a este respecto.

Cuando se refiere a los padres de la iglesia y los pobres, León XIV resume diciendo "que la teología patrística fue práctica, apuntando a una iglesia pobre y para los pobres, recordando que el Evangelio sólo se anuncia bien cuando llega a tocar la carne de los últimos, y advirtiendo que el rigor doctrinal sin misericordia es una palabra vacía" (n. 48). Recuerda también que en el Antiguo Testamento "Dios es presentado como amigo y liberador de los pobres, aquel que escucha el grito del pobre e interviene para liberarlo (cf Sal 34,7). Dios, refugio del pobre, por medio de los profetas -recordemos en particular a Amós e Isaías- denuncia las iniquidades en perjuicio de los más débiles y dirige a Israel la exhortación a renovar también el culto desde dentro, porque no se puede rezar ni ofrecer sacrificios mientras se oprime a los más débiles y a los más pobres. Desde el comienzo, la Escritura manifiesta con mucha intensidad el amor de Dios a través de la protección de los débiles y de los que menos tienen, hasta el punto de poder hablar de una auténtica 'debilidad' de Dios para con ellos" (n. 17). Efectivamente, rezar, ofrecer sacrificios y explotar es aberrante para Dios. Es la razón más importante en el Antiguo Testamento por la que Dios, a través de los profetas, rechaza el culto que le están ofreciendo.

Y en el número anterior, a propósito de la opción de Dios preferencial por los pobres, ha dicho: "Esta 'preferencia' no indica nunca un exclusivismo o una discriminación hacia otros grupos, que en Dios serían imposibles; esta desea subrayar la acción de Dios que se compadece ante la pobreza y la debilidad de toda la humanidad y, queriendo inaugurar un Reino de justicia, fraternidad y solidaridad, se preocupa particularmente de aquellos que son discriminados y oprimidos, pidiéndonos también a nosotros, su iglesia, una opción firme y radical en favor de los más débiles" (n. 16). Por eso que en una de sus catequesis sobre la Constitución Dogmática Lumen gentium (= luz de los pueblos), que es un documento del Concilio Vaticano II sobre la iglesia, ha dicho que "no existe una iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia" (Audiencia General 4 de marzo 2026). Insiste y refuerza este compromiso eclesial en su más reciente catequesis indicando que "la iglesia custodia una esperanza que ilumina el camino, y tiene también la misión de pronunciar palabras claras para rechazar todo lo que mortifica la vida e impide su desarrollo, y para tomar posición a favor de los pobres, los explotados, las víctimas de la violencia y de la guerra y de todos los que sufren en el cuerpo y en el espíritu" (Audiencia General 6 de mayo 2026).

En tercer lugar, en una parte de su breve pero contundente homilía pronunciada en el Domingo de Ramos, dijo: "Hermanos y hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: 'Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!' (Is 1,15)". Tal como lo hizo el profeta Miqueas, ha denunciado otro vicio, el que podríamos llamar "teología de la opresión", que consiste en legitimar religiosamente la opresión y la violencia. Estas declaraciones generaron reacciones de líderes políticos, la mayoría positivas y algunas negativas, como la furibunda y destemplada respuesta de la patética caricatura de un reyezuelo infantil, caprichoso, narcisista, pero poderoso y destructivo, que bien se podría identificar con el "cuernito bocón" de Daniel 7, 8.11, un violento rey sirio que gobernó en Palestina en el s. II a.C., prohibiendo la práctica de la religión judía, y al que hace alguna referencia también Apocalipsis 13,5 donde aparece como una "Bestia bocona".

Esta fortaleza serena, muestra al menos dos aspectos de relevancia. En cuanto fortaleza, que el seguimiento de Jesús no puede ser reducido a un sentimiento interior romántico, sino que conlleva tomar opciones existenciales en favor de la justicia, del bien común, de la humanización, de la protección de los más desvalidos; y, por tanto, denunciar y buscar transformar todo lo que oprime, esclaviza, manipula, tanto a nivel social como personal. En cuanto serena, dos dimensiones. Por una parte, que no es agitada ni gritona, porque se basa en la esperanza inconmovible que brota de nuestra fe que nos enseña que somos buenos, hemos sido hechos para el bien y que, en definitiva, lo que triunfará es el bien, no el mal. Por otra parte, que es no-violenta. La no-violencia es una fuerza que ejerce presión por medios no-violentos. Busca la liberación y la conversión. Libera al oprimido de su opresión y al que lo oprime de su ser opresor para convertirlo a la justicia y a la fraternidad, siguiendo, una vez más, el ejemplo de Jesús y así ir transformando el mundo según el sueño o proyecto de Dios.