Se suele hablar en la discusión pública de "oficialismo" y "oposición", así, sin más, para referirse a los actores que conforman nuestro sistema político. "Yo creo que la estrategia de la oposición que busca complicar al gobierno", "el oficialismo que busca apurar su megaproyecto", y un sinfín de declaraciones, reflexiones y comentarios que utilizan ambos conceptos sin mediar su alcance y significado.
Esta categorización es simple y, de hecho, solía ser bastante explicativa cuando Chile se ordenaba en torno a dos coaliciones estables. Permitía modelar el comportamiento de los actores políticos y operar como heurística ciudadana: facilitar los flujos de información cuando estos tomaban posiciones. Pero el sistema de partidos ha cambiado radicalmente desde entonces y con ello la forma en que se articulan los gobiernos y quienes no forman parte de él. Asimismo, la manera en que deberíamos analizarlos. Esto último será el centro de nuestra reflexión.
¿Tiene sentido hablar de oficialismo y oposición frente a la coyuntura actual? Sostengo que esta división confunde más de lo que aclara.
La literatura académica ha documentado en buena medida la fragmentación del sistema de partidos chileno y sus consecuencias. Especialmente para el funcionamiento del Congreso. Pero paradójicamente ha puesto escasa atención al suceso quizás más interesante derivado de esta decadencia partidaria y que bien cabría considerar para responder la pregunta formulada. El tipo de estructura gubernamental que ha acompañado a los dos últimos presidentes que llegaron a La Moneda.
Si bien la fragmentación partidaria se agudizó -tras la reforma del sistema electoral-, tanto Sebastián Piñera como Michelle Bachelet asumieron la presidencia con una sola coalición gobernante. Gabriel Boric y José Antonio Kast, en cambio, reformularon la apuesta al establecer gobiernos de dos coaliciones. Lo que, por cierto, supondría una anomalía en un sistema presidencial. Una fuente de inestabilidad permanente donde cabría esperar un aumento en los costos de transacción para lograr acuerdos y sacar proyectos de ley adelante.
Si las coaliciones difieren en términos de ideas y objetivos, como ha sido el caso en ambos gobiernos, esto se agudiza.
Pero lo más curioso no es solo esta extraña composición, sino especialmente la reticencia de quienes gobiernan, lo fue con Boric y ahora con Kast, de querer avanzar hacia un gobierno de una sola coalición. Dicho de otro modo: intencionalmente han preferido una fórmula que es disfuncional para su administración.
Por ejemplo, Chile Vamos, y particularmente la UDI, ha empujado abiertamente la idea de una coalición única, pero la negativa ha venido desde el propio Partido Republicano. Boric, por su parte, tampoco hizo gestiones grandilocuentes en esa dirección durante su mandato.
¿Es razonable entonces usar la categoría de "oficialismo" si un gobierno se estructura a partir de dos coaliciones, con ideas, formas y objetivos que son sustantivamente diferentes? Si se sigue esta lógica poco nos dice el concepto "oficialismo"; y en efecto, las dificultades derivadas de dicha ambigüedad, al igual que con el gobierno anterior, ya se están comenzado a percibir.
Respecto a la "oposición" sucede algo similar, pero es todavía más difuso. Primero por el Partido Nacional Libertario, que, pese a haber integrado el pacto oficialista decidió asumir un rol -a su juicio- de "oposición interna". Un oxímoron que solo permite aclarar todavía más lo desdibujado que está el tablero político y lo poco útil que resultan categorías como oficialismo y oposición.
En simple, los libertarios no entran en la lógica progobierno y evitan asumir los costos de disciplina legislativa, mientras condicionan sus apoyos a dinámicas puramente transaccionales. Es justo decir, eso sí, que tampoco recibieron los beneficios habituales del "oficialismo": no tienen ministros y no integran el comité político.
Por otra parte, en la izquierda el escenario está dividido. Una de ellas materializada en el Frente Amplio y el Partido Comunista, que asumieron un rol de obstruir todo lo que venga del Presidente; y otra, los partidos de centroizquierda que a ratos intentan desmarcarse, pero que navegan sin rumbo alguno y adolecen de coordinación incluso entre ellos mismos.
Respecto al Partido de la Gente, éste no cabe en ningún eje convencional. Con 14 diputados conseguidos casi de la nada, finalmente quedó como una bisagra de facto. Pasó a ser un actor que negocia voto a voto sin un norte ideológico discernible. Que se le agrupe junto al resto bajo el rótulo de "oposición", simplemente porque no integra el pacto de gobierno, es de nuevo el tipo de simplificación que conviene cuestionar y eludir de nuestra reflexión política.
¿Qué queda, entonces, de la dicotomía empleada? Lo justo para señalar quién está en La Moneda y quién no. Pero demasiado poco para seguir explicando con ella un tablero que hoy exige otras categorías intelectuales para ser leído. Ordenar empieza, en este momento, por reconocer nuestro desorden.