A fines de abril asistí a la celebración del Día Mundial de la Propiedad Intelectual en la Universidad de Talca, invitado a participar en un panel de discusión. El tema propuesto era, al menos para mí, inesperado: propiedad intelectual y deporte. La OMPI había definido esa temática para las celebraciones de este año, pero debo reconocer que, cuando recibí la invitación, me costó ver de inmediato la relación. Estoy más acostumbrado a pensar la propiedad intelectual en ámbitos como la biomedicina, los alimentos, la minería o las tecnologías industriales, donde la innovación suele asociarse a laboratorios, plantas piloto, patentes complejas y largos procesos de transferencia tecnológica.
Sin embargo, bastó escuchar la charla principal de Diego Uribe, destacado corredor nacional que acababa de ganar la categoría 10K de la Maratón de Santiago, para que esa distancia aparente comenzará a desaparecer. Su exposición mostró con gran claridad algo que a veces olvidamos: el deporte de alto rendimiento es también una frontera tecnológica. Detrás de una marca, de una medalla o de una décima de segundo, puede haber años de investigación en materiales, biomecánica, fisiología, diseño, análisis de datos y equipamiento especializado. Y allí donde existe innovación, tarde o temprano aparece también la propiedad intelectual.
Los ejemplos son conocidos, pero siguen siendo ilustrativos. El traje de natación Speedo LZR Racer, utilizado masivamente en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, incorporó desarrollos en materiales y diseño hidrodinámico que redujeron la resistencia al agua y estuvieron asociados a una impresionante cantidad de récords mundiales. Algo similar ocurrió, años después, con las zapatillas Nike Vaporfly, cuya combinación de espuma avanzada, geometría de suela y placa de carbono abrió una discusión global sobre hasta dónde llega la innovación legítima y dónde comienza una ventaja tecnológica difícil de igualar. En ambos casos, la propiedad intelectual no fue un adorno jurídico posterior, sino parte del modo en que esas mejoras se protegieron, se posicionaron y se transformaron en ventajas competitivas.
Pero más allá de la casuística, el deporte tiene una característica que lo vuelve especialmente atractivo para universidades y centros de investigación: en él, las mejoras mínimas pueden ser decisivas. En la mayoría de las industrias, la innovación debe producir cambios sustanciales en costos, productividad, durabilidad o desempeño para justificar su adopción. En la competencia deportiva, en cambio, una mejora de décimas de segundo, de algunos centímetros o de una fracción casi imperceptible de eficiencia puede separar el triunfo del anonimato. Esa diferencia, que en otro mercado sería marginal, en una pista, una piscina o una cancha puede ser histórica.
Esto convierte al deporte en un campo particularmente fértil para la innovación incremental. No siempre se requiere una tecnología completamente disruptiva; a veces basta con ajustar un material, rediseñar una superficie, mejorar una medición, optimizar un gesto técnico o adaptar un dispositivo a las condiciones reales del atleta. Más aún, muchas veces no es necesario recorrer todo el largo camino del escalamiento industrial. En otros sectores, una invención debe pasar por pruebas, validaciones regulatorias, producción en serie y adopción comercial antes de mostrar impacto. En el deporte, en cambio, el prototipo puede llegar directamente a la pista. Y si funciona, su validación puede ocurrir ante millones de personas, en el instante exacto en que alguien cruza una meta.
Hay, además, una dimensión más profunda. Los deportistas de alto rendimiento y los científicos comparten más de lo que parece. Ambos trabajan con una mezcla de disciplina, obsesión y esperanza. Ambos soportan rutinas que desde afuera pueden parecer incomprensibles. Ambos aceptan sacrificios personales y profesionales difíciles de explicar: años de entrenamiento para mejorar una marca por milisegundos; años de laboratorio para entender la íntima relación entre dos moléculas. En ambos casos, el reconocimiento público suele llegar tarde, si es que llega. Y, sin embargo, persisten.
Quizás por eso la relación entre propiedad intelectual y deporte no debería sorprendernos tanto. La propiedad intelectual, en su sentido más noble, no protege solamente objetos, marcas o fórmulas. Protege también trayectorias de esfuerzo acumulado. Reconoce que detrás de una innovación hay tiempo, riesgo, método y creatividad. En el deporte, como en la ciencia, el resultado visible suele ser apenas la superficie de una historia mucho más larga.
Para quienes trabajamos en innovación basada en ciencia, el deporte ofrece una lección valiosa. Nos recuerda que el impacto no siempre se mide en grandes transformaciones industriales; a veces se mide en una pisada más eficiente, en una brazada menos resistente, en una decisión técnica tomada una fracción de segundo antes. Y nos recuerda también que, en ciertos ámbitos, una pequeña mejora puede cambiarlo todo.
Tal vez esa sea la conexión más hermosa entre ciencia, deporte y propiedad intelectual: las tres descansan sobre la convicción de que vale la pena perseguir lo casi imposible. Que tiene sentido dedicar años a una pregunta que pocos entienden, a un movimiento que nadie percibe o a una mejora que apenas se puede medir. Porque cuando finalmente ocurre, cuando el velocista cruza primero la meta, aunque sea por un instante, es la persona más rápida del mundo. Y cuando el científico descifra el misterio que persiguió durante años, aunque sea por un instante, es la única persona en el mundo que conoce esa verdad. En ambos casos, ese momento fugaz justifica una vida entera de disciplina, sacrificio y esperanza.