Al observar el panorama político chileno, y mundial, donde muchas decisiones de quienes ostentan el poder suelen dañar a millones de personas que no merecen esos brutales castigos, emerge la espontánea pregunta: ¿Cuánta maldad hay detrás de todo esto?
Si ejecutivos de farmacias con millonarios sueldos se coluden para incrementar artificialmente el precio de medicamentos que la población vulnerable necesita y altos oficiales de la policía arman un montaje para enviar a la cárcel a comuneros mapuche; es porque debe haber una concentrada dosis de vileza en estos actos. Esta preocupación crece cuando la ciudadanía atónita observa que quienes están a cargo de un país implementan medidas que lesionan aún más la precaria situación de gente pobre y otros que con su amplio poder en todo el planeta cometen atrocidades contra inocentes.
Ante este cuestionamiento, una consoladora respuesta se ha venido popularizado entre científicos tan sagaces como excéntricos. Se trata de la llamada Navaja de Hanlon, un principio que sugiere lo siguiente: "Nunca atribuyas a la maldad aquello que puede explicarse adecuadamente por la estupidez". Navaja porque recomienda cortar toda explicación distractora y Hanlon por el apellido de quien en la década de los '80 habría formulado esta regla.
La oración parece invitar a la prudencia del juicio: antes de suponer perversidad, consideremos la imbecilidad. En otras palabras, "no son malvados, son tontos". Una tesis que, además de compasiva, tiene el encanto de rebajar el drama moral a un mero problema de capacidad intelectual.
La propuesta parece atractiva si se considera que la psicología cognitiva lleva décadas demoliendo la imagen del ser humano como un decisor racional. Los trabajos de Daniel Kahneman y Amos Tversky demostraron que incluso individuos con sólida formación académica y vasta experiencia laboral se equivocan en la toma de decisiones debido a un mal manejo de la complejidad que los agobia. Según este planteamiento, el pueblo siempre estaría expuesto a la torpeza de sus gobernantes pues la realidad es inexorablemente compleja.
La ciencia política también hace su aporte. Herbert A. Simon introdujo el concepto de racionalidad limitada para explicar cómo deciden los seres humanos ante restricciones de tiempo, energía e información. Ante abrumadores aprietos, no solo menosprecian lo óptimo, sino que eligen aquello que permite salir del paso. El riesgo es que cuando los estándares son bajos, lo que es suficiente para zafar de un apremio puede ser socialmente desastroso.
Frente a estas posturas, el filósofo Edgar Morin realiza una entretenida analogía considerando que tanto respirar como pensar son actividades vitales, y que cuando se respira mal, la alarma llega de inmediato al individuo ya sea como asfixia, congestión nasal u otro síntoma. Sin embargo, cuando se piensa mal, la alarma no llega de inmediato, incluso jamás llega.
Este cúmulo de argumentos invita a considerar a los actos perversos como simples errores de cálculo. Así, la explicación científica se convierte, sin quererlo, en una coartada que se debe aprovechar. Y es precisamente ahí donde la Navaja de Hanlon se vuelve peligrosa porque incluso legalmente permite reinterpretar el dolo como negligencia. El corrupto pasa a ser un "sobrepasado", el mafioso un "desadaptado" y el vil un "descuidado".
Entonces, asumir que se está en manos de estúpidos más que de malvados, tranquiliza el alma. El problema es que esa tranquilidad puede ser evolutivamente costosa. Las teorías sobre cooperación humana muestran que las sociedades prosperan cuando identifican y sancionan a quienes premeditadamente dañan a la comunidad. Pero si esos comportamientos logran camuflarse como torpeza, el sistema inmunológico social falla. No detecta la premeditada agresión y no se defiende ante ella.
En resumen, si la mayoría de chilenos y chilenas concede cierta indulgencia al perverso porque asume que gran parte de su comportamiento se debe a su carencia de inteligencia, la sociedad no producirá tontos. Producirá estrategas. Porque probablemente muchas de las decisiones que indignan no sean producto de la estupidez, sino de una inteligencia perfectamente adaptada a un ecosistema defectuoso. En efecto, no hay disfraz más eficaz para la maldad que la apariencia de tontera.
Así, tal vez la sabiduría consiste en no asumir maldad automáticamente, pero tampoco descartarla con ligereza. Quizás en Chile sea mejor observar a los individuos y su entorno para luego preguntarse no solo si alguien se equivocó, sino si alguien tenía razones para "equivocarse". Ahí la Navaja de Hanlon pierde filo.