La IA está redefiniendo la vida urbana

Cuando en el 2015 salí a las calles a preguntar de smart cities, pocos entendían el concepto, muchos menos de lo que implica implementar estrategias basadas en él. Han pasado 10 años desde entonces y aunque ya estamos hablando de "ciudades inteligentes", en la práctica seguimos operando bajo una lógica reactiva; actuando cuando el problema ya explotó. Tacos interminables en marzo, episodios críticos de contaminación en invierno, sistemas de salud colapsados en momentos predecibles, calles inundadas y/o basura sin gestión.

La inteligencia artificial (IA) viene a tensionar esa inercia. No como una promesa futurista, sino como una realidad concreta que ya está redefiniendo cómo funcionan las ciudades en el mundo. La pregunta incómoda es evidente: ¿estamos preparados para que parte de las decisiones urbanas de la ciudad no las tomen personas, sino algoritmos?

Tenemos ejemplos de ciudades que se anticipan y no llegan tarde. En Barcelona han implementado sistemas de semáforos inteligentes basados en IA que ajustan los flujos en tiempo real. En Londres, estos sistemas han permitido reducir la congestión en torno a 12%, mejorando tiempos de traslado y emisiones. Más radical aún es el caso de Helsinki, Finlandia, donde la integración de la inteligencia artificial en plataformas de movilidad ha reducido la dependencia del automóvil en cerca de 20%. No es solo eficiencia: es un cambio cultural impulsado por la tecnología.

Estas ciudades han entendido que smartcity no es un slogan promocional, sino una cultura implementada desde la calle y las necesidades de las personas que la habitan.

Pero, nuestra capital, Santiago, en un contraste abismante, sigue operando con sistemas fragmentados, donde transporte, planificación urbana y datos funcionan aislados unos con otros, sin coordinación, sin sinergia y por ende, desperdiciando todas las oportunidades de desarrollo eficiente. Entonces, con estas condiciones, la IA no puede desplegar su potencial porque aún no se cuenta con una integración de su propia información.

La evidencia internacional muestra impactos difíciles de ignorar y que deben ser un objetivo a alcanzar para Santiago y cualquier ciudad de nuestro país. Estonia ha implementado un gobierno digital que ha reducido hasta 70% la carga administrativa mediante automatización inteligente. Las experiencias muestran que los sistemas de optimización urbana pueden mejorar flujos de tránsito hasta en 30% o más frente a esquemas tradicionales. Y no se trata de futurismo, sino de eficiencia operativa medible; la misma que en ciudades que hablan de smartcity, están implementadas y no sólo son parte de un discurso. Ciudades como Singapore o Amsterdam han entendido que no basta con implementar tecnología. Estas ciudades implementan en paralelo un diseño de gobernanza, regulación y participación ciudadana desde el inicio. Ese es el verdadero diferencial. No la IA en sí, sino cómo se gobierna.

Y cuando no se trata de un mero discurso, se adoptan herramientas tecnológicas basadas en IA que van a lograr la eficiencia considerando a las personas como el centro de todo. Porque sin una discusión profunda y un verdadero plan que incluya una educación participativa se tienen "ciudades tecnocráticas", esas que no sólo no consiguen sinergizar sus iniciativas, sino que tampoco logran conectar sus datos con las necesidades de sus habitantes. Un ejemplo de ciudad tecnocrática es el proyecto urbano de Sidewalk Labs en Toronto, un proyecto apoyado por Google que dejó varias lecciones inolvidables. Sidewalk Labs añadió una capa digital a la ciudad que integraba redes de sensores, mapas detallados de la comunidad, software de simulación y una plataforma para que los ciudadanos registraran y gestionaran sus datos públicos y privados. Los peatones podían subir sus estados de ánimo y situaciones a la nube, donde la IA procesaba los datos para optimizar la experiencia peatonal. La iniciativa que no logró prosperar reconoce entre otros factores, que cuando los ciudadanos no entienden qué se hace con sus datos, la confianza colapsa.

En el caso chileno, este punto es crítico. La adopción de tecnologías sin marcos claros abre preguntas urgentes y que no se han resuelto: ¿Quién controla los datos urbanos? ¿Cómo evitamos que los algoritmos reproduzcan desigualdades territoriales? ¿Qué pasa con quienes quedan fuera de la digitalización? Y en una ciudad como Santiago, caracterizada por una desigualdad estructural, una IA mal implementada, no va a corregir el problema, lo amplifica.

La IA está dejando de ser una herramienta para convertirse en una infraestructura invisible. Está o estará en los semáforos, en la distribución de recursos municipales, en la priorización de servicios de salud, en la seguridad. Y como toda infraestructura, define acceso y oportunidades. ¿Dónde se está poniendo foco en las ciudades de Chile?